Cuando tenía yo veintitantos años, pasé un año como estudiante en la Universidad de San Francisco. Justamente acababa de ordenarme sacerdote e intentaba sacar un título de posgrado en teología.
Cuando tenía yo veintitantos años, pasé un año como estudiante en la Universidad de San Francisco. Justamente acababa de ordenarme sacerdote e intentaba sacar un título de posgrado en teología.
Cada sueño, cada ideal, al final acaban crucificados. ¿De qué modo? Por el tiempo, las circunstancias, la envidia; y por ese dictado curioso y perverso –de alguna manera innato en el orden de las cosas– que asegura que hay siempre alguien o algo que no puede partir a gusto a solas, sino que, por razones muy suyas, tiene que partir cazando, persiguiendo y golpeando a lo que es bueno.
La verdad se nos hace encontradiza de diferentes maneras. A veces aprendemos lo que algo significa, no en el aula o en la clase, sino en un hospital.
No todo temor se crea y desarrolla igual, al menos no en el ámbito religioso. Hay un miedo que es saludable y bueno, signo de madurez y de amor. Como hay también un miedo malo, que bloquea la madurez y el amor. Pero esto hay que explicarlo.
Estamos rodeados por muchas voces. Rara vez hay un momento en nuestra vida, durante el día, en el que alguien o algo no nos esté llamando, y en el que, aun en las horas de sueño, los sueños y pesadillas no llamen nuestra atención.
La celebración es algo paradójico, creado por una interacción dinámica entre la anticipación y la realización o cumplimiento, entre el anhelo y la consumación, entre lo ordinario y lo especial, entre el trabajo y la diversión.
A un amigo mío le gusta reírse de sus peleas a propósito del crecimiento. “Cuando yo estaba en la década de mis veinte años -se mofa- me imaginé que, para cuando tuviera cuarenta, habría crecido lo bastante para desprenderme de mis malos hábitos.
Nuestros cuerpos y nuestras almas tienen por separado su proceso de madurez, y no siempre están en armonía. Así, T. E. Laurence, en “Los siete pilares de la sabiduría”, hace este comentario sobre alguien: “Tenía miedo de su madurez conforme profundizaba más, con su maduro pensamiento y acabado arte, pero a la que le faltaba la poesía de la infancia para hacer vivo un final completo de la vida… su condicionada y mortal alma madurando más rápidamente que su cuerpo, iba a morir antes que él, como la mayoría de las nuestras”.
Todos nosotros alimentamos nuestro propio sueño secreto de lo que nos traerá la felicidad, y con frecuencia esa fantasía está en lucha con lo que conocemos ser verdadero a un nivel profundo. ¿Qué es lo que nos hará felices?
La fe no es algo que se pueda conseguir con facilidad. No es algo que se fije en tu vida como un hecho consumado. La fe funciona de esta manera: algunos días caminas sobre las aguas y otros días te hundes como una piedra. La fe invariablemente te abre el camino a la duda antes de que recobres tu confianza, y entonces se pierde de nuevo.
En 1991 Hollywood produjo una comedia titulada “Cowboys de ciudad” (City Slickers), protagonizada por Billy Crystal. De una manera poco convencional fue una maravillosa película con moraleja, centrada en tres hombres de mediana edad de la ciudad de Nueva York que se encuentran enfrentándose a la crisis de la mediana edad.