La fidelidad entre un hombre y una mujer siempre estará amasada con el cemento de la decisión de amar.
La fidelidad entre un hombre y una mujer siempre estará amasada con el cemento de la decisión de amar.
Los que empiezan una relación les asusta la posible monotonía, no se pueden imaginar una vida vinculada y limitada.
La relación conyugal es uno de los más fuertes motivos y razones para vivir, llena la vida de energía y de felicidad pero también se puede convertir en un infierno.
Saboreamos la precariedad de la vida. Somos finitos. Nos da miedo no tener bastante tiempo para vivir.
No somos iguales. No somos neutros. Somos sexuados, hombres y mujeres. Diferentes. Gracias a Dios.
La relación conyugal no se logra por arte de magia: no es cuestión de encontrar la otra media naranja.
Todos reconocen que el género es una construcción social. Lo que implica ser de género masculino o femenino se ha construido culturalmente.
Hay quien espera del cónyuge nada menos que la felicidad; se casa para ser feliz.
Propongo algunas reflexiones sobre los argumentos del magisterio que determinan el estado de la cuestión.
Quiero redactar una reflexión que pueda ser útil a la hora de situarse ante el próximo tiempo de verano.
En una cultura bastante emocional como la nuestra suena bien la palabra ternura.