
Y aquí nos encontramos con una ironía desconcertante: tanto los sabios como los malvados, los santos y los pecadores, se nutren de la misma fuente sagrada. La misma energía que aviva la entrega generosa del santo que muere por los pobres, enciende también el comportamiento irresponsable del cantante de moda que presume orgulloso de miles de conquistas sexuales. Ambos se alimentan de la misma energía que, en última instancia, es sagrada. La fuerza divina en este mundo se utiliza para fines muy diferentes.
Por ejemplo, una de las mayores críticas que se le hacen a la religión y a las iglesias es que, a menudo, utilizan a Dios para justificar todo tipo de guerras y violencia. Es muy frecuente ver cómo una violencia terrible se alimenta de la fe y de la religión.
Y el cristianismo no se libra de esto. Con las Cruzadas y la Inquisición, tenemos nuestra propia historia de violencia en nombre de Dios. Además, hoy en día hay más violencia de la que nos atrevemos a admitir justificada por cristianos que encuentran en su fe tanto la motivación como la fuerza para defender la violencia, el racismo y la desigualdad en el nombre de Jesús. Podemos protestar diciendo que, en estos casos, su energía está mal encaminada, corrompida o usurpada por el puro egoísmo, pero el fondo de la cuestión es el mismo. Sigue siendo energía sagrada, aunque se esté pervirtiendo.
John Lennon, en su famosa canción Imagine, sugería que caminaríamos más fácilmente hacia el amor y la paz si se eliminara la religión («nada por lo que matar o morir, y tampoco ninguna religión»). Hay una ingenuidad peligrosa en esa idea, aunque tenga razón al decir que la energía sagrada que se encuentra en la religión a menudo juega en contra de la paz y del amor en este mundo. Los fanáticos religiosos descarriados también se alimentan del fuego sagrado de la vida.
Por muy descaminada, mal utilizada o pervertida que esté, la energía religiosa no es una prueba contra la existencia de Dios. Al contrario: la tremenda fuerza de su poder, su control ciego, su capacidad para adueñarse por completo de la vida de alguien y su enfermiza seguridad en sí misma apuntan precisamente a su carácter divino, a su misterio, a su sacralidad y a sus raíces dentro de una realidad y una energía que superan por completo las nuestras.
La religión enferma es tan poderosa precisamente porque es real, no una fantasía. Puede estar enferma, pero es real. Por eso las sectas religiosas son peligrosas. Son peligrosas porque son reales, monstruosamente reales. La gente suele morir en las sectas porque el fuego divino que canalizan sus líderes descarriados es tan real como la electricidad que electrocuta un cuerpo cuando alguien mete un cuchillo en un enchufe de alta tensión. Metafóricamente, eso es lo que hacen las sectas: se alimentan del fuego sagrado, de la energía divina, pero sin las precauciones y los filtros necesarios que las grandes tradiciones espirituales nos han enseñado que hacen falta para acercarse a lo divino. Las sectas muestran una ingenuidad peligrosa ante la advertencia de la Escritura: «¡Nadie puede ver el rostro de Dios y seguir vivo!».
Lo que vemos en la mala religión se refleja también en nuestras vidas personales. A veces nos cuesta admitirlo, pero lo que parece salvaje y malvado dentro de nosotros también está impulsado por el fuego sagrado de la vida. Nuestras energías desbordantes por la creatividad, el sexo, el logro, el disfrute y por conectar profundamente dentro de la comunidad humana a menudo se usan de forma irresponsable, excesiva, narcisista, manipuladora y destructiva. Es más, aquellos que tienen suficiente osadía y poca conciencia —los rebeldes y los malvados— a menudo simplemente toman lo que quieren de la vida, sin importarles la moral o las consecuencias. Sus vidas suelen estar movidas por fuerzas salvajes, poderosas, creativas y eróticas que pueden parecer la antítesis misma de la energía sagrada.
Pero, una vez más, el poder mismo, la aparente irresistibilidad y la fuerza salvaje de esta energía no indican que estas fuerzas narcisistas, sexuales y aparentemente egocéntricas sean profanas y carezcan de santidad o, peor aún, que estén reñidas con lo que es santo y sagrado en nuestro interior. Es todo lo contrario: su propio poder y su aparente irresistibilidad residen precisamente en su divinidad y sacralidad. Su fuego es tan poderoso porque es sagrado, es divino, es la energía de Dios dentro de nosotros.
La Escritura nos dice que llevamos dentro la imagen y semejanza de Dios, y que esta es realmente nuestra identidad más profunda y la fuente de nuestras energías más íntimas. Pero no deberíamos imaginarnos la imagen de Dios en nuestro interior como un hermoso y estático icono al estilo de Andréi Rubliov grabado en nuestras almas. Dios es fuego, energía infinita, creatividad infinita, libertad infinita, una fuerza salvaje que supera nuestra imaginación; una energía sin límites que alimenta todo lo que es.
Solo existe una fuente de energía. El fuego sagrado alimenta toda la vida e impregna a todos por igual, al santo y al pecador. Y Dios nos ha dado la libertad de usarlo como elijamos, con sabiduría o con maldad. Alimentándonos del mismo fuego sagrado, podemos convertirnos en señores de la guerra o en pacificadores, en asesinos o en mártires, en hedonistas o en santos.




