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La Comunidad

Ángel Moreno -
En este tiempo, se fragua la comunidad de los testigos del Resucitado, se afianza el grupo de los creyentes, nace la Iglesia y los discípulos, movidos por Espíritu Santo, expanden el Evangelio, predican el Misterio Pascual con toda valentía y acontece el milagro de la adhesión de muchos hermanos, que abrazan la fe.
 
Al referir el modo de vida de los primeros cristianos, se ha podido mitificar la paz, la convivencia, la armonía en la que se relacionaban, y desde esa referencia sentir cierta desafección actual por la Iglesia.
 
Los Hechos de los Apóstoles nos dan cuenta de que a veces se dieron fuertes discusiones, según narra la primera lectura. Controversias, protestas, falsos predicadores fueron realidades dolorosas. Pero en medio de muchas dificultades internas y externas, sobresale cómo se fue afianzando la fe, consolidando la comunidad y extendiendo la Iglesia.
 
La razón esencial de la fascinación que suscitaban los discípulos de Jesús la encontramos en el cumplimiento de la promesa que les hizo el Maestro: “Os he hablado de esto ahora que estoy a vuestro lado, pero el Defensor, el Espíritu Santo, que enviará el Padre en mi nombre, será quien os lo enseñe todo, y os vaya recordando todo lo que os he dicho”.
 
Fue gracias al Espíritu Santo, que asistió a los discípulos de Jesús desde el principio, por quien a pesar de todas las dificultades, aquella pequeña comunidad de los doce, con algunas mujeres y la Madre de Jesús, se convirtió en el icono de la transfiguración de Jesús, al ver cómo un grupo débil, expuesto a todas las intemperies, se afianza y toma decisiones colmadas de sabiduría, como se comprueba que sucedió en el llamado Concilio de Jerusalén: “Hemos decidido, el Espíritu Santo y nosotros, no imponeros más cargas que las indispensables”.
 
Más allá de toda debilidad, fragmentación, reconocimiento de pecado, se manifiesta el esplendor de la mediación querida por Jesús, para prolongar su presencia entre los suyos. La nueva “Jerusalén, que baja del cielo, enviada por Dios, trayendo la gloria de Dios”. En esta visión se nos muestra el misterio de la comunidad cristiana, de la Iglesia, comunión de los fieles en Cristo, por encima de toda limitación.
 
Con el salmista podemos irrumpir en cánticos, al contemplar cómo la ciudad de Dios, la Iglesia esposa, le mediación sacramental nacida en el Cenáculo, permanece, asistida por el Espíritu Santo, siendo el recinto “que no necesita sol ni luna que la alumbre, porque la gloria de Dios la ilumina y su lámpara es el Cordero”.
 
En las actuales circunstancias, ¿sigues confiando en la promesa del Señor?
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