
El libro termina con él recordando las últimas palabras que ella le dirigió. Cuando se despidieron, años atrás, ella le había dicho: «¡Sé que nunca volverás!». En aquel momento él no se dio cuenta de lo proféticas que serían esas palabras. Ahora, al recordarlas, le invade la tristeza y siente que su vida está vacía. Está profundamente abatido. Sin embargo, tras quedarse un rato a solas con esa melancolía, se nos cuenta que se acercó a su escritorio y, a pesar de llevar a cuestas ese dolor en el alma, comenzó de nuevo «a trabajar con todo el vigor de su juventud».
Bendito sea Dios por el trabajo. A veces es lo único que se interpone entre nosotros y una melancolía insoportable. El trabajo es algo maravilloso, un regalo de Dios.
Nos falta una buena espiritualidad del trabajo. Con demasiada frecuencia vemos el trabajo como algo que nos aleja de Dios y de la oración, como una distracción de la vida espiritual, y no como algo bueno, honesto y santo, como un verdadero don de Dios.
De hecho, en algunas corrientes espirituales, el trabajo se ve como un castigo por el pecado, algo que apareció en el mundo tras el pecado de Adán, algo que no entraba en los planes ideales de Dios. Según esta visión, si no fuera por el pecado, no habría trabajo. Es difícil construir una sana teología del trabajo cuando este se entiende como una consecuencia del pecado, como algo que Dios nunca quiso.
No obstante, hay algo de verdad en la idea de que el trabajo puede convertirse en una distracción y en una vía de escape (tanto de Dios como de la familia), y que puede ser una forma de evitar enfrentarnos a las cuestiones más profundas de nuestra vida.
Es más, existe el peligro de que hagamos depender nuestra autoestima del trabajo, de modo que solo nos sentimos bien con nosotros mismos cuando logramos resultados, y nos angustia pensar que en el fondo, fuera de nuestra labor y nuestros éxitos, valemos muy poco. Es fácil no darse cuenta de esto. Y así, tendemos a presionarnos para seguir trabajando sin parar porque nuestra valoración personal está atada a lo que producimos. Ese es un peligro constante.
Pero en todo hay peligros. El trabajo puede ser una excusa para eludir los temas profundos de nuestra vida, pero también es la forma de contemplación más honda y natural que Dios nos da como seres humanos.
Pasamos la mayor parte de nuestra vida despiertos trabajando. Eso debería decirnos algo; en concreto, que el trabajo tiene que ser el camino principal a través del cual Dios quiere que avancemos hacia un sentido más profundo de la vida. Teniendo en cuenta cómo estamos hechos y cómo está configurada la existencia, está claro que Dios no espera que estemos pensando conscientemente en Él a cada minuto del día.
Dios no es un tirano egoísta que exige nuestra atención consciente incluso mientras tenemos que trabajar largas jornadas en medio de todas las penas, quebraderos de cabeza, inquietudes, ansiedades, miedos y preocupaciones que nos asaltan a cada instante. Si Dios quisiera nuestra atención consciente en cada minuto que pasamos despiertos, entonces habría algún fallo garrafal en la forma en que estamos hechos y en cómo está montada la vida.
Pero no hay ningún fallo. Dios es el fundamento de nuestro ser, y también el fundamento de nuestro trabajo y de nuestras relaciones. En Dios «vivimos, nos movemos y existimos». Conocemos a Dios no solo a través de nuestra atención consciente y en la oración, sino también de una manera profunda, aunque sea implícita, al colaborar con Él en la construcción de este mundo: cultivando algo, construyendo algo, tallando algo, creando algo, limpiando algo, pintando algo, escribiendo algo, criando hijos, cuidando enfermos, enseñando a otros, consolando, llevando alegría, luchando codo con codo con los demás y amando al prójimo.
El trabajo, al igual que la oración, es un camino privilegiado para llegar a conocer a Dios porque, cuando trabajamos, estamos arrimando el hombro junto a Él. Jesús conocía muy bien tanto el esfuerzo del trabajo como el cansancio.
En la sabiduría espiritual del monacato encontramos este consejo: Quédate en tu celda y ella te enseñará todo lo que necesitas saber. Esto no hay que tomarlo al pie de la letra. Es una metáfora muy rica. Tu «celda» es tu vocación y tu oficio en la vida (esposo, esposa, padre, madre, sacerdote, religiosa, carpintero, maestro, banquero, albañil, enfermera, médico, conserje, artista, conductor de autobús, informático, comercial, deportista, etc.). Si realizas con fidelidad la tarea que te pide esta vocación y este oficio, ese trabajo será tu camino hacia la santidad, llevándote a una comunión de vida con Dios, con los demás y con el mundo.
Por supuesto, existe el peligro de que utilicemos nuestros muchos quehaceres para justificarnos y excusarnos de atender a la familia, la oración y la comunidad. El trabajo duro puede empezar siendo una virtud y acabar convirtiéndose en un vicio, pero el mayor peligro reside en no entregarnos de verdad a nuestra labor.
El trabajo no es un castigo por el pecado; es nuestro camino hacia la santidad.


