
Hoy en día, la teología cristiana no solo ha sido capaz de aceptar los hallazgos legítimos de la ciencia, sino que ha logrado integrarlos de manera saludable en una visión de la historia de la salvación. Como ejemplo destacado de esto, podemos observar la síntesis teológica que nos legó Pierre Teilhard de Chardin (1881-1955).
Teilhard fue un científico prominente, un paleontólogo reconocido internacionalmente por su labor científica. Fue también una persona de una fe excepcional, un místico, un sacerdote jesuita y un talentoso escritor espiritual.
En la época en que realizaba su trabajo científico y escribía sus primeros tratados teológicos, el concepto de evolución era todavía rechazado casi universalmente por todas las iglesias cristianas, que lo veían como algo opuesto al relato de la creación en el Génesis. De hecho, las autoridades católicas romanas prohibieron a Teilhard publicar sus escritos teológicos y, durante varias décadas, estos circularon solo de forma privada entre sus colegas jesuitas. Finalmente, con el advenimiento del Vaticano II y un ablandamiento general (cultural y religioso) de la resistencia al concepto de evolución, las autoridades de la Iglesia permitieron la publicación de los tratados teológicos de Teilhard; aunque todavía se presentaban con una advertencia de ser «dogmáticamente inseguros».
¿En qué consiste esa visión del mundo? Para mí, es una de las grandes síntesis entre la ciencia y la fe cristiana que se hayan escrito jamás. En esencia, lo que Teilhard hizo fue tomar los hallazgos de la ciencia, particularmente el concepto de evolución, y fundirlos con una visión cristiana de la historia de la salvación para producir un marco dentro del cual comprender más profundamente la ciencia, la fe cristiana y el lugar de Cristo en la historia.
En resumen, fusionó, como un encaje perfecto, la noción científica de creación y evolución (lo que hoy podríamos llamar la hipótesis del Big Bang) con una visión cristiana de la historia de la salvación y el lugar de Cristo en esa historia.
He aquí, brevemente, su síntesis: Dios es amor y, hace quince mil millones de años, Dios creó el universo (ex nihilo) por amor. Sin embargo, Dios no lo creó como un producto terminado, como se describe en el Génesis, sino como un «infante cósmico» que evolucionaría y crecería a través de miles de millones de años hasta alcanzar la madurez.
Bíblicamente, la creación inicial, tal como se describe en el Génesis, era un «abismo caótico». En una visión evolutiva, hicieron falta más de seis días para que aparecieran los seres humanos; hicieron falta entre catorce y quince mil millones de años. Y la creación se desarrolló de esta manera: tras la creación inicial (el Big Bang), Dios, en el centro de todo, comenzó a atraer todas las cosas hacia Sí mismo a través del amor. A lo largo de miles de millones de años, a medida que la creación respondía a esa invitación, fue aumentando continuamente en complejidad, conciencia y unidad, moviéndose libremente en amor hacia Dios.
Y esto pasó por cuatro etapas, siempre con Dios en el centro, atrayendo a la creación hacia el misterio del amor:
Primero, se formó la geología, la tierra, las rocas y el agua («Geogénesis»). Segundo, de estos, eventualmente surge la vida («Biogénesis»). Tercero, algunos millones de años después, emergen los seres humanos con conciencia autorreflexiva y libre albedrío («Noogénesis»). Pero, para Teilhard, todavía hay una cuarta etapa: la venida de Cristo («Cristogénesis»).
Para Teilhard, el nacimiento de Cristo es la penúltima culminación (espiritual y cósmica) del proceso evolutivo. El desarrollo de la historia evolutiva eventualmente nos trae a Cristo, no solo como el Jesús histórico, sino también como una realidad cósmica. Para Teilhard, Cristo es tanto una persona como una estructura cósmica dentro del universo que, al igual que la persona de Jesús, invita a todo (humanos, animales, plantas, rocas, agua) a un «punto omega», es decir, a una comunidad de amor dentro de Dios.
Esto puede sonar complejo, pero quizás pueda explicarse de manera más sencilla integrando la visión de la creación de Teilhard en el antiguo himno cristiano de Efesios 1, 3-10. Aquí la ciencia y la fe cristiana (especialmente sobre la centralidad de Cristo) se mezclan a la perfección:
Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos bendijo en los cielos con toda bendición espiritual en Cristo. Pues en él nos eligió antes de la creación del mundo para que fuéramos santos e irreprochables a sus ojos… Por amor nos predestinó a ser adoptados como hijos suyos por medio de Jesucristo… Dios nos ha dado la sabiduría para comprender plenamente el misterio, un plan que se complació en decretar en Cristo. Un plan que se llevará a cabo en Cristo, en la plenitud de los tiempos, para reunir todas las cosas en él, tanto las del cielo como las de la tierra.
La historia de la salvación y la historia evolutiva apuntan ambas al misterio en desarrollo de cómo Dios está uniendo todas las cosas a través de Cristo. Teilhard integró maravillosamente la historia cósmica de este planeta en el misterio de Cristo.
La ciencia y la fe cristiana son amigas, no enemigas.




