Un aniversario

28 de septiembre de 2026

Un-aniversario-Ron-RolheiserAl contar su historia de fe, C. S. Lewis confiesa que, en el momento de su conversión, era «el converso más reacio de la historia del cristianismo», pero que se entregó a Cristo porque «la insistencia de Dios es nuestra liberación».

Esa frase me llegó al corazón hace poco, cuando el 8 de septiembre celebré el sesenta aniversario de mis primeros votos como Misionero Oblato de María Inmaculada. Entonces tenía dieciocho años, una edad que hoy se consideraría demasiado temprana para asumir un compromiso así.

Pero no era demasiado joven. Intuitivamente, sabía a qué me comprometía. No era un iluso ni ignoraba que hacer votos religiosos es algo serio. La decisión de entrar en la vida religiosa con la esperanza de llegar a ser sacerdote fue la más difícil de mi vida, y no nació de una inclinación natural hacia esa vocación. Todo lo contrario. Era algo que no quería, pero a lo que me sentía llamado y a lo que, en conciencia, no me sentía libre de negarme. Fui un novicio a regañadientes, pero estaba allí por la insistencia de Dios. Esta es la historia.

Hasta un mes antes de entrar en el noviciado me resistí a la llamada. Mi plan era ir a la universidad y hacerme psicólogo. Decidí seguir el camino de la vida religiosa y el sacerdocio durante el verano que siguió al final de mis estudios de secundaria. Aquel verano trabajé en una granja y pasé largas horas solo, conduciendo un tractor por los campos. En aquellas horas de soledad empezó a crecer en mí una tensión que llevaba mucho tiempo reprimiendo: la que había entre lo que yo deseaba hacer con mi vida y una llamada interior, un impulso que no me dejaba en paz y me invitaba al sacerdocio. Al final cedí. Dije que sí a aquella llamada.

Así, con apenas diecisiete años, tomé la decisión más difícil de mi vida, pero también, paradójicamente, la más clara, la más libre y la que más vida me ha dado. Ahora, al mirar atrás sesenta y un años después, la veo como pura gracia. Ha habido momentos difíciles, pero nunca me he arrepentido. Desde el primer día supe que aquel era mi camino. Después de tantos años, solo siento una profunda gratitud por la gracia de haber tomado aquella decisión y por el océano de gracia que me ha rodeado a lo largo de estos sesenta años.

El conocido novelista Morris West publicó su autobiografía después de cumplir los setenta. Es un pequeño volumen titulado A View From the Ridge —«Una mirada desde la cima»— y comienza con estas palabras: al llegar a los setenta años, en tu vocabulario solo deberían quedar tres expresiones: ¡Gracias! ¡Gracias! ¡Gracias!

Yo ya he pasado de los setenta y, si escribiera una autobiografía, la comenzaría, como Morris West, con estas palabras: ¡Gracias! ¡Gracias! ¡Gracias!

Recuerdo con claridad el día de mis votos, hace sesenta años. Mi madre y mi padre estaban allí, orgullosos de mí. Conservo con mucho cariño una foto de los tres, aún más valiosa porque ambos murieron, todavía jóvenes, en los seis años siguientes. También conservo una amistad de sesenta años con algunos de mis compañeros de noviciado, un par de ellos incluso más jóvenes que yo.

Por eso, al celebrar este aniversario, quiero dar las gracias.

En primer lugar, a los Oblatos de María Inmaculada, por acogerme y ofrecerme durante sesenta años apoyo, una buena vida en comunidad, amistad, oportunidades excepcionales de formación y tareas pastorales llenas de gracia y de vida. Calculo que, a lo largo de estos sesenta años, he vivido en comunidad con más de cuatrocientos hombres distintos. No siempre ha sido una convivencia sin tensiones, pero siempre me ha sostenido y me ha dado vida, con ese buen humor compartido que llena de aire fresco una habitación.

También quiero dar unas gracias inmensas a mi familia, esa gran tribu de contornos difusos que hoy abarca tres generaciones. Hemos conseguido mantenernos unidos a pesar de la distancia, y siempre he sentido su apoyo incondicional. Siguen siendo un ancla, un hogar que me ayuda a mantener el equilibrio cuando todo se vuelve confuso.

Después, y aquí cualquier superlativo se queda corto, quiero dar las gracias de todo corazón a las innumerables personas, amigos y tantos otros, que he conocido en mi ministerio a lo largo de estos sesenta años. Un obispo me ordenó sacramentalmente, pero las personas que han formado parte de mi vida me han vuelto a «ordenar» una y otra vez. Ellas me han enseñado lo que significa ser sacerdote. Los momentos más hermosos de mi sacerdocio han sido aquellos en los que he oído la palabra «gracias» de labios de personas a las que he tenido el privilegio de acompañar.

Por último, mi mayor agradecimiento es para Dios. Gracias por llamarme. Gracias por la fuerza y la constancia de esa llamada, por saber qué era lo mejor para mí. Gracias por sostenerme en algunas etapas difíciles de mi ministerio, marcadas por las obsesiones y la depresión. Gracias por permanecer a mi lado todos estos años.

Sí, la insistencia de Dios es nuestra liberación. Y es pura gracia.