El pecado original

22 de septiembre de 2026

Pecado OriginalEn una ocasión tuve el privilegio de asistir a un curso de James Mackey. Un día en clase compartió esta historia.

Un conocido suyo formaba parte de una expedición de caza en África. Su grupo había acampado en la selva. Una mañana salió temprano del campamento, caminó solo unos cuantos kilómetros monte adentro y abatió dos pavos salvajes. Se los ató al cinturón y volvía ya hacia el campamento cuando escuchó ruidos y se dio cuenta de que le seguían. Asustado, apretó las manos contra el rifle y escudriñó la maleza en busca de cualquier movimiento.

El miedo se disipó enseguida. Quien le seguía los pasos era un muchacho de unos doce años, desnudo y hambriento. Se percató al instante de que el chico no iba a por él, sino a por comida. Se detuvo, se soltó el cinturón, dejó caer los pavos al suelo y dio unos pasos hacia atrás. El chaval corrió hacia los pavos, pero no los cogió. Al contrario, miró al hombre y en su propia lengua empezó a pedirle algo. Sin entender lo que decía, pero intuyendo que le estaba pidiendo permiso para llevarse las aves, el hombre le hizo gestos de que no había ningún problema, que adelante. Aun así, el chico no se quedaba tranquilo. Seguía pidiendo y gesticulando; quería algo más.

Por fin, casi desesperado, el muchacho dio unos pasos hacia atrás alejándose de los pavos y se quedó en silencio con las manos abiertas por delante, esperando a que el hombre se acercara y se los pusiera en las manos. Solo entonces echó a correr hacia la selva. A pesar de su hambre y de su necesidad, se había negado a arrebatar las aves: había esperado a que se las dieran.

Esta historia ilustra, en el fondo, la verdadera antítesis del pecado original. Este muchacho hizo lo que Adán y Eva no supieron hacer: aceptó que la vida tiene que ser entregada, que uno no puede apoderarse de ella por su cuenta, por mucha hambre que tenga.

¿Qué es lo que está en juego aquí? Para responderlo tenemos que fijarnos en qué consistió en realidad el pecado original. ¿Qué hicieron Adán y Eva para quebrantar de forma tan radical el plan de Dios? ¿En qué se opone su acción a la de este joven?

El relato de la caída de Adán y Eva está teñido de principio a fin, y sobre todo al final (con la desnudez y la vergüenza), de un lenguaje marcadamente sexual, hasta el punto de que podríamos pensar que su falta fue de índole sexual. No fue así. El simbolismo sexual en el relato funciona como metáfora de la violación: Adán y Eva se apropiaron por la fuerza de algo que solo puede recibirse en el amor.

La condición que Dios puso a Adán y Eva se podría resumir así: «Yo os daré la vida. Os inundaré de vida. Pero tenéis que recibirla, jamás arrebatarla. Mientras la recibáis, siempre será fecunda y dará vida; pero el día en que empecéis a adueñaros de ella en lugar de acogerla, vuestros actos empezarán a engendrar desconfianza, alienación, desnudez, vergüenza y muerte».

Ese único mandato sintetiza los diez mandamientos.

En efecto, cabe preguntarse por qué Dios impuso un mandamiento a Adán y Eva desde el principio. ¿Por qué una condición? ¿Por qué no un paraíso sin condiciones? La pregunta es legítima; pero al responderla debemos tener cuidado de no ver el precepto como una prueba o como algo arbitrario que a Dios le dio por pedir o no pedir. La condición no es un capricho: es algo intrínseco al propio amor. ¿Por qué?

Dios creó un universo trazado según la lógica del amor, de modo que, en el orden de las cosas, todo es don. En la vida nada se arrebata, nada se toma por la fuerza ni se reclama como derecho propio. La vida solo se acoge como regalo, con respeto y a su debido tiempo. Con el amor ocurre exactamente lo mismo. Algo solo es amor y solo puede dar vida cuando se da libremente y se recibe con libertad. Va escrito en el ADN del amor.

El amor no carece de condiciones ni podrá carecer jamás de ellas, porque lleva una condición innata: para ser amor, debe recibirse como don. En cambio, si el amor se arranca por la fuerza en vez de acogerse con respeto como un regalo, tenemos una palabra para definirlo: lo llamamos violación.

El pecado original de Adán y Eva no fue sexual, pero se pareció a una violación: se apropiaron indebidamente de lo que estaba pensado como regalo. Nuestra cultura, que premia la agresividad y nos dice que somos ingenuos si no tomamos por la fuerza lo que deseamos, nos empuja con demasiada frecuencia a caer en lo mismo.

Resulta revelador recordar que el relato de Adán y Eva se escribió siglos después de la promulgación de los diez mandamientos, y busca resumirlos todos en una sola condición: «¡Podéis recibir, pero jamás arrebatar!».

Esa es también la lección tras la corrección cariñosa de Jesús al joven rico cuando este le preguntó: «¿Cómo puedo poseer la vida eterna?». Jesús le corrigió el verbo: «La vida eterna solo se puede recibir». Y para ello debemos, igual que aquel muchacho africano, plantarnos ante la vida con las manos abiertas y esperar a que nos sea dada.

Original en Inglés

Imágen: DepositPhotos