
A primera vista, parece que esto indica que la mayoría de las personas no van por el camino del cielo, sino por el del infierno.
¿De verdad nos vamos a ir casi todos al infierno? ¿Es eso lo que insinúa el texto? ¡Para nada! Eso no es lo que Jesús nos está enseñando aquí. Hace falta desmenuzar un poco estas palabras.
En primer lugar, cuando Jesús dice que «es estrecha la puerta y angosto el camino que lleva a la vida, y pocos son los que lo encuentran», no se refiere tanto a ir al cielo o al infierno, sino a nuestra vida aquí y ahora, en el presente.
En el fondo, todos nos sentimos identificados con la idea de que esa puerta es estrecha y cuesta encontrarla. ¿Por qué? Basta con hacernos una pregunta: ¿Cuántas veces en la vida experimentamos un momento —ya no digamos una larga temporada— en el que no tengamos bajones, arrepentimientos, inquietudes absurdas, celos o frustraciones? ¿Cuántas veces dejamos de sentir que nos falta algo y, en cambio, sentimos en el alma que hemos alcanzado el sentido más profundo de la existencia, que hemos descubierto el gran secreto y que ya no nos queda nada más por lo que pelear?
A veces tenemos momentos así, momentos en los que cruzamos esa puerta estrecha que lleva a la vida, aunque lo normal es que sigamos lidiando el día a día para intentar llegar ahí.
Esto lo vemos también al mirar a los demás. Sin ánimo de juzgar a nadie, ¿cada cuánto miramos la vida de otra persona, a nivel profundo, desde el alma, y nos decimos: «¡Lo ha encontrado! ¡Ahí está! ¡Eso es una vida plena!»? La verdad es que lo decimos de muy poca gente.
Entonces, ¿qué es exactamente esa puerta y por qué es tan estrecha?
Dicho de forma sencilla: la puerta que lleva a la vida, a la felicidad más auténtica y plena, es la invitación que Jesús nos hace en el Sermón de la Montaña (Mateo 5-7). Para Jesús, lo que llena la vida de verdad es esto: ser pobres de espíritu; conectar con las heridas del mundo y con las nuestras; ser mansos; tener hambre y sed de justicia; ser misericordiosos; ser limpios de corazón; trabajar por la paz; sufrir por hacer lo correcto y, sobre todo, amar a quienes nos odian.
Esa es la puerta estrecha. Y nos cuesta la misma vida cruzarla porque casi todo en nuestro entorno va en dirección contraria. El mundo nos vende que lo mejor es ser ricos, que la mansedumbre y la empatía son debilidades, y que podemos odiar con la conciencia tranquila a quienes nos odian. Nuestro propio instinto nos dice lo mismo. Tanto el mundo como nuestros impulsos nos invitan a pasar por una puerta bien ancha, donde es legítimo devolver el insulto y aplicar el «ojo por ojo».
El Sermón de la Montaña propone una puerta estrecha que se vuelve todavía más angosta al final, cuando Jesús nos invita a ser compasivos como nuestro Padre celestial es compasivo, y nos detalla lo que eso significa.
La compasión de Dios, al contrario que nuestros instintos, se vuelca por igual en los malos y en los buenos, igual que el sol sale sin distinción para la mala hierba y para las hortalizas. Dios ama de la misma manera a los pecadores que a los justos.
Y nosotros tenemos que hacer lo mismo. Nuestra bondad, dice Jesús, tiene que calar más hondo que nuestros instintos naturales, esos que nos empujan a amar solo a quienes nos aman, a odiar a los que nos odian, a maldecir a los que nos maldicen y a cerrarnos en banda a perdonar a quien nos hace daño.
La puerta estrecha que conduce a una vida plena es la puerta de la compasión infinita. Cruzamos ese umbral cuando somos capaces de amar a quienes nos aborrecen, bendecir a los que nos insultan y perdonar a quienes nos hieren de gravedad.
Por desgracia, gran parte de nuestro interior y de nuestra sociedad se resiste a pasar por ahí.
Por eso, cuando Jesús advierte que «es estrecha la puerta y angosto el camino que lleva a la vida, y pocos son los que lo encuentran», no nos está diciendo que la mayoría vayamos camino del infierno y solo unos pocos elegidos se salven. Nos está hablando de nuestra vida actual. Nos hace ver con una lucidez tremenda qué es lo que de verdad trae la felicidad aquí abajo: encarnar el Sermón de la Montaña, especialmente esa parte que nos desarma y nos pide amar, bendecir y perdonar.
Esa es la puerta por la que a todos nos cuesta tanto pasar.


