A veces, las cosas pueden parecer buenas superficialmente, mientras, en el fondo, nada es bueno. Vemos esto, por ejemplo, en la famosa parábola de los evangelios sobre el hijo pródigo y su hermano mayor.
A veces, las cosas pueden parecer buenas superficialmente, mientras, en el fondo, nada es bueno. Vemos esto, por ejemplo, en la famosa parábola de los evangelios sobre el hijo pródigo y su hermano mayor.
Cada año escribo una columna sobre el suicidio. Mayormente, digo lo mismo una y otra vez, simplemente porque es necesario decirlo. No pretendo originalidad ni punto de vista especial; sólo escribo sobre el suicidio porque hay una terrible necesidad de que alguien dirija la cuestión.
¿Por qué la naturaleza diseñaría las cosas de manera que como humanos tan solo alcanzamos la cúspide de nuestra madurez y finalmente una genuina comprensión de nuestras vidas, cuando nuestros cuerpos comienzan a fallar? ¿Por que sufrimos tal cantidad de achaques según envejecemos?
En un nuevo libro titulado Jesús de Nazaret, el afamado estudioso escriturista alemán Gerhard Lohfink describe cómo en los evangelios la gente se relaciona con Jesús de diferentes maneras. No todos fueron apóstoles, no todos fueron discípulos y no todos los que contribuyeron a la causa de Jesús lo siguieron.
Pocos pensadores han influido en mí tan profundamente como Robert L. Moore. ¿De quién se trata? Es un erudito que ha pasado casi 50 años estudiando la energía humana desde la perspectiva de la psicología, antropología y espiritualidad.
Hay una historia en la tradición hindú que hace correr algo así: Dios y un hombre van bajando a pie por un camino. El hombre pregunta a Dios: “¿Cómo es el mundo?” Dios responde: “Me gustaría explicártelo, pero tengo seca la garganta. Necesito una taza de agua fría. Si puedes ir y traérmela, te diré cómo es el mundo”.
Cuando era un muchacho soñaba con ser un atleta profesional, pero pronto tuve que aceptar el hecho de que no fui agraciado con el cuerpo de un atleta. Velocidad, fuerza, coordinación, instinto, visión, con las que tuve que arreglármelas en la vida ordinaria que se me había dado de esto, pero no era lo suficientemente fuerte físicamente como para ser un atleta.
Hay un impactante texto en el Libro del Apocalipsis donde la imagen poética que se usa, a pesar de toda su belleza, puede despistar peligrosamente. El autor escribe allí: “Así que el ángel metió su hoz sobre la tierra y la tierra quedó segada. Echó las uvas en el gran lagar de la cólera de Dios”. ¡Un fiero ángel purificando el mundo! ¡Dios en ardiente ira! ¿Cómo se debe entender eso?
¿Por qué no somos más felices? ¿Por qué estamos atrapados por frustraciones, tensiones, iras y resentimientos?
Vivimos en un mundo donde casi todo alimenta nuestro complejo de superioridad, y más aún, cada vez se nos dan menos herramientas para combatirlo.
“Yo soy ciudadano, no de Atenas ni de Grecia, sino del mundo”. Sócrates escribió esas palabras hace más de veinticuatro siglos. Hoy más que nunca éstas son palabras que necesitaríamos apropiarnos porque, más y más, nuestro mundo y nosotros mismos estamos sumergiéndonos en formas perjudiciales de tribalismo donde nos importa en primer lugar tener cuidado de nosotros mismos.