
Se había criado en un hogar creyente e iba a misa con frecuencia. Sin embargo, durante sus años de universidad, su interés y su práctica religiosa fueron decayendo poco a poco, hasta el punto de que, al graduarse, ya no pisaba la iglesia ni rezaba apenas. Esta indiferencia hacia la oración y la vida parroquial continuó durante varios años después de terminar la carrera. Su relato se centró en cómo cambió todo aquello.
Un día, casi cuatro años después de haber abandonado por completo la oración y la misa, cogió un vuelo a Colorado para visitar a su hermana y esquiar un poco. Llegó un sábado por la tarde y, a la mañana siguiente, domingo, su hermana la invitó a acompañarla a misa. Ella declinó amablemente la invitación y se fue a esquiar.
En su primera bajada por la pista, se chocó contra un árbol y se rompió la pierna. Con una enorme escayola a cuestas, le dieron el alta en el hospital el sábado siguiente. A la mañana siguiente, su hermana volvió a pedirle que fuera con ella a la iglesia. Esta vez («tampoco había mucho más que hacer») aceptó. Cosas del destino, era el Domingo del Buen Pastor y, mira por dónde, casualmente había de visita un sacerdote llegado de Israel. El cura no alcanzaba a verla sentada al fondo con la pierna escayolada, pero aun así arrancó su homilía de este modo:
«Hay una costumbre entre los pastores de Israel que existía en tiempos de Jesús y que todavía se practica a veces, la cual saca a la luz un rasgo poco conocido del buen pastor. En ocasiones, un pastor intuye que un corderillo va a ser un descarriado por naturaleza, alejándose siempre del rebaño. Lo que hace entonces el pastor es romperle deliberadamente una pata, de modo que tenga que llevarlo en brazos hasta que cure. Para cuando sana, el cordero se ha encariñado tanto con el pastor que ya nunca vuelve a perderse».
«¡A lo mejor soy un poco corta de entendederas!», concluyó la mujer, «pero, con mi pierna rota y semejante cúmulo de casualidades, escuchar aquello despertó algo muy hondo dentro de mí. Han pasado quince años desde entonces y, desde aquel día, no he dejado de rezar y de ir a misa con regularidad».
James Mackey sugirió en una ocasión que la providencia divina es «una conspiración de accidentes a través de la cual Dios habla». Lo que vivió esta mujer aquel domingo fue precisamente el lenguaje de Dios, la divina providencia: Dios hablándole a través de una conspiración de accidentes.
Hoy en día, el concepto de providencia divina suele ignorarse o malinterpretarse. Algunos cristianos lo confunden con un fatalismo insano («Si Dios quiere que mi hijo viva, no dejará que muera. No recurriremos a ese tratamiento médico»). Otros lo vinculan a una teología de Dios bastante dañina («¡Dios envió el sida al mundo como castigo por nuestra promiscuidad sexual! ¡Dios nos manda catástrofes naturales y desgracias personales para que volvamos a los verdaderos valores!»).
Pero estas ideas sobre Dios y sobre su providencia están profundamente equivocadas. Dios no provoca incendios, ni inundaciones, ni guerras, ni el sida, ni nada por el estilo para hacernos escarmentar y devolvernos a los valores auténticos. Son la naturaleza, el azar, la libertad humana y el pecado humano los que causan estas cosas.
Ahora bien, afirmar que Dios no inicia ni causa estos males no equivale a decir que Dios no hable a través de ellos. Dios habla mediante los imprevistos de la vida, tanto los desastrosos como los afortunados. Las generaciones pasadas, como la de mis padres, entendían esto con mucha más facilidad.
Por ejemplo, mis padres eran labradores. Para ellos, al igual que para los antiguos Abrahán y Sara, no existían las meras casualidades; en todo veían siempre la providencia y el dedo de Dios. Si recogían una buena cosecha, Dios los estaba bendiciendo. Si la cosecha era escasa, concluían con sencillez que Dios quería que vivieran con menos durante una temporada por alguna buena razón. Y en lo más íntimo de su mente y de su corazón, siempre intentaban discernir cuál era ese motivo.
Cuando Jesús nos invita a «leer los signos de los tiempos», no nos propone un ejercicio intelectual en el que intentemos analizar cómo los movimientos culturales, políticos, sociales y religiosos van modelando nuestra época. Eso puede estar muy bien, desde luego, pero no es a lo que Jesús nos está convocando. Más bien nos invita a mirar los acontecimientos de nuestra vida cotidiana y la historia del mundo para intentar discernir, como una forma profunda de oración, qué está escribiendo el dedo de Dios a través de ellos.
En la conspiración de accidentes que teje nuestro día a día, el dedo de Dios sigue escribiendo. Decía san Juan de la Cruz que «el lenguaje de Dios es la experiencia que Dios escribe en nuestras vidas». A modo de oración, necesitamos contemplar este entramado de casualidades cotidianas y preguntarnos: «¿Qué nos está diciendo Dios en medio de todo esto?».
Y ojalá no nos haga falta rompernos una pierna para pillar el mensaje.


