
Hay fiestas de María que nos evocan una fecha, como la Visitación a su prima. Otras, como ésta de la Presentación, nos traen a la memoria su alma.
Un Alma Presentada a Dios
La Sagrada Escritura no nos dice nada acerca de la Presentación de María niña en el templo. Sólo revela, como por una ventana, el alma de la Señora: un alma que estuvo presentada desde siempre a Dios, hecha toda ella un templo dedicado a la gloria del Espíritu.
Los templos son espacios sagrados que los hombres dedican exclusivamente al Misterio. En ellos reina el silencio, se escucha sólo una Palabra y todos aclaman las maravillas del Señor. Pues algo así fue el corazón de María: una tierra sagrada no hollada por nadie, entera propiedad del Altísimo, donde Él puso su morada y allí permaneció para siempre.
El Estilo del Silencio
Allá en el fondo del ser de la Señora no se oye nada. El estilo de María es el silencio y no tiene prisa por hablar. Ella sólo sabe poner el oído en su corazón para escuchar el sonido de lo Alto, y sólo alguna vez en la vida se desata su alma para decir unas pocas palabras esenciales:
- «He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra.»
- «Proclama mi alma la grandeza del Señor.»
El Ejemplo del Señor
Tampoco el Señor tuvo prisa por hablar. De hecho, permaneció treinta años en retiro y sin decir palabra. Sólo tres años empleó para contarnos lo que había visto y oído en el corazón del Padre; tres años de palabra interrumpidos por tantas noches de silencio.
Que Santa María, oidora del Misterio, nos ayude a hacer este viaje a nuestro interior para escuchar en él los rumores de Dios.




