
Sin embargo, hay algunas cosas que pueden ayudarnos a tomar conciencia de ello, por ejemplo, la poesía y la música. Charles-Pierre Baudelaire, 1821-1867, poeta, ensayista y crítico de arte francés, dijo una vez lo siguiente sobre la poesía y la música: «Es por medio de la poesía y a través de la poesía, por medio de la música y a través de la música, como el alma vislumbra el esplendor que hay más allá de la tumba; y cuando un poema exquisito hace asomar las lágrimas a nuestros ojos, esas lágrimas no son la prueba de un exceso de placer, sino más bien el testimonio de una melancolía irritada, de la agitación de los nervios de una naturaleza exiliada en lo imperfecto y que quisiera apoderarse inmediatamente, aquí en la tierra, de un paraíso revelado».
¡Qué manera tan distinta de expresarlo! La poesía y la música pueden despertar e inquietar nuestra melancolía, haciéndonos conscientes de los límites de nuestra vida y, al mismo tiempo, despertando en nosotros una intuición de lo que será el cielo y del deseo de estar ya allí.
Baudelaire utiliza la palabra «melancolía» para referirse a lo que sentimos a causa de ese vacío que existe en nuestra vida. Pero ¿es esa la mejor palabra para describirlo? ¿Es melancolía? ¿Es tristeza? ¿O podríamos darle otro nombre? De hecho, a lo largo del tiempo se le han dado muchos nombres.
San Agustín, por ejemplo, no lo llamaría tristeza, sino anhelo, dolor interior, inquietud. Lo expresa en su conocida frase: Nos has hecho para ti, Señor, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti. Esa es quizá su expresión más conocida. Pero hay otras.
Diversos autores espirituales franceses lo llaman inquietud, una especie de desasosiego; el autor bíblico del Eclesiastés habla de una eternidad sembrada en nuestro interior que hace que nunca terminemos de encajar del todo en los ritmos naturales del tiempo; la joven Ana Frank, escribiendo en su diario, lo describió sencillamente como una energía que le hacía querer saltar fuera de su propia piel y estar en todas partes al mismo tiempo; la sabia Ruth Burrows lo llamó «complejidad torturante»; el científico y místico Pierre Teilhard de Chardin habló de «un impulso irresistible hacia la plenitud, que hace que todos gritemos: “Señor, haz que seamos uno”»; y Frederick Buechner lo llamó «una presencia subterránea» bajo la superficie, algo que no se anuncia como una banda de música, sino que aparece, nos toca y nos golpea de maneras tan sutiles que podemos no darnos cuenta siquiera de su presencia o, por el contrario, apartarnos de ella.
¿Cuál es su origen? ¿De dónde procede todo esto? Es, como dice san Agustín, ese dolor que nos recuerda que hemos sido creados para Dios y que este mundo no es nuestro hogar definitivo. Pero esto no habita en nosotros como tristeza, melancolía u oscuridad. Al contrario. Está dentro de nosotros como un exceso de energía, un exceso de luz, una luminosidad.
Este es su origen: como cristianos, creemos que hemos sido creados a imagen y semejanza de Dios. Sin embargo, con demasiada frecuencia imaginamos esto de una manera demasiado simple, como si dentro de nuestra alma hubiera estampado un hermoso icono, en lugar de comprenderlo como un fuego divino, un toque de infinito, una energía divina insaciable que nos hace saber que somos más que nuestra biología y más que las leyes físicas de este mundo. Y también nos asegura que nunca encontraremos aquí una plenitud completa. Estamos hechos para algo más.
Podemos experimentar esto como tristeza o melancolía, pero, paradójicamente, ocurre porque su luz excesiva proyecta una sombra oscura. Cuando hablamos de esa sombra interior a la que nos da miedo enfrentarnos, en realidad estamos hablando de nuestra propia luminosidad, de la imagen de Dios que llevamos dentro. Nos asusta esa luz divina que habita en nosotros. Es demasiado grande y no sabemos cómo acogerla.
La poeta Marianne Williamson expresa muy bien esta idea en su poema Nuestro miedo más profundo:
Nuestro miedo más profundo no es ser inadecuados.
Nuestro miedo más profundo es ser poderosos más allá de toda medida.
Es nuestra luz, y no nuestra oscuridad,
lo que más nos asusta.
Nos preguntamos:
¿Quién soy yo para ser brillante, hermoso, lleno de talento, extraordinario?
En realidad, ¿quién eres tú para no serlo?
Eres hijo de Dios.
Hacerte pequeño
no ayuda al mundo.
No hay nada iluminado en disminuirte
para que los demás no se sientan inseguros a tu lado.
Todos estamos llamados a brillar,
como brillan los niños.
Hemos nacido para manifestar
la gloria de Dios que habita dentro de nosotros.
No está solo en algunos;
está en todos.
Y cuando dejamos que brille nuestra propia luz,
sin darnos cuenta damos permiso a los demás para hacer lo mismo.
Cuando nos liberamos de nuestro propio miedo,
nuestra presencia libera también a otros.
Esto no es exactamente tristeza, pero sí es, en efecto, una melancolía inquieta que nos hace conscientes de cuánta luz llevamos dentro.


