
Esta historia ha cautivado a muchísima gente, tanto por la increíble relación que tenían Sheldon y Davey antes de morir ella, como por el vínculo que mantuvieron después.
Vanauken describe cómo, tras el fallecimiento de Davey, seguía sintiendo su presencia de una forma muy intensa y viva. Se había ido, con esa brutalidad irrevocable con la que la muerte nos arrepara a quienes amamos, pero él la sentía tan real como antes.
Durante los primeros meses, su presencia era constante, firme, consoladora y orientadora, exactamente igual que cuando estaba viva. Había muerto, sí, pero dentro de él seguía estando presente como esposa, amante, mejor amiga y alma gemela. En esa época, Sheldon siempre llevaba en el bolsillo el anillo de bodas de Davey, y lo acariciaba con ternura muchas veces al día. Tocarlo le ayudaba a mantener viva la certeza de que ella estaba ahí.
Un día, mientras cruzaba el Atlántico en barco, sintió que esa presencia cambiaba. En el silencio de su corazón, percibió que ella le hablaba para decirle que, hasta ese momento, ambos habían necesitado ese tipo de cercanía, pero que ya tocaba dar un paso más. Necesitaban pasar a un plano distinto en su relación. Ella le pedía que la «dejara ir» respecto a cómo se habían acompañado hasta entonces, al tiempo que ella misma lo «dejaba ir» a él para dar paso a una nueva forma de estar juntos. Fue un momento difícil, pero Sheldon entendió el mensaje. Sacó el anillo del bolsillo y lo dejó caer en silencio al océano.
A partir de entonces, Davey siguió estando a su lado, pero de otra manera. Su presencia se volvió menos explícita, aunque no más distante. Ya no era tanto la presencia terrenal de la esposa, el alma gemela o la mejor amiga, sino la de alguien que te ama y te sostiene de un modo que cuesta explicar con palabras.
Miles de personas que han perdido a seres queridos —entre las que me incluyo— se identifican con esta historia: tanto por sentir vivas por dentro a las personas que se han ido, como por experimentar cómo esa relación, en un momento dado, evoluciona y pasa a un nivel nuevo.
En mi caso, perdí a mis padres cuando tenía veintitrés años. Durante casi dos años, al igual que Vanauken, sentí su presencia de forma clara y orientadora; seguían siendo, con todas las letras, mi madre y mi padre. Sin embargo, en mi caso no siempre era una presencia cálida o consoladora. El dolor de su ausencia a veces me traía lágrimas y emociones frías. Estaban conmigo, pero en esa primera etapa su muerte aún dejaba una cicatriz helada.
Sin embargo, entre el primer y el segundo año, esto cambió. En mi experiencia no hubo un momento clave como el de Vanauken; ocurrió de manera gradual e imperceptible. Su presencia en mí fue transformándose.
Pero, en paralelo a lo que vivió Vanauken, experimenté un cambio de plano. Seguía sintiendo que estaban ahí, exactamente igual que antes, pero algo se había soltado por dentro para dejar espacio a una nueva realidad.
Empecé a sentir su presencia como un consuelo profundo y la pérdida dejó de doler como al principio. Ya no sentía la necesidad de rezar por ellos; lo que sentía —y sigo sintiendo hoy— era la necesidad de rezarles a ellos.
Seguían siendo mis padres, pero algo había cambiado. Me cuesta encontrar las palabras porque pueden sonar vagas o fruto del deseo, pero solo puedo describirlo así: seguían siendo mis padres, vivos, profundamente preocupados por mí y más presentes en mi vida de lo que jamás pudieron estarlo en esta tierra. Pero ahora percibía esa presencia como algo superior, más universal, ligado directamente al amor y a la presencia de Dios. De hecho, me cuesta diferenciar su cercanía del sentimiento general de la Providencia divina que noto en mi día a día.
Vengo de una familia numerosa y prácticamente todos mis hermanos vivieron algo similar. Además, son muchas las personas que me han compartido testimonios parecidos sobre cómo la relación con sus difuntos sigue cambiando y creciendo incluso después de la muerte.
La historia de Vanauken sobre un vínculo que continúa y evoluciona tras el fallecimiento se repite en todas partes. Las relaciones no se congelan con la muerte: siguen creciendo. ¿Es esto algo esotérico o extraño? ¡En absoluto! Es la pura esencia de nuestro dogma. Uno de los artículos fundamentales de nuestra fe nos enseña que la muerte no pone fin al amor ni a nuestras relaciones.


