Cuando la flor pierde su esplendor

3 de agosto de 2026

Hay una gran diferencia entre estar en plena floración y dar fruto. Piensa en una flor, por ejemplo.

Empieza siendo un brote diminuto, que casi ni se ve, y con el tiempo florece hasta convertirse en una flor preciosa. Cuando está en plena floración, llama muchísimo la atención. Es su momento cumbre de belleza, de admiración, su momento de gloria. Sin embargo, este no es su propósito final ni, de hecho, su momento de mayor madurez. En ese punto todavía no está dando todo su fruto, aunque su floración sea hermosa y regale algo muy especial al mundo. En realidad, solo da fruto pleno más adelante, cuando la flor se marchita al ir muriendo. Es justamente ahí cuando suelta su semilla y la dispersa para dar lugar a una vida nueva.

De esto podemos extraer una lección de vida que nos cuesta entender y aceptar. Entendemos la floración, pero no el marchitarse. Aceptamos estar en pleno esplendor, pero nos cuesta aceptar cuando este se apaga. Nos resulta casi imposible creer que nuestros momentos más generadores de vida puedan llegar después de florecer, precisamente mientras nos marchitamos.

El ejemplo supremo de esto lo vemos en Jesús. Durante el punto álgido de su ministerio, cuando goza de gran popularidad, hace milagros, atrae a miles de personas y la multitud se agolpa solo para tocarlo, su misión está en plena floración. Da fruto y ya está dando vida a los demás, pero de una forma que ni se acerca a la profundidad con la que lo hace cuando su ministerio se marchita: cuando las multitudes lo abandonan, cuando es humillado y despreciado en su pasión, y cuando muere indefenso, abandonado por casi todos.

Al igual que una flor, al morir dispersó las semillas de una vida nueva de un modo mucho más profundo de lo que pudo hacerlo cuando, metafóricamente hablando, estaba en su pleno esplendor.

El renombrado místico San Juan de la Cruz utiliza esta metáfora en el corazón mismo de su espiritualidad. Escribe: «El centro más profundo de un objeto significa el punto más lejano al que pueden llegar su ser, su potencia, su operación y su movimiento». Para él, a diferencia de cómo solemos concebirlo nosotros, nuestro centro más profundo no es un rincón virgen dentro del corazón o del alma. No. Para San Juan de la Cruz, nuestro centro más profundo es el punto más lejano de crecimiento natural (impulsado por la gracia) que cualquier cosa o persona puede alcanzar en esta vida.

En el caso de la flor, como hemos visto, no es su floración, sino el momento en que suelta su semilla al marchitarse. Y lo mismo nos ocurre a los seres humanos: nuestro centro más profundo no es nuestro momento de esplendor, es decir, la belleza y la energía de nuestra juventud. Más bien, nuestro centro más profundo es la madurez más plena que nuestra alma puede alcanzar en esta vida y, por lo general, llegamos a ella tiempo después de que nuestro esplendor físico haya empezado a marchitarse. Esto puede sonar un poco macabro, pero visto en profundidad, es todo lo contrario. Permíteme ponerte un ejemplo:

Pensemos en nuestro desarrollo sexual humano habitual. ¿Cuál es su centro más profundo?

Su centro más profundo no es su floración; es decir, ese momento de la vida en que nuestros cuerpos son más atractivos y el deseo de mantener relaciones sexuales es más fuerte. Tampoco lo es el momento posterior a dar a luz a una nueva vida mediante la unión sexual, aunque eso sea una fecundidad maravillosa y una de las intenciones últimas de Dios y de la naturaleza al crearnos como seres sexuales. Eso es un centro profundo, pero no el más profundo de la sexualidad.

¡No es bueno que el hombre esté solo! Nuestra sexualidad está pensada para sacarnos de la soledad. Por eso, nos impulsa constantemente hacia afuera, más allá de nosotros mismos, hacia la vida en comunidad con los demás. Pero superar la soledad no es fácil. Podemos sentirnos profundamente solos incluso manteniendo relaciones sexuales. Como me comentó una vez un compañero casado: «¿Qué hay más solitario que dormir solo? Dormir solo estando acompañado». Además, cuando todavía nos estamos desarrollando en nuestra sexualidad, su impulso espontáneo es poseer la belleza en lugar de admirarla, y eso nos sigue dejando solos.

¿Qué es lo que nos saca de la soledad? Contemplar la belleza y dedicarle una mirada limpia de admiración. En ese instante, nuestro ego deja de separarnos de la unión con los demás y, durante ese momento, ya no estamos solos. Hemos alcanzado nuestro centro más profundo.

Nuestro centro más profundo como seres sexuales se da cuando podemos mirar a otra persona (por ejemplo, a un hijo o a un nieto) con una mirada de pura admiración. Se da cuando podemos contemplar la energía y la belleza en su pleno esplendor, admirarlas y bendecirlas viéndolas como Dios vio la creación en sus orígenes: ¡Es bueno! ¡Es muy bueno! Con esa mirada de admiración, bendecimos la creación de la misma manera que Dios bendijo a Jesús en su bautismo con aquellas palabras: «¡Este es mi hijo amado, en quien me complazco!».

Cuando estamos en plena floración nos admiran; pero solo superamos del todo nuestra soledad cuando contemplamos con admiración la energía y la belleza de los demás y de la creación, y nos brotan de forma espontánea palabras de bendición.

Original en Inglés

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