Queremos el poder divino en el hierro, los músculos, las armas y el carisma. Pero este no es el camino donde se encuentran la intimidad, la paz y Dios.
Queremos el poder divino en el hierro, los músculos, las armas y el carisma. Pero este no es el camino donde se encuentran la intimidad, la paz y Dios.
En su autobiografía, el famoso novelista griego Nikos Kazantzakis nos cuenta la historia oculta detrás de su famoso libro “Zorba el Griego”. Zorba es parte ficción y parte historia.
Hace unos años, se me acercó un hombre que me pidió que yo fuera su director espiritual. Tenía unos cuarenta y tantos años, y casi todo en él irradiaba un buen grado de salud. Mientras nos sentamos para hablar, le mencioné que parecía estar en muy buena forma.
A veces el simple hecho de poner nombre a algo puede ser inmensamente útil. Mientras no somos capaces de poner nombre a algo nos sentimos más indefensos ante sus efectos, sin llegar a saber realmente lo que nos está ocurriendo.
Cuando tenía yo veintitantos años, pasé un año como estudiante en la Universidad de San Francisco. Justamente acababa de ordenarme sacerdote e intentaba sacar un título de posgrado en teología.
Cada sueño, cada ideal, al final acaban crucificados. ¿De qué modo? Por el tiempo, las circunstancias, la envidia; y por ese dictado curioso y perverso –de alguna manera innato en el orden de las cosas– que asegura que hay siempre alguien o algo que no puede partir a gusto a solas, sino que, por razones muy suyas, tiene que partir cazando, persiguiendo y golpeando a lo que es bueno.
Todos nosotros alimentamos nuestro propio sueño secreto de lo que nos traerá la felicidad, y con frecuencia esa fantasía está en lucha con lo que conocemos ser verdadero a un nivel profundo. ¿Qué es lo que nos hará felices?
La fe no es algo que se pueda conseguir con facilidad. No es algo que se fije en tu vida como un hecho consumado. La fe funciona de esta manera: algunos días caminas sobre las aguas y otros días te hundes como una piedra. La fe invariablemente te abre el camino a la duda antes de que recobres tu confianza, y entonces se pierde de nuevo.
En 1991 Hollywood produjo una comedia titulada “Cowboys de ciudad” (City Slickers), protagonizada por Billy Crystal. De una manera poco convencional fue una maravillosa película con moraleja, centrada en tres hombres de mediana edad de la ciudad de Nueva York que se encuentran enfrentándose a la crisis de la mediana edad.
A veces, las cosas pueden parecer buenas superficialmente, mientras, en el fondo, nada es bueno. Vemos esto, por ejemplo, en la famosa parábola de los evangelios sobre el hijo pródigo y su hermano mayor.
Cada año escribo una columna sobre el suicidio. Mayormente, digo lo mismo una y otra vez, simplemente porque es necesario decirlo. No pretendo originalidad ni punto de vista especial; sólo escribo sobre el suicidio porque hay una terrible necesidad de que alguien dirija la cuestión.