Hay amor cuando damos, como hay también amor cuando recibimos.
Hay amor cuando damos, como hay también amor cuando recibimos.
Con mucha frecuencia esta cuestión nos golpea con especial agresividad.
Todos somos monjes y cada uno de nosotros tiene su celda propia.
Todos nosotros somos vulnerables, dependientes, mortales, a un latido del corazón de dejar este planeta.
Gratos recuerdos de antigua maestra mía en el aniversario de su muerte.
El pensamiento de algunas de las personas más influyentes en la historia parece que a veces está agrietado con inconsistencias.
La verdad por sí sola no es suficiente. Debe estar equilibrada con las otras propiedades trascendentales de Dios: la unidad, la bondad y la belleza.
Como Jesús, nosotros también nos proponemos entregar nuestras vidas en generosidad y en altruismo, sin embargo también tenemos como objetivo dejar este planeta, de tal manera que nuestra disminución y muerte es nuestro final, y quizás el regalo más grande, para el mundo. No hace falta decir que no es fácil.
Hace algunos años participe en unos encuentros eclesiales en los que se debatía sobre las rubricas litúrgicas. Hubo una acalorada discusión acerca de varios temas: ¿Debería la asamblea permanecer en pie o arrodillarse durante la plegaria eucarística?…
Hay un axioma muy conocido el cual repetiré más delicadamente que en su expresión habitual. Dice así: Cada vez que te dices a ti mismo que deberías hacer algo, haces una mala compra.
Cada día, en los periódicos, en las televisiones y en Internet nos informan de ganancias económicas que, tan sólo hace una generación, eran inimaginables: