PRIMER PASO: LECTIO
¿Qué dice el texto?
Lectura del santo evangelio según Mateo 22,1-14
A todos los que encontréis, convidadlos a la boda
En aquel tiempo, de nuevo tomó Jesús la palabra y habló en parábolas a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo: «El reino de los cielos se parece a un rey que celebraba la boda de su hijo. Mandó criados para que avisaran a los convidados a la boda, pero no quisieron ir. Volvió a mandar criados, encargándoles que les dijeran: «Tengo preparado el banquete, he matado terneros y reses cebadas, y todo está a punto. Venid a la boda.» Los convidados no hicieron caso; uno se marchó a sus tierras, otro a sus negocios; los demás les echaron mano a los criados y los maltrataron hasta matarlos. El rey montó en cólera, envió sus tropas, que acabaron con aquellos asesinos y prendieron fuego a la ciudad. Luego dijo a sus criados: «La boda está preparada, pero los convidados no se la merecían. Id ahora a los cruces de los caminos, y a todos los que encontréis, convidadlos a la boda.» Los criados salieron a los caminos y reunieron a todos los que encontraron, malos y buenos. La sala del banquete se llenó de comensales. [Cuando el rey entró a saludar a los comensales, reparó en uno que no llevaba traje de fiesta y le dijo: «Amigo, ¿cómo has entrado aquí sin vestirte de fiesta?» El otro no abrió la boca. Entonces el rey dijo a los camareros: «Atadlo de pies y manos y arrojadlo fuera, a las tinieblas. Allí será el llanto y el rechinar de dientes.» Porque muchos son los llamados y pocos los escogidos.»]
NOTAS BÍBLICAS
La cuestión de los impuestos cobrados por los ocupantes ya la abordó Mateo en 17,24. Allí Jesús se mostró contrario a ellos («Los hijos están exentos» v. 26) pero opta por un comportamiento no beligerante («Para que no ofendamos… toma la moneda y dásela por ti y por mi» v.27).
A la cuestión planteada ahora («¿Es lícito pagar impuesto al César?»), Jesús responde con una conocida frase que cada uno la usa dándole distintas interpretaciones: «Pagadle al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios». (Ver interpretación en «Al César lo del César a Dios lo de Dios», desde los textos de Mateo y Lucas).
Para comprender mejor lo que Jesús dice hay que ajustarse a la pregunta: «¿Es lícito?» cuestiona si está de acuerdo con la Palabra de Dios o no. Es algo que la comunidad cristiana a la que escribe Mateo tiene que resolver: si está de acuerdo con el Evangelio de Jesucristo el honrar con el pago de impuestos a un emperador, en este caso Tiberio. que se fue proclamado «César».
Además, el evangelista presenta la pregunta como una trampa urdida por los fariseos contra Jesús y puesta no directamente por ellos sino por sus discípulos aliados con los partidarios de Herodes. Por tanto, en su respuesta Jesús no se puede limitar a enseñar, sino tiene que evitar ser atrapado, objetivo que logra («Al oír esto se maravillaron y, dejándolo, se fueron» v. 22 que la liturgia no incluye en la lectura).
Con esta perícopa, los lectores originales de Mateo comprendieron que podían pagar los impuestos del imperio sin que eso significasen que estuvieran dando al emperador una honra que sólo corresponde al Señor Jesús y a su Padre.
SEGUNDO PASO: MEDITATIO
¿Qué nos dice el texto?
Distintos laicos hacen una breve sugerencia para la vida seglar. Cada uno contempla el Evangelio desde una dimensión de la vida laical.
DESDE LA EXPERIENCIA MISIONERA
(Hombre, casado, pertenece a comunidad cristiana y movimiento seglar). Comentario de 2023
Dios siempre nos invita. Nos invita sin distinción de ningún tipo, a todas las personas por igual, cada día. Y también nos utiliza para invitar al prójimo.
Y como respuesta solo pide que respondamos un sí profundo que aplique a todas las parcelas de nuestra vida. Es un sí que nos acerca a Él, a la alegría de su presencia, y que nos invita a compartirlo con los demás, a seguir invitando. Esta invitación sobrepasa fronteras y va a todo el mundo, no se queda en solo en los cercanos, sino que se abre al mundo entero.
El sí a Dios implica «salir de mi zona de confort» para acercarme e invitar (explícita o implícitamente) al otro, al diferente, al rico y al pobre económicamente, al rico y al pobre espiritualmente, al marginado y al integrado, al extranjero y al conocido, a todas las personas que son, todas y cada una, hijas de Dios.
DESDE EL TRABAJO
(Mujer, casada, 1 hijo, trabaja, pertenece a comunidad eclesial y grupo cristiano)
Todos tenemos un lugar desde el que servir y aportar algo bueno a los demás
Reconozco que pasajes del Evangelio como el de hoy me hacen dar gracias a Dios por los catequistas y su “talento” por ayudarnos a entender mejor la Buena Noticia y aprender a vivirla poco a poco. Recuerdo que “no era tan pequeña” cuando al escuchar este pasaje siempre me molestaba la actitud del “rey” encima que uno hace un esfuerzo por ir a un convite sin “previo aviso”, y van y lo echan de la fiesta. ¡Pero bueno! Y qué bien cuando te explican y entiendes que el vestido en este contexto representa “la actitud interior con la que respondemos a la llamada de servir a Dios”: no basta con estar “presentes” en la “fiesta” necesitamos que la invitación del Señor transforme nuestra vida y ser esa chispa que ilumine, acompañe y anime a otros a dar el paso hacia una vida más plena.
Y yo pensando tanto en lo del banquete, pasaba por alto lo del “muchos son los llamados y pocos los escogidos” que también es difícil digerir sin un catequista. Quizás cuando lo aplicamos a la vida profesional parece bastante simple pero existe una gran diferencia «entre ejercer la medicina y vivir la medicina como una vocación de servicio». Y en esta profesión, no sirve “cualquier bata” por muy blanca y reluciente que esté. Pero ¿qué significa ser de los elegidos? No es ser los mejores desde luego, de hecho, yo aprobé el MIR a la tercera para luego renunciar a la plaza y terminar haciendo un cambio intrahospitalario de especialidad. Estar entre los “elegidos” tampoco es que vamos “sobre seguro”. Significa que cada día nuestra vocación nos interpela a responder con profesionalidad, humanidad y con mucha humildad. Y en la consulta se tiene que notar, es necesario que nuestra manera de ejercer nuestra profesión (ya sea la de medicina o no) refleje aquello en lo que creemos, Aquel a quien seguimos.
La consulta de Medicina de Familia es también una invitación, la primera en la cadena de cuidados y, muchas veces, una oportunidad única para que una persona se implique en su salud y comience un cambio en su estilo de vida, tarea compleja y más aun cuando no somos nosotros quienes elegimos a qué pacientes nos gustaría atender, es aquí donde nuestra vocación nos ayuda a cuidar a quienes nos resultan más difíciles.
La invitación del Evangelio al banquete me ha hecho tener muy presente esta semana la idea de que “la mesa de la consulta” es como la mesa de este convite, que cada profesión tiene la suya y que todas ofrecen la oportunidad de servir a los demás. ¡Ojalá que, al terminar cada jornada, podamos preguntarnos qué fruto ha dado nuestra presencia en la vida de los demás! Sin olvidar que nuestra capacidad de servir no termina cuando acaba la vida laboral, ni cuando estamos de baja o atravesamos un «bajón». Nuestra actividad puede cambiar, pero no nuestra capacidad de dar fruto. Porque la invitación al banquete sigue abierta y todos tenemos un lugar desde el que servir y algo bueno que aportar a los demás.
TERCER PASO: ORATIO
¿Qué nos hace decir el texto?
(Hombre, casado, trabaja, pertenece a comunidad eclesial)
Comprender
Comprender cuál es la acogida a la que nos llamas, Señor, esa acogida que ensancha nuestra casa y nuestro corazón hasta hacer posible que cada persona pueda sentirse reconocida, segura y parte de una fraternidad.
Comprender cuál es la adoración a la que nos llamas, Señor, esa adoración que, en el silencio contemplativo, nos descentra de nosotros mismos y nos introduce en la comunión agradecida con el Misterio que sostiene toda realidad.
Comprender cuál es la alabanza a la que nos llamas, Señor, esa alabanza que nace del asombro, reconoce la vida como don y hace brotar una alegría profunda que ninguna circunstancia puede poseer por completo.
Comprender cuál es el amor al que nos llamas, Señor, ese amor que acoge, sostiene, cura las heridas y hace posible que la vida humana vuelva a florecer.
Comprender cuál es la amistad a la que nos llamas, Señor, esa amistad que atraviesa las afinidades y diferencias para convertirse en presencia fiel, escucha, cuidado, confianza y camino compartido.
Comprender cuál es la apertura al Misterio a la que nos llamas, Señor, esa apertura que nos invita a descender al fondo de nosotros mismos para descubrir allí una Presencia que nos sostiene, nos habita y nos impulsa más allá de nosotros mismos.
Comprender cuál es la autenticidad a la que nos llamas, Señor, esa autenticidad que nos libera de las máscaras, de las apariencias y de las identidades fabricadas para permitirnos vivir reconciliados con nuestra verdad más profunda.
Comprender cuál es la bondad a la que nos llamas, Señor, esa bondad que mira cada realidad con misericordia, busca silenciosamente el bien y se convierte en una forma concreta de hacer presente tu amor.
Comprender cuál es la compasión a la que nos llamas, Señor, esa compasión que nos permite sentir como propio el sufrimiento ajeno y transforma esa conmoción interior en proximidad, cuidado y compromiso.
Comprender cuál es el compromiso al que nos llamas, Señor, ese compromiso que orienta nuestras mejores energías hacia el cuidado de la vida y la construcción cotidiana de tu Reino.
Comprender cuál es la confianza a la que nos llamas, Señor, esa confianza que permanece abierta a la esperanza incluso cuando no comprendemos el camino y sabe que ninguna oscuridad tiene la última palabra.
Comprender cuál es la conversión a la que nos llamas, Señor, esa conversión que transforma nuestra mirada, reordena nuestros deseos y despierta una nueva sensibilidad para reconocer y acoger los dones de tu Reino.
Comprender cuál es el cuidado de los demás al que nos llamas, Señor, ese cuidado que reconoce la fragilidad de cada persona como lugar sagrado y convierte nuestros pequeños gestos en semillas del Reino.
Comprender cuál es la defensa de la dignidad humana a la que nos llamas, Señor, esa defensa que nos hace reconocer en cada ser humano un valor inviolable y nos une a todos los hombres y mujeres de buena voluntad que trabajan para que nadie sea descartado, humillado ni olvidado.
Comprender cuál es el discipulado al que nos llamas, Señor, ese discipulado que aprende cada día a mirar, sentir, elegir y vivir siguiendo tu huellas y tu santa presencia.
Comprender cuál es la fe a la que nos llamas, Señor, esa fe que sabe descubrir tu presencia incluso cuando los caminos se vuelven oscuros.
Comprender cuál es la fidelidad a la que nos llamas, Señor, esa fidelidad que permanece en el amor más allá de los entusiasmos y de los cansancios.
Comprender cuál es la interioridad a la que nos llamas, Señor, esa interioridad que nos conduce al silencio profundo donde podemos encontrarnos contigo, con nosotros mismos y con toda la realidad.
Comprender cuál es la justicia a la que nos llamas, Señor, esa justicia que devuelve dignidad, posibilidades y esperanza a quienes han sido olvidados en los márgenes del mundo.
Comprender cuál es la mansedumbre a la que nos llamas, Señor, esa mansedumbre que renuncia a imponerse para abrir caminos de encuentro, reconciliación y paz.
Comprender cuál es el perdón al que nos llamas, Señor, ese perdón que rompe las cadenas del resentimiento, libera nuestras heridas del pasado y abre caminos nuevos de reconciliación y de paz.
Comprender cuál es la sabiduría a la que nos llamas, Señor, esa sabiduría que sabe reconocer lo esencial entre tantos ruidos, apariencias y distracciones.
Comprender cuál es la santidad a la que nos llamas, Señor, esa santidad cotidiana que convierte cada gesto de amor, justicia y servicio en transparencia de tu presencia.
Comprender cuál es la sencillez a la que nos llamas, Señor, esa sencillez que nos libera de lo superfluo para poder vivir atentos a lo verdaderamente importante.
Comprender cuál es la sobriedad a la que nos llamas, Señor, esa sobriedad que nos enseña que necesitamos mucho menos para poder vivir mucho más profundamente.
Comprender cuál es la solidaridad a la que nos llamas, Señor, esa solidaridad que convierte el dolor de los demás en una llamada personal a cuidar, compartir y transformar.
Comprender cuál es la ternura a la que nos llamas, Señor, esa ternura que sabe acercarse con delicadeza a las heridas, fragilidades y esperanzas de cada ser humano.
Comprender cuál es el testimonio al que nos llamas, Señor, ese testimonio silencioso y cotidiano que hace visible, en nuestra manera de vivir, que otra forma de relacionarnos con nosotros mismos, con los demás y con el mundo es posible.
Comprender cuál es la unidad a la que nos llamas, Señor, esa unidad que no elimina nuestras diferencias, sino que las convierte en riqueza para construir fraternidad.
Comprender cuál es la verdad a la que nos llamas, Señor, esa verdad que nos libera de nuestras máscaras, autoengaños e intereses para vivir con una mirada limpia sobre nosotros mismos y sobre el mundo.
Comprender cuál es la vocación a la que nos llamas, Señor, esa vocación que nos ayuda a descubrir qué dones hemos recibido y dónde podemos ponerlos al servicio de la vida, del Reino y de los demás.
Comprender, Señor.
Comprenderte.
CUARTO PASO: CONTEMPLATIO
¿Quién dice el texto?
(Autorizado por el autor, Fano en www.diocesismalaga.es)
ÚLTIMO PASO: ACTIO
¿A qué nos lleva el texto?
(Hombre, casado, 2 hijos, trabaja, pertenece a comunidad eclesial y movimiento seglar)
‘A todos los que encontréis, invitadlos a la boda’
Seguimos adentrándonos con el evangelista Mateo en las entrañas del Reino que Jesús enseña, acerca y es. Nuevamente encontramos al Señor enfrascado con los sumos sacerdotes y con los ancianos, ¡qué paciencia tiene Dios con nosotros!
En esta ocasión les propone una parábola para introducirles en la dinámica del Reino, que es otra bien distinta de las nuestras, Nos pone enfrente una de esas historias que tiene una riqueza imponderable. Doy por hecho, no puede ser menos, que todos sabemos que el rey que nombra no es otro que Dios-Padre que, curiosamente, toma la iniciativa una vez más (como ya hiciera con los trabajadores de la viña o con los hijos a los que su padre invita a ir a trabajar a su campo), para poner algo nuevo en marcha… el banquete se convierte entonces en símbolo de la radical apertura del Reino de los cielos… una mesa abierta, llena de todo menos de comensales. O mejor dicho, a la espera de aquellos que quieran sentarse en ella.
Tenemos para elegir bien dónde situarnos este domingo: siervos que son enviados a las encrucijadas, invitados que se excusan, peregrinos que escuchan y responden, o el invitado que no va adecuadamente preparado. La verdad es que, si tuviéramos que dedicar un análisis de cada uno de ellos, podríamos pasar gran parte del domingo adentrándonos en cómo esto nos retrata: ¿tenemos cosas más “importantes” que Dios?, ¿asumimos que el cruce de caminos es un lugar de evangelización?, ¿si Dios me llamara hoy a su banquete estaría mi alma adecuadamente revestida?
En primer lugar, después de escuchar serenamente la Palabra, discierne con serenidad quién serías en este momento en la parábola y qué deberías hacer para que tu “traje” interior esté listo para entrar en cualquier momento en la fiesta del Reino.
La actio de este domingo es muy sencilla. Haz el compromiso de acercarte a alguien que esté en una encrucijada personal y recuérdale con tus palabras y acciones, que Dios no le ha dejado solo y le está esperando.



