¿En qué consiste ser padre?

22 de junio de 2026

¿En qué consiste ser padre?Hace cincuenta y seis años, mi padre murió a altas horas de una noche de diciembre. Recuerdo el frío intenso con la misma claridad que su muerte. En menos de un día, la temperatura bajó a cuarenta grados bajo cero.

Yo todavía era joven; demasiado joven (pensé en aquel momento) para perder a un padre. Más tarde, me daría cuenta de que estaba equivocado. Nadie es demasiado joven para perder a un padre, aunque perderlo antes de que ciertas cosas puedan darse y recibirse puede dejar sus cicatrices.

Nosotros, la familia de este padre, tuvimos bastante suerte. Tuvimos mucho tiempo para prepararnos para su muerte. Murió tras un año de lucha contra el cáncer y murió con su fe, su generosidad y su sentido del humor intactos; y nos había dado su bendición. Además, murió sin amargura, agradecido, bendiciendo la vida. Hay formas peores de morir y formas peores de perder a un padre. En nuestras oraciones familiares siempre habíamos pedido una buena muerte. Unos meses después de su fallecimiento, con un clima más cálido, me di cuenta de que había tenido una buena muerte.

Pero este recuerdo en el Día del Padre, más de cincuenta años después de aquel día de frío intenso, no pretende ser un elogio fúnebre (algo con lo que él se sentiría incómodo), ni una homilía sobre lo que constituye una buena muerte. Pretende ser una reflexión sobre qué es un padre, un papá, y cómo nos conecta, nos forma y, a veces, nos deforma una figura así.

¿Qué es un padre? ¿Qué debe hacer un padre, más allá de ser simplemente el compañero biológico que nos trae al mundo? ¿Cómo nos afecta su cuidado o su abandono, su amor o su indiferencia?

Varias escuelas de psicología y antropología sugieren que tu padre y tu madre tienen papeles muy diferentes en la formación de tu persona. Es la madre quien supone tu vínculo simbiótico con la vida y es de ella, mucho más que de tu padre, de quien recibes la sensación de ser amado, deseado, acunado y valorado. Entre todos los mamíferos, es la madre quien, metafóricamente, debe lamer al recién nacido y liberarlo de todo lo que lo oprime al nacer. La madre, después del nacimiento, abre tu cuerpo a la vida. Es ella quien gesta, lleva en su vientre y luego acuna y alimenta al niño. Ningún niño o adulto olvida esto en algún nivel de conciencia, y nuestra sensación de sentirnos amados o no está muy ligada a nuestras madres.

Pero es el padre quien da al niño tanto el permiso para disfrutar de la vida como el reto de la disciplina. Es el padre quien debe, especialmente a través de su propia forma de vivir, ser un modelo para el niño de la combinación correcta entre el placer y la renuncia. Es de él, más que de la madre, de quien el niño aprende la combinación entre soltar y controlar, la sumisión a las normas y la libertad de seguir el propio camino.

Y esta tarea es clave para iniciarnos en la edad adulta, para ayudarnos a dejar de ser el niño o la niña pequeña, y encaminarnos hacia el adulto, el hombre o la mujer. Un padre debe hacer esto, en primer lugar, mostrándonos en su propia vida cómo nuestra energía para el amor y nuestra energía para confrontar y proteger deben formar una armonía; de este modo, las energías caóticas de nuestro interior se contienen, se enfocan, se combinan y se abren creativamente al servicio de Dios y de los demás. Un padre debe mostrar cómo el disfrute y la creatividad se combinan con la necesaria renuncia a uno mismo, y cómo nuestra energía para amar y nuestra energía para luchar y proteger a la comunidad (especialmente a sus miembros más débiles) pueden trabajar juntas sin ser enemigas. Un padre debe enseñarnos a ser, a la vez, amantes y luchadores.

Mi propio padre, imperfecto como todos los padres humanos, no siempre encontró, ni irradió, el equilibrio perfecto entre el disfrute y la disciplina, entre ser amante y luchador, entre disfrutar y sacrificarse. Como uno de sus hijos, yo tampoco sé siempre cómo caminar por esa cuerda floja, y a veces hay un desorden en mi vida que oscila entre la pereza y el exceso de trabajo, el amor y la ira, el darme todos los caprichos y el castigarme en exceso. A veces soy capaz de proteger a la comunidad y otras veces ni siquiera puedo protegerme a mí mismo.

Sin embargo, la mayoría de las veces tengo la firmeza de mi padre, más allá de mis tropiezos. Tuve un buen papá. Amó y luchó, aunque a veces fue demasiado duro consigo mismo y otras veces disfrutó plenamente de su vida.

Han pasado más de cincuenta años desde aquel día a cuarenta grados bajo cero en el que murió, y a veces mi espíritu todavía siente el frío de aquella jornada y vuelvo a ser un niño pequeño, un preadulto, solo, esperando a que mi padre me guíe hacia la madurez, inseguro de cómo integrar el disfrute y la disciplina.

Pero, cuando busco a mi padre, a su espíritu, no entre los huesos de los antepasados, sino en la comunión de los santos, lo encuentro caminando todavía por esa delicada cuerda floja por la que caminó en vida. Y su espíritu se acerca para ayudarme en mi lucha con el amor y el conflicto, con el disfrute y la renuncia, y entonces me siento un poco más firme como adulto.

Original en Ingles