PRIMER PASO: LECTIO
¿Qué dice el texto?
Lectura del santo evangelio según Mateo 5,1-12a
Estad alegres y contentos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo
En aquel tiempo, al ver Jesús el gentío, subió a la montaña, se sentó, y se acercaron sus discípulos; y él se puso a hablar, enseñándoles: «Dichosos los pobres en el espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos. Dichosos los que lloran, porque ellos serán consolados. Dichosos los sufridos, porque ellos heredarán la tierra. Dichosos los que tienen hambre y sed de la justicia, porque ellos quedarán saciados. Dichosos los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia. Dichosos los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios. Dichosos los que trabajan por la paz, porque ellos se llamarán los Hijos de Dios. Dichosos los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos. Dichosos vosotros cuando os insulten y os persigan y os calumnien de cualquier modo por mi causa. Estad alegres y contentos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo.»
NOTAS BÍBLICAS
Puede que la «cátedra» fuese una silla física en las sinagogas, pero aquí tiene un sentido figurado: se refiere a la autoridad de la enseñanza de Moisés, considerado el dador de la «Ley», de la que son continuadores los «escribas» y los fariseos.
Seguramente cuando Jesús ordena «haced lo que os dicen» tales autoridades, se refiere al contenido de la «Ley», y no a otras enseñanzas que son desautorizadas por el mismo Jesús en diversas partes de este evangelio, y en este mismo párrafo, donde las califica de «fardos pesados».
Jesús hace una muy dura crítica a estas autoridades que parece reflejar más bien las relaciones de la comunidad cristiana a la que escribe Mateo y las autoridades judías de su tiempo. En tal caso, el evangelista le estaría invitando a «cortar» con los escribas y fariseos, salvando la «Ley», de la que ya había avisado que no se puede saltar ni una tilde.
De ahí que prohíba reconocer cualquier autoridad a los mismos: no son ni los «maestros», ni los «guías», ni «los padres» (no se refiere el texto a los padres de familia, sino a quien se le reconoce autoridad con ese título el «Guia», y del «Padre» único, el suyo.
El mal de la autoridades judías es su hipocresía, «no hacen lo que dicen», junto a la soberbia; frente a la que propone la coherencia y la humildad: Dios (que no es nombrado expresamente pero al que se sobreentiende) humillará al que se ensalce y ensalzará al que se humille.
SEGUNDO PASO: MEDITATIO
¿Qué nos dice el texto?
Distintos laicos hacen una breve sugerencia para la vida seglar. Cada uno contempla el Evangelio desde una dimensión de la vida laical.
DESDE EL CUIDADO DE LA CASA COMÚN
(Mujer, casada, trabaja, 4 hijos y un perro, pertenece a comunidad cristiana y movimiento seglar). Comentario de 2020
¡Qué bonito el evangelio de hoy, que esperanzador, pero a la vez que duro! El Señor nos llama por un camino muy duro, pero que lleva al cielo. Estas semanas he estado escuchando en Radio María unos programas sobre los mártires que evangelizaron Canadá allá por alrededor de 1640-1650. ¡¡Qué voluntad!! Es impresionante la mansedumbre e incluso ganas y agradecimiento que mostraban por ser martirizados y seguir el camino del Señor. Creo que jamás seré capaz de rezarle tanto a Dios. No soy capaz ni de ducharme con agua fría para consumir menos recursos, que aunque parece una tontería podría es un mero detalle de mi poca fuerza de voluntad y mi poco espíritu de sacrificio. Dichosos los que cuidan la casa del Señor y todas las criaturas que en ella habitan y dichosos los que son insultados o perseguidos por velar por ello.
No seamos rencorosos con las personas que no cuidan la casa del Señor, por contra, veámoslo como una oportunidad de enseñarles. Estemos alegres y contentos porque estamos siguiendo el Evangelio, el Señor nos da una gran oportunidad cada día de seguirle.
DESDE EL SERVICIO MISIONERO
(Mujer, casada, 1 hijo, trabaja, pertenece a comunidad eclesial y grupo cristiano)
El amor de Dios es más fuerte que el dolor y la muerte
Estos días de un inmenso dolor nos volvemos a enfrentar a una de las realidades más difíciles de aceptar: la fragilidad de la vida. Tantas familias que, de repente, tienen que aprender a vivir con la ausencia de un ser querido que nunca imaginaron. Y hoy más que nunca, me cuesta interpretar las bienaventuranzas: son un desafío enorme. Ante tanta desolación, tristeza, e indignación, ¿bienaventurados los que lloran? ¿los que sufren? ¿los que enferman gravemente? No creo que Jesús nos pida que llamemos “bueno” a lo que nos hace sufrir, ni que aceptemos las tragedias de nuestra vida sin levantar la voz. En medio de todo el dolor en el que nos vemos inmersos solo puedo pensar que Él no nos está pidiendo que dejemos de llorar, ni de cuestionar por qué pasan accidentes, enfermedades o desdichas en nuestra vida o en la de las personas que queremos. Él nos hace saber a través de la solidaridad compartida con desconocidos y con el amor de las personas más cercanas, que nuestras lágrimas nunca serán ignoradas. Hoy más que nunca pienso en la suerte que tenemos quienes hemos recibido el regalo de la fe. No porque Dios nos libre de las tragedias, ni porque podamos comprender por qué suceden, sino porque podemos abrazarnos a Él cuando no sabemos, ni podemos sostenernos.
En este día de Todos los Santos celebramos también a personas que lloraron, se rebelaron pero que, a pesar de todo, hicieron de su vida un camino de amor, incluso cuando no encontraron respuestas. Nunca es tarde para pedir al Señor que “aumente nuestra fe”, quizás entonces empecemos a comprender las Bienaventuranzas: no porque el sufrimiento nos haga felices, sino porque sabemos que el amor de Dios es más fuerte que el dolor y la muerte.
TERCER PASO: ORATIO
¿Qué nos hace decir el texto?
(Hombre, casado, trabaja, pertenece a comunidad eclesial)
Amor a Dios. Amor al prójimo
Bienaventurado el que acepta despedirse amablemente de aquello que ya ha cumplido su tiempo y abre su mente, su corazón y sus manos para recibir de Dios lo que venga.
Bienaventurado el que asume la incertidumbre del camino y confía en que cada paso fiel puede abrir una senda novedosa hacia la verdad y el bien que se dirigen hacia Dios.
Bienaventurado el que atraviesa el fracaso sin convertirlo en definición de sí mismo y recibe cada amanecer como una nueva oportunidad de recomenzar su camino de crecimiento espiritual.
Bienaventurado el que conoce bien sus propias contradicciones sin desesperar de sí mismo y confía en que la transformación comienza por reconocer serenamente ante Dios lo que da de sí la propia vida.
Bienaventurado el que constata su propia fragilidad sin caer en la desesperanza y reconoce que también lo quebrado puede dejar pasar la luz santa a través de las grietas.
Bienaventurado el que contempla el mundo herido sin resignarse a su violencia y convierte la esperanza en paciencia activa, imaginación moral y compromiso sanador a través de pequeños detalles.
Bienaventurado el que deja de interrogar compulsivamente la trabajosa realidad y aprende a realizar las tareas humildes que el aquí y el ahora le reclaman apuntando a lo mejor de los dones que Dios le regala.
Bienaventurado el que encuentra en la intimidad de su conciencia una fuente de paz y vuelve desde ella al mundo con una esperanza alegre a pesar de los pesares de la puñetera realidad.
Bienaventurado el que entra en el silencio dejando reposar sus preguntas y permite que la espera purifique lentamente su manera de preguntar, a veces tan egoica.
Bienaventurado el que escucha sus sombras sin convertirlas en la totalidad de su identidad y descubre que también desde las tinieblas puede comenzar una vida distinta, una vida de incipiente santidad.
Bienaventurado el que está en silencio junto al dolor que no puede resolver y hace de su presencia compasiva un pequeño indicio contra el fracaso.
Bienaventurado el que guarda silencio ante el misterio de los dinamismos de la realidad y deja que la confianza sea una confianza radical, libre, entregada por amor, por amar.
Bienaventurado el que mira la muerte sin negar su misterio doliente y aprende en esos momentos a esperar una plenitud que no puede producir ni retener ni apenas nombrar.
Bienaventurado el que no absolutiza las noches casi oscuras que atraviesa y mantiene despierta la memoria agradecida de las luces que alguna vez lo sostuvieron.
Bienaventurado el que no confunde la lentitud de los procesos humanos con la esterilidad y permanece fiel a las dinámicas que necesitan tiempo para madurar.
Bienaventurado el que no considera inútil el gesto pequeño de cuidado a la vida y descubre que muchas transformaciones comienzan donde nadie está mirando.
Bienaventurado el que no huye del vacío dejado por aquello que ha perdido y permite que ese espacio se convierta lentamente en posibilidad de algo nuevo, asombroso, santo.
Bienaventurado el que no identifica el presente de su mente con la totalidad de lo posible y trabaja para que lo aparentemente imposible encuentre una primera rendija para la transformación personal.
Bienaventurado el que no permite que el sufrimiento le encierre en sí mismo y gestiona sus heridas para que se conviertan en lugares de compasión, aprendizaje y crecimiento hacia el asombro de la vida prometida.
Bienaventurado el que no reduce a ninguna persona al peor momento de su historia conocida y mantiene abierta la posibilidad de que en ella nazca una humanidad renovada que pueda enriquecer a los demás.
Bienaventurado el que no se define por sus fracasos pasados y sabe reconocer en interior ese espacio lleno de luz abierto para lo que todavía puede llegar a ser ante los ojos de Dios.
Bienaventurado el que no utiliza palabras resentidas para negar la oscuridad y espera enraizado en una verdad que sustenta noches y auroras.
Bienaventurado el que nombra las heridas de la propia biografía sin negar su gravedad y acepta que no se convertirán en destino inevitable gracias a Dios.
Bienaventurado el que permanece disponible cuando nada extraordinario parece suceder y confía en la silenciosa fecundidad de la fidelidad cotidiana al cuidado de la inteligencia, la libertad y el amor.
Bienaventurado el que protege espacios de silencio frente a la agitación colectiva y permite que en ellos madure una respuesta serena y santa ante las incertidumbres de la vida.
Bienaventurado el que reconoce que algunos frutos no serán recogidos por sus propias manos y, aun así, siembra con esperanza para quienes vendrán después porque confía en la vida.
Bienaventurado el que reconoce que toda noche posee una hondura distinta de la mera ausencia y espera en ella una gestación amorosa que todavía no puede nombrar.
Bienaventurado el que sabe callar la voz que anuncia continuamente la catástrofe y escucha bajo ella el rumor discreto de las posibilidades nacientes de lo mejor de la humanidad.
Bienaventurado el que sabe confiar serenamente y convierte ese tiempo incierto en espacio de maduración, discernimiento y confianza radical.
Bienaventurado el que sabe esperar con inteligencia y bondad y prepara con gestos pequeños cotidianos el porvenir de vida que desea recibir del corazón de Dios.
Bienaventurado el que sabe llegar a su centro y descubre ahí un fondo una confianza más antigua y más real que sus derrotas y sus estupideces.
Bienaventurado el que sabe que algunas semillas germinan bajo tierra durante largos inviernos y no abandona el cuidado de aquello que todavía no da fruto.
Bienaventurado el que sabe que algunos procesos de humanización crecen fuera del alcance de su mirada y no confunde la ausencia de señales con la ausencia de fecundidad.
Bienaventurado el que sabe que no posee respuestas para todas sus preguntas y, sin embargo, continúa caminando hacia una claridad que todavía no alcanza pero que intuye en los ecos de la sed de su corazón.
Bienaventurado el que sabe que no toda espera necesita ser explicada y confía en silencio en la secreta transformación que acontece cuando nada parece cambiar.
Bienaventurado el que sabe silenciarse cuando el mundo exterior se vuelve incierto y encuentra dentro de sí un lugar donde la vida a la que somos llamados todavía puede ser acogida.
Bienaventurado el que sostiene la esperanza de los demás cuando sus fuerzas desfallecen y acepta que algunas veces creer por otro es la forma más delicada de acompañarlo.
Bienaventurado el que transita la confusión de sus emociones sin quedar prisionero de ellas y reconoce una orientación profunda hacia la comunión plena que ninguna tormenta consigue borrar.
Bienaventurado el que vive la decepción sin entregar su corazón al cinismo y preserva una confianza lúcida en la posibilidad de la gracia de Dios.
Bienaventurado el que vive su cansancio sin convertirlo en derrota y aprende a descansar para poder recomenzar con mayor verdad, con mayor bien, con mayor entrega.
Bienaventurado el que vuelve al centro cuando la ansiedad lo dispersa hacia futuros delirantes y recupera la confianza necesaria para dar el paso realista que ahora le corresponde.
CUARTO PASO: CONTEMPLATIO
¿Quién dice el texto?
(Autorizado por el autor, Fano en www.diocesismalaga.es)
ÚLTIMO PASO: ACTIO
¿A qué nos lleva el texto?
(Hombre, casado, 2 hijos, trabaja, pertenece a comunidad eclesial y movimiento seglar)
‘Estad alegres y contentos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo‘
Hace algo más de 4 meses el Papa León XIV estaba visitando España. Tuve la suerte, como tantos miles de personas, de poder participar activamente en algunos de los encuentros propuestos con el Santo Padre, que han dejado una huella que aún necesita de profundización. Lo extraño es que a algunos esta presencia ya le resulta lejana o se han quedado en lo anecdótico del acontecimiento.
Sin embargo, el Papa trajo un mensaje que merece ser frecuentado por los creyentes. “Alzad la mirada”; esta era la invitación que nos hacía León XIV… una llamada a apartar el foco de las esclavitudes que nos adormecen el alma y nos ciegan para buscar la belleza. Una llamada a buscar el sentido en quien único lo puede dar, porque es Él mismo el hacia dónde del Amor. Alzar la mirada es contemplar a Jesús e ir con Él “más allá”.
¿Y esto qué tiene que ver con la lectura de este domingo? ¿Para qué estoy soltando este rollo? Pues precisamente porque en el evangelio que proclamamos esta semana alzamos la mirada a Jesús -que incluso físicamente está un poco elevado cuando habla- y descubrimos en las Bienaventuranzas el programa de vida que nos marca el camino hacia lo alto, hacia la santidad.
No deja de ser una bonita coincidencia que este domingo de todos los santos nos ponga Jesús de frente su “proyecto de santidad”. Y al contrario de lo que puede parecer, la lucha por la justicia, por tener un corazón pobre y puro, la defensa de la paz… Aun siendo todo ello un grandísimo ejercicio de entrega, el Señor nos señala que al hacerlo estaremos alegres y contentos. Alzar la mirada, buscar ser todos santos, no es limitar la vida… es verdadera felicidad.
Como actio para esta semana te invito a que releas con serenidad las Bienaventuranzas e imagines, como si de un examen se tratase, que tienes que evaluar con un punto cómo vives cada una de ellas… Cuando tengas tu nota final piensa qué puedes hacer para subir tu nota en cada Bienaventuranza. Dichoso tú si al hacerlo encuentras la alegría de todos los santos.



