¿Es peligroso creer en Dios?

La crisis del paradigma mágico y el reto de la ortopraxia

Introducción

Es peligroso creer en DiosEl esquema es sencillo: llevamos muchos siglos de una religiosidad no sólo incapaz de impedir que la humanidad se halle abocada hoy a una tenebrosa situación sino, incluso, factor parcial del desastre. La religión, pues, ha sido peligrosa.

Primero, por haber privilegiado la ortodoxia sobre la ortopraxia; es decir, la creencia en dogmas absolutos y liturgias dudosas por delante del seguimiento radical de Jesús, única ética cristiana. A diferencia de Jesús, de Dios nos hemos quedado con la verdad y el poder más que con el servicio y el amor.

En segundo lugar, tanto teoría como comportamiento han sufrido la carcoma de lo mágico. Es peligroso creer en Dios si no se traduce en vida y, más aún, si su imagen está viciada. Esto es arriesgado porque las consecuencias son graves. Hasta la Ilustración era, tal vez, inevitable. Hoy no. Pero la autoridad eclesial no ha entendido la crisis de la modernidad y se enroca en el modelo de cristiandad, siendo esta la causa de la descristianización que lamentan.

1ª PARTE: Peligros de la religión

Históricamente, la religión ha sido fuente de conflictos y de conciencia esclava. Insisto: describo hechos, no acuso. La historia de la cristiandad no ofrece una imagen decente del Dios que proclamamos. Si existen santos, es a pesar de la organización oficial, no gracias a ella. La estructura jerarquizada ha conducido a la obsesión por el dogma y la ley.

El poder, aunque sea sagrado, es siempre un abuso. Hemos pretendido ejercer el poder ¡en nombre de Dios! El peligro no está en hablar poco de Dios, sino en meterlo en todas las salsas para aderezar la ignominia de diecisiete siglos de traición al Evangelio. Desde Constantino, se ha secuestrado su verdad para devastar todo lo que no coincidía con la «única religión verdadera».

Incluso tras el Concilio, se sigue defendiendo la ortodoxia con juicios sin garantías. Poseer la verdad sobre Dios es alzarse con su poder. Identificarse con la verdad divina es proyectar sacrílegamente nuestra soberbia. Estas no son solo sospechas, son aberraciones históricas.

La carcoma de la magia

La apropiación de la verdad y el pensamiento mágico son los ingredientes del modelo de cristiandad. Al hablar de magia, no me refiero al mito (forma rica de comunicación), sino a algo que se esconde en los subterráneos de la conciencia. Esta amalgama da lugar a una caricatura religiosa:

El Dios titiritero: Dios construye el «teatro del mundo» pero retiene los hilos. Interviene si quiere o si se lo pedimos.

Privilegios y exclusiones: Elige un solo pueblo, una sola raza, y espera millones de años para enviar a un salvador a un rincón del planeta.

Dogmas inamovibles: Desde la concepción virginal hasta la transustanciación definida en Trento.

Supersticiones oficiales: Devociones, exorcismos y comités vaticanos buscando milagros para declarar santos.

Crisis religiosa

Ante este cortejo de abusos, ¿quién se extraña de que la nave haga aguas? ¿En qué ha quedado la carga revolucionaria del Nazareno? Es objetivamente inmoral esgrimir como «misterio de fe» lo que es construcción mágica. No se puede hacer comulgar con ruedas de molino al hombre moderno. El abismo entre religión y sensatez se ha hecho insoportable.

Peligros del actual modelo de pensamiento

¿A qué se debe el abismo entre fe y razón? La Ilustración descubrió la autonomía de lo real: los reyes no gobiernan por gracia divina ni Dios manda la lluvia. Esto originó la secularización. O negamos a Dios, o descubrimos un nuevo paradigma de inteligibilidad.

El pensamiento mágico es la piedra angular del viejo paradigma. Debelar este pensamiento es la tarea actual. El creyente afirma un Ser supremo como dador de sentido (salto a lo trascendente), pero debemos tener precaución: no podemos entender la relación entre lo Increado y lo creado bajo moldes humanos.

El talante mágico consiste en hacer de Dios una causa intramundana más: el que sana un tuberculoso suplantando al antibiótico o separa las aguas del mar. En la medida en que hay autonomía, no existe intervencionismo.

Dios presente y Dios ausente

Para evitar el ateísmo, debemos sostener una paradoja:

Dios presente: Como sustento del ser. Sin Él, la realidad se disuelve. Es el don total e irreversible. No hay «intervenciones» posteriores porque en el acto creador ya se dio todo.

Dios ausente: El ser es autónomo y evoluciona sin «retoques» divinos. Es antropomorfismo creer que Dios debe corregir algo que salió mal.

La autonomía, fruto del don total de Dios, hace innecesaria la acción mágica. Debemos vivir «como si Dios no existiese» (etsi Deus non daretur), asumiendo la responsabilidad de la historia.

La mística: Metafísica del corazón

La mística no es algo inasequible; es la experiencia de la «soledad sonora». Juan de la Cruz o Agustín de Hipona nos hablan de un Dios que es «más íntimo que mi propia intimidad». La fe no añade luz informativa ni evita la «noche oscura».

En el cristianismo hemos confundido la presencia silenciosa con una «historia sagrada» de intervenciones mágicas. Moisés, Teresa de Jesús o los Apóstoles usaron metáforas sensibles para expresar experiencias interiores. Al desmontar estas metáforas, algunos sienten liberación y otros vértigo. Temen que, al desaparecer las imágenes familiares, se les muera Dios.

Sin embargo, la ausencia de Dios es parte integrante de la experiencia creyente, como lo fue en el grito de Jesús en la cruz: «Dios mío, ¿por qué me has abandonado?».

Conclusión

Es peligroso creer en un Dios a nuestra imagen, un todopoderoso con el que suprimimos al disidente. Es decisivo descartar lo que no es Dios. El Evangelio es claro: no seremos juzgados por el credo (ortodoxia), sino por el pan que damos al hermano (ortopraxia/ética samaritana).

La autenticidad de la religión no está en que sea universal, sino en su capacidad humanizadora. Creyentes o no, podemos darnos la mano en la solidaridad samaritana, una tarea inaplazable porque hoy se nos desangra la humanidad y la madre tierra.

Artículo publicado originalmente en Eclesalia.