Amo esos ojos desnutridos y tantos pies descalzos que me han enseñado a descalzar los míos. Una iglesia, unos pueblos de alma al descubierto que intentan experimentar en sus vidas el don de la Verdad que es el Evangelio.
Amo esos ojos desnutridos y tantos pies descalzos que me han enseñado a descalzar los míos. Una iglesia, unos pueblos de alma al descubierto que intentan experimentar en sus vidas el don de la Verdad que es el Evangelio.
Ay momentos en que nuestras casas se pueblan de enfermedades y de dolor. Seres queridos, personas mayores, se hacen en nuestros hogares habitantes de los «lechos del dolor» o de los «sillones de enfermos». Otras veces no están en cama, ni en los sofás de
Esa tarea nos fatiga, pero como eso es lo que la Iglesia y los hombres de América necesitan, nos entregamos gustosos a ese desgaste silencioso de haber quemado la vida sin apenas haber hecho ruido.
No es propiamente una novena lo que aquí proponemos, sino cinco días de oración en familia con el Corazón de la Madre.
Cuando amanece, los tambos de la pena se colorean de azul y humean por el fuego de leña ya encendido en su interior.
Necesitamos aprender a mirar para poder ver. Porque las miradas superficiales sólo nos informan de la apariencia de las cosas y en nuestra sociedad del espectáculo, de la fachada, del culto a la imagen, parece que todo se redujera a la superficialidad de
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