Distintos laicos hacen una breve sugerencia para la vida seglar. Cada uno contempla el Evangelio desde una dimensión de la vida laical.
Distintos laicos hacen una breve sugerencia para la vida seglar. Cada uno contempla el Evangelio desde una dimensión de la vida laical.
“Lo excusable no necesita ser excusado y lo inexcusable no puede ser excusado". Michael Buckley escribió esas palabras comentando la triple traición de Pedro a Jesús. Este es el marco. Pedro había traicionado a Jesús en su hora más comprometida, no por maldad, sino simplemente por debilidad. Ahora, al mirar a Jesús por primera vez desde aquella traición, Pedro se siente comprensiblemente intranquilo. ¿Qué se dice después de traicionar a alguien?
Distintos laicos hacen una breve sugerencia para la vida seglar. Cada uno contempla el Evangelio desde una dimensión de la vida laical.
¿Dónde podemos confluir todos los creyentes más allá de las divisiones creadas por la historia, el dogma, la denominación y la religión? ¿Dónde hay un lugar en el que toda gente de corazón sincero pueda encontrar un motivo común y tomar parte en el culto todos juntos?
Distintos laicos hacen una breve sugerencia para la vida seglar. Cada uno contempla el Evangelio desde una dimensión de la vida laical.
Un amigo mío, algún tanto cínico para con la iglesia, indicó recientemente: “Lo que está tratando de hacer la iglesia institucional de hoy es poner su mejor rostro al hecho de que está muriéndose. Básicamente, está tratando de manejar una muerte”.
Nuestra cultura no nos da fácil permiso para llorar. Su característica subyacente es que pasamos rápidamente de la pérdida y el daño, mantenemos nuestras penas en silencio, permanecemos siempre fuertes y seguimos con la vida.
Cualquiera que haya visto alguna vez un fuego sabe que, en un momento, las llamas decrecen y desaparecen en humeantes carbones que al fin se enfrían y se convierten en fría y gris ceniza. Pero hay un momento en ese proceso, antes de que se enfríen, en el que los carbones pueden ser removidos como para hacerlos romper en llamas de nuevo.
El Evangelio de Juan nos presenta una imagen muy expresiva y más bien misteriosa y terrena: Cuando Juan describe la escena de la Última Cena nos dice que, mientras estaban a la mesa, el discípulo amado tenía reclinada su cabeza en el pecho de Jesús.
Recientemente, un estudiante que hace décadas había sido alumno mío me hizo este comentario: “Han pasado más de veinte años desde que asistí a tus clases, y he olvidado casi todo lo que enseñaste. Lo que sí recuerdo de tu clase es que suponías que nosotros siempre trataríamos de no hacer a Dios parecer estúpido”.
Una de las experiencias de gracia que podemos tener a este lado de la eternidad es la experiencia de la amistad. Los diccionarios definen la amistad como una relación de afecto mutuo, una unión más rica de la mera asociación.