¿Has hecho alguna vez algo simplemente por principio, porque era lo que había que hacer, sabiendo que no podrías mostrarlo o explicarlo a nadie?
¿Has hecho alguna vez algo simplemente por principio, porque era lo que había que hacer, sabiendo que no podrías mostrarlo o explicarlo a nadie?
¿Por qué no somos más conscientes del hecho de que en nuestra vida cotidiana pisamos terreno sagrado?
Pocas personas practican todavía los viejos ritos, y el corazón está como ausente, fuera de ellos.
El poder de Navidad es como el poder de un bebé, te desarma de tal manera que finalmente te abruma y te arrolla.
Lo que los evangelios subrayan en el nacimiento de Jesús arroja luz sobre la historia cristiana subsiguiente y sobre nuestras propias vidas.
Hacer las paces con el terrorismo, como estamos dolorosamente aprendiendo, requerirá más que armas de fuego y poder militar.
No es fácil mantener vivo el amor, al menos con constante fervor emocional. Malentendidos, irritaciones, cansancio, celos, heridas, diferencias temperamentales, falta de aprecio de lo que se tiene, y el simple aburrimiento, minan invariablemente nuestros márgenes emocionales y afectivos y, pronto, el fervor da paso a la rutina, la ranura se convierte en surco y el amor parece que desaparece.
Cuando éramos niños, como parte de nuestra oración en familia, teníamos la costumbre de orar parar tener una muerte feliz. Yo me lo imaginaba de la siguiente manera: Morías acunado en los brazos tiernos de la familia, de los amigos y de la iglesia, en plena paz con Dios y con todos los que te rodean.
La gente de nuestro mundo de hoy piensa que comprende el sexo. Pero no es así. Además, comienza ya a no hacer caso, e incluso a desdeñar, el modo cómo el cristianismo entiende la sexualidad.
¡Un nuevo Hedonismo, eso es lo que nuestro siglo quiere! Oscar Wilde profetizó esto hace más de un siglo y, según parece, es ahí precisamente hacia donde hemos evolucionado en nuestro mundo occidental.
Hoy en día no atribuimos mucho simbolismo a los números. Se mantienen todavía algunos pocos vestigios (la mayoría supersticiosos) de otros tiempos, tales como considerar el número siete como fuente de fortuna y el trece como fuente de desdicha. Para la mayoría de la gente, para nosotros, los números son arbitrarios.