
Intenta imaginar esto: creemos que una sola Persona, Dios, es el único creador de todo lo que existe. Ahora bien, todo lo que existe, aunque en sí mismo sea finito, ya está más allá de lo que podemos imaginar: miles de millones de galaxias, billones de planetas y miles de millones de personas que se extienden a lo largo de miles de años. Además, creemos que Dios conoce cada roca, insecto, animal y planta, no solo en la Tierra, sino en cualquier lugar del universo. ¿Cómo podemos abarcar algo así con nuestra mente? No podemos.
Y está, además, la cuestión de intentar visualizar el alcance del amor de Dios. Hoy en día hay más de ocho mil millones de personas en el mundo, y nuestra fe nos pide creer que Dios ama a cada uno de esos ocho mil millones de manera individual e íntima, como si él o ella fuera la única persona en el mundo. Más aún, a través de millones de años, Dios ha amado íntimamente a cada hombre, mujer y niño en esta tierra, remontándose hasta nuestros antepasados que vivían en cavernas. ¿Cómo puede una sola mente, un solo corazón, una sola persona hacer esto? Supera nuestra capacidad mental.
Sin embargo —y este es el punto clave—, no está hecho para ser imaginado o conceptualizado.
Dios es infinito. El infinito, por definición, es imposible de imaginar. (Por ejemplo, ¿cuál es el número más alto que se puede contar?). El infinito nos lleva más allá de lo que puede ser conceptualizado. Para conceptualizar algo, la mente necesita un punto de partida; sin embargo, Dios no tiene principio. De hecho, en la medida en que nos creamos una imagen mental de Dios, siempre terminamos con algo que es menos que Dios; a menudo, con un ídolo.
Y el problema es que siempre estamos reduciendo a Dios para que encaje en el tamaño de nuestra imaginación cuando, por su propia esencia y definición, Dios es inefable: incapaz de ser representado, imaginado o capturado en un concepto. Esta es una enseñanza dogmática en todas las Iglesias cristianas y en el judaísmo. Como dice el profeta Isaías, Dios es santo; es decir, está más allá de toda visualización y conceptualización, más allá de cualquier cosa que pueda ser imaginada. Por eso la Escritura afirma que, en esta vida, «nadie puede ver el rostro de Dios y seguir viviendo».
Sin embargo, como cristianos, creemos que Jesús vino a nosotros y, en su persona y enseñanza, dio una expresión concreta (encarnación) a Dios para que podamos comprender, imaginar y hablar con verdad sobre ciertos aspectos de Dios. Conocer a Jesús es conocer a su «Padre».
No obstante, esto no equivale a encerrar a Dios en un concepto. En efecto, podemos «conocer» a Dios, mas no podemos «pensar» a Dios. Jamás podremos crear una «imagen» de Dios.
¿Por qué es esto importante? Porque, siempre que creamos una imagen de Dios, terminamos con algo que es menos que Dios; algo que, invariablemente, acaba sirviendo a nuestros propios intereses.
Los críticos del cristianismo nos acusan de crear siempre a Dios a nuestra propia imagen y semejanza. Hay mucha verdad en ello. Por eso el Dios que creamos para nosotros mismos invariablemente simpatiza con las mismas personas que nosotros, odia a las mismas personas que odiamos, emite los mismos juicios que nosotros hacemos, nos prefiere por encima de otras razas, favorece a nuestro país sobre los demás y nos asegura que nuestra religión (y nuestra propia interpretación de ella) es el único camino verdadero al cielo.
Siempre que encerramos a Dios en un concepto, terminamos con un Dios que no es más inteligente ni más compasivo que nosotros, cuyo corazón no es más grande que el nuestro, y que resulta indigno de Jesús y del cristianismo.
Durante doce años impartí un curso a seminaristas titulado Una teología de Dios. El curso abordaba muchos temas: cómo se presenta a Dios en la Escritura, el desarrollo histórico de nuestros credos dogmáticos sobre Dios, la especulación teológica sobre la naturaleza de Dios, las críticas más destacadas que los ateos han hecho sobre nuestra fe cristiana en Dios, y las intuiciones de los místicos y de la piedad popular respecto a cómo relacionarnos más afectivamente con Dios.
Pero a lo largo del curso, y particularmente al final, solía decirles esto a los seminaristas: «Hagan lo que hagan en su enseñanza, su predicación y su práctica pastoral, ¡traten de no hacer que Dios parezca estúpido!».
En esencia: traten de no hacer que Dios parezca tribal, racista, nacionalista, legalista, confesional, sexista, rígido, mezquino, vengativo, iracundo, a la defensiva, ni nada que sea menos que una sabiduría inimaginable, un amor inimaginable, un abrazo inimaginable y un perdón inimaginable. Traten de no convertir a Dios en otra persona humana imaginable con todos nuestros defectos.
Conozco a ateos y agnósticos sinceros y de buen corazón que no creen en Dios porque, cuando intentan imaginar a una Persona que crea millones de universos, miles de millones de personas y billones sobre billones de minerales, plantas y animales, y que conoce y ama cada elemento de la existencia tan íntimamente como si fuera lo único que existe, no pueden imaginarlo. Nosotros tampoco podemos. No está hecho para ser imaginado. Está hecho para ser conocido en una nube del no-saber, para ensanchar nuestras mentes y corazones más allá de sus límites naturales y llevarnos a un asombro reverente que doble nuestras rodillas en genuflexión.


