Evangelio Seglar para el Domingo del 12 de julio de 2026

10 de julio de 2026

PRIMER PASO: LECTIO

¿Qué dice el texto?

Lectura del santo evangelio según Mateo 13,1-23

Salió el sembrador a sembrar

Aquel día, salió Jesús de casa y se sentó junto al lago. Y acudió a él tanta gente que tuvo que subirse a una barca; se sentó, y la gente se quedó de pie en la orilla. Les habló mucho rato en parábolas: «Salió el sembrador a sembrar. Al sembrar, un poco cayó al borde del camino; vinieron los pájaros y se lo comieron. Otro poco cayó en terreno pedregoso, donde apenas tenía tierra, y, como la tierra no era profunda, brotó enseguida; pero, en cuanto salió el sol, se abrasó y por falta de raíz se secó. Otro poco cayó entre zarzas, que crecieron y lo ahogaron. El resto cayó en tierra buena y dio grano: unos, ciento; otros, sesenta; otros, treinta. El que tenga oídos que oiga.»

[Se le acercaron los discípulos y le preguntaron: «¿Por qué les hablas en parábolas?» Él les contestó: «A vosotros se os ha concedido conocer los secretos del reino de los cielos y a ellos no. Porque al que tiene se le dará y tendrá de sobra, y al que no tiene se le quitará hasta lo que tiene. Por eso les hablo en parábolas, porque miran sin ver y escuchan sin oír ni entender. Así se cumplirá en ellos la profecía de Isaías: «Oiréis con los oídos sin entender; miraréis con los ojos sin ver; porque está embotado el corazón de este pueblo, son duros de oído, han cerrado los ojos; para no ver con los ojos, ni oír con los oídos, ni entender con el corazón, ni convertirse para que yo los cure.» ¡Dichosos vuestros ojos, porque ven, y vuestros oídos, porque oyen! Os aseguro que muchos profetas y justos desearon ver lo que veis vosotros y no lo vieron, y oír lo que oís y no lo oyeron.

Vosotros oíd lo que significa la parábola del sembrador: Si uno escucha la palabra del reino sin entenderla, viene el Maligno y roba lo sembrado en su corazón. Esto significa lo sembrado al borde del camino. Lo sembrado en terreno pedregoso significa el que la escucha y la acepta en seguida con alegría; pero no tiene raíces, es inconstante, y, en cuanto viene una dificultad o persecución por la palabra, sucumbe. Lo sembrado entre zarzas significa el que escucha la palabra; pero los afanes de la vida y la seducción de las riquezas la ahogan y se queda estéril. Lo sembrado en tierra buena significa el que escucha la palabra y la entiende; ése dará fruto y producirá ciento o sesenta o treinta por uno.»]

NOTAS BÍBLICAS

Hoy Jesús empieza a contar siete parábolas: hoy una, el domingo que viene tres, y al siguiente otras tres. Todas en el capítulo 13 de San Mateo.

Los apóstoles preguntan a Jesús por qué habla en parábolas (v. 10). Su respuesta es enigmática. Aunque admite varias interpretaciones, parece decir que pretende logran que la gente capte el mensaje, aunque si no se esfuerzan o no quieren, no se van a enterar de nada (vv. 11-17). Termina diciendo una bienaventuranza: «bienaventurados vuestros ojos porque ven y vuestros oídos porque oyen» (v. 16).

Antes, Mateo presenta a Jesús como Maestro: sentando, como hacen los maestros, en una barca, ante una multitud a la que enseña (vv. 1-2).

La parábola de hoy trata sobre los distintos terrenos a los que se parecen los corazones de los que oyen la Palabra de Dios. El sembrador es el mismo, la semilla es la misma, pero la reacción de quien recibe la Palabra es distinta. Sólo uno de los terrenos es apto para que lo sembrado llegue a dar su fruto (vv. 3-9).

El mismo Jesús explica a continuación los distintos tipos de terreno, las diversas actitudes de los corazones (vv. 18-23). La interpretación es clara y sencilla, y sirve para que la comunidad cristiana se pregunte sobre su actitud ante la Palabra de Dios. El corazón que da fruto es «el que escucha la palabra y la entiende» (v. 24), que en Mateo no se refiere a un entender intelectual, sino a una obediencia a la Palabra escuchada, llevando a la vida aquello que le ha dicho.

SEGUNDO PASO: MEDITATIO

¿Qué nos dice el texto?

Distintos laicos hacen una breve sugerencia para la vida seglar. Cada uno contempla el Evangelio desde una dimensión de la vida laical.

DESDE LO COTIDIANO
(Mujer, casada, 3 hijos, trabaja, pertenece a una comunidad de laicos

Hay una frase de este Evangelio que siempre me llega al corazón: «Miran sin ver, escuchan sin oír ni entender». Y otra que me llena de gratitud: «Dichosos ustedes, porque sus ojos ven y sus oídos oyen».

A veces me he preguntado por qué Jesús hablaba en parábolas. Creo que lo hacía porque no quería imponer la fe, sino despertar el corazón. Hablaba de la vida cotidiana para que quien buscara sinceramente a Dios pudiera descubrirlo.

Y ahí descubro el gran regalo que he recibido: ¡qué gracia tan inmensa que Jesús haya salido a mi encuentro, me haya regalado la fe y me permita escuchar su Palabra y caminar con Él!

Pero ese regalo también es una responsabilidad. Me doy cuenta de que el mayor peligro no está solo en quien no conoce a Cristo, sino también en mí. Qué fácil es acostumbrarme al Evangelio, rezar por rutina o dejar que las preocupaciones apaguen la voz de Dios.

Entonces también yo puedo mirar sin ver y escuchar sin entender. Puedo conocer mucho de Jesús y, sin embargo, dejar de dejarme transformar por Él.

Por eso hoy le pido que me conceda un corazón sencillo, capaz de descubrirlo cada día en su Palabra, en las personas y en lo cotidiano. Porque el verdadero milagro no es solo haber encontrado a Jesús, sino seguir dejándome encontrar y cambiar por Él cada día.

desde EL MATRIMONIO Y LA FAMILIA
(Hombre, casado, 3 hijos, pertenece a comunidad eclesial y movimiento laical)

Ante la lectura de hoy no está de más afirmar que nuestra vida consiste; por un lado en sembrar sin descanso y por el otro en convertirnos en tierra buena también sin desfallecer.

Toda nuestra vida, por supuesto, incluyendo la vida familiar y matrimonial; que es una convivencia en la que siempre debemos dar y recibir, en la que hay que mantener la apertura para que fluya el Espíritu libremente. A sembrar con paciencia en nuestros familiares y a procurar que crezca la semilla que ellos depositan en nosotros. Porque todos estamos a merced de “los afanes de la vida”, de la falta de “constancia”. Y al tiempo todos hemos de recordar que cada uno dará su propio fruto; “ciento, sesenta o treinta”. Manteniendo como lo más importante un corazón que no esté “embotado” y que pueda, ver, oír y entender con claridad entre tantísimo ruido, reclamos, bulos, polarizaciones y aturdimiento.

TERCER PASO: ORATIO

¿Qué nos hace decir el texto?

(Hombre, casado, trabaja, pertenece a comunidad eclesial)

El que tenga oídos para oír que oiga.
Oír el caminar de las historias pequeñas, cercanas, personales.
Oírte en las aceras de nuestras ciudades,
Señor de las palabras radicalmente humanas.

Oír el pálpito de los grises de la vida.
Oírte en los sufrimientos evitables,
Señor de las palabras de justicia.

Oír el rumor de lo que realmente merece la pena.
Oírte en las risas de la fraternidad,
Señor de las palabras de comunión

Oír la intensidad de la vida humana inserta en los dinamismos cósmicos de la vida.
Oírte en los silencios de nuestro corazón,
Señor de las palabras de la verdad de las verdades.

Oír el esfuerzo por la verdad y el bien.
Oírte en las búsquedas de los hombres y mujeres de buena voluntad.
Señor de las palabras que nos dan sentido fascinante.

Oír la soledad de los que van dando tumbos por la vida.
Oírte en tus palabras claras y directas sobre la verdad del ser humano,
Señor de las palabras que nos reclaman lo mejor de nosotros mismos.

Oír la desquiciada aceleración vital que nos da revolcones día a día.
Oírte en la necesidad de centrarnos en lo esencial de vivir: amar y ser amados,
Señor de las palabras esenciales que permanecen en nuestra sensibilidad.

Oír la injusticia cotidiana de los que van tirando por la vida.
Oírte en los esfuerzos esperanzados por sembrar una cultura más justa,
Señor de las palabras que nos alientan a mejorar las relaciones humanas.

Oír los ruidos de la ruina moral que nos desconcierta y descorazona.
Oírte en los que generan confianza y honestidad por donde pasan,
Señor de las palabras que nos lanzan al cuidado y a la honradez.

Oír la necesidad de palabras que nos devuelvan la esperanza.
Oírte en los mejores de nuestra cultura cuando cuidan la vida por encima de la idolatría del dinero.
Señor de las palabras que nos alimentan día a día en nuestro vivir y convivir

Oír la humanidad tan humana
Oírte con hambre de santidad y justicia,
Señor de las palabras que salvan ahora y siempre.

Oírte,
Maestro.
Oírte,
Buen pastor.
Oírte,
amor sobre todo amor.
Amén.

Aleluya, aleluya, aleluya.

CUARTO PASO: CONTEMPLATIO

¿Quién dice el texto?
(Autorizado por el autor, Fano en www.diocesismalaga.es)

Fano domingo XV del Tiempo Ordinario - 2026

ÚLTIMO PASO: ACTIO

¿A qué nos lleva el texto?
(Mujer, casada, 3 hijos, trabaja, pertenece a comunidad eclesial y movimiento laical)

Para acoger este Evangelio en mi vida y llevarlo a la práctica, debo ser como el agricultor que primero prepara la tierra antes de sembrar. Del mismo modo, necesito preparar mi corazón para recibir la semilla, que es la Palabra de Dios.

Con frecuencia, el ruido y las prisas del día a día me impiden detenerme y dedicar tiempo a escuchar a Dios. Por eso, necesito apartar de mi vida todo aquello que dificulta su voz y me aleja de Él.

Después, esa semilla debe echar raíces profundas. Mi fe necesita estar bien arraigada para mantenerse firme y dar fruto. Para ello, debo cultivar hábitos que fortalezcan mi unión con Dios: la oración, la lectura de la Palabra, los sacramentos y los pequeños actos de fidelidad cotidiana. Las raíces crecen en lo escondido, en la constancia silenciosa, no en los momentos extraordinarios.

Jesús también me invita a arrancar los espinos que ahogan su Palabra: el exceso de redes sociales, vivir siempre con prisa sin detenerme en lo verdaderamente importante, querer controlarlo todo, buscar ser la mejor o necesitar el reconocimiento de los demás. Todo aquello que ocupa mi mente y mi corazón, alejándome de Dios, debo aprender a dejarlo.

Finalmente, la buena tierra no solo recibe la semilla, sino que produce fruto abundante. El fruto de mi vida debe ser parecerme cada día más a Cristo. Vivir en santidad para que, a través de mi vida, Dios sea amado, alabado y conocido por todos.

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