
Karl Rahner hace un comentario muy agudo sobre el texto de los Evangelios en el que Jesús, mientras lo crucifican, dice de sus verdugos: «¡Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen!».
Rahner sugiere que ellos sabían exactamente lo que hacían. Sabían que estaban matando a un hombre inocente, que estaban derramando sangre inocente. Entonces, ¿por qué dice Jesús eso? ¿Dónde estaba su inocencia? ¿Dónde estaba su ingenuidad?
La respuesta de Rahner: no sabían lo que hacían porque no sabían cuánto se les amaba. Y eso puede provocar una ingenuidad del corazón. ¿Cómo es posible?
Hay un rincón en nuestro interior, un lugar del que rara vez somos conscientes, donde Dios nos sostiene a cada uno de nosotros en un amor incondicional. Quienes crucificaron a Jesús no sabían lo que hacían porque no eran conscientes de ello. Esa era su ceguera, su ignorancia. A pesar de lo que pareciera a simple vista, no sabían lo que hacían.
Esto también nos pasa a nosotros. Con demasiada frecuencia crucificamos a los demás y a nosotros mismos por culpa de esta ignorancia: no sabemos cuánto se nos ama. Por eso, a veces somos crueles en nuestros juicios y tendemos a hacer cosas que ponen en entredicho nuestra dignidad. Nos cuesta no ser uno más de los verdugos en la crucifixión porque, al fin y al cabo, actuamos desde la ignorancia. No sabemos actuar de otra manera, igual que el niño que se hace daño a sí mismo por pura ingenuidad.
Pero esto no es ninguna novedad.
La teología ha distinguido clásicamente entre la ignorancia culpable y la inculpable. Esta última, llamada también ignorancia invencible, se consideraba eximente de pecado y de responsabilidad. De ahí la enseñanza de que se podían hacer cosas que estaban mal, pero que no eran pecaminosas porque se actuaba desde la ignorancia. Esto se basaba en la creencia de que solo se podía actuar de forma moral y responsable si realmente sabías lo que estabas haciendo. Para pecar, tenías que actuar «a sabiendas». Aunque, desde luego, ese es un matiz delicado.
Sin embargo, mirando a nuestro mundo actual, me atrevería a decir que, en varios asuntos morales importantes, actuamos con una ignorancia invencible. Sencillamente, no sabemos actuar mejor. Solo el tipo de ignorancia que permitió a personas sinceras crucificar a Jesús puede explicar por qué nosotros, siendo personas buenas y sinceras, podemos ser tan sumamente ciegos —tanto comunitaria como individualmente— ante los pobres y ante las exigencias económicas y sociales de nuestra fe. La verdadera razón por la que podemos vivir tan cómodamente mientras la brecha entre ricos y pobres se agranda no es que seamos malos y no tengamos conciencia, sino que, como dice Rahner, no sabemos cuánto se nos ama.
Lo mismo ocurre con nuestra actitud hacia el sexo. Hemos sido capaces de banalizar el sexo, separarlo de la sacralidad del matrimonio y convertirlo en una extensión de las citas (o simplemente en sexo recreativo) solo debido a una cierta ignorancia invencible. No sabemos hacerlo mejor, no porque nos falte conciencia, sino porque nos falta un sentido real del profundo amor de Dios y de la dignidad que este nos otorga.
Al igual que los verdugos de Jesús, tenemos una capacidad asombrosa para racionalizar, banalizar y compensar, precisamente porque no sabemos lo que hacemos. No somos conscientes del amor de Dios por nosotros. Por eso es fácil perder la perspectiva, sentirse excluido y hacer cosas que jamás haríamos si fuéramos más conscientes de toda nuestra dignidad.
No es de extrañar que nos conformemos con menos o con casi cualquier cosa que nos prometa comodidad y seguridad. Sin duda, Jesús nos está mirando y diciendo: «¡Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen!».
Pero, ¿es eso verdad? ¿De verdad podemos alegar ignorancia e inocencia y decir que no sabemos actuar mejor?
Yo digo que sí, aunque no es que seamos tontos ni nos falte inteligencia. Se trata de una ingenuidad del corazón. Somos inculpablemente inconscientes de cuánto nos ama Dios.
Muy pocos de nosotros, a nivel existencial, hemos oído alguna vez a Dios decirnos: «¡Te amo!». Muy pocos hemos sentido jamás lo que Jesús debió de sentir en su bautismo cuando oyó a su Padre decir: «¡Tú eres mi hijo amado; en ti me complazco!». De hecho, muy pocos hemos oído alguna vez a otra persona decirnos, de alma a alma: «¡Te amo incondicionalmente! ¡Me complazco en ti!». ¿Sorprende entonces que, al igual que los verdugos de Jesús, tengamos una capacidad increíble para, con buena conciencia, ser a veces ciegos y no ser fieles a nosotros mismos?
La oscuridad solo es mala porque existe la luz. El pecado solo puede ocurrir si primero hay amor. La traición solo es posible si antes se han oído las palabras: «Te amo». Los verdugos de Jesús actuaron en una oscuridad que nacía de no haber oído nunca eso. Sospecho que a muchos de nosotros nos pasa lo mismo.


