El Resucitado no es hombre de largos discursos. Cuando se vuelve a encontrar con los suyos, sus palabras y sus gestos se sitúan a un nivel diferente del que era habitual.
El Resucitado no es hombre de largos discursos. Cuando se vuelve a encontrar con los suyos, sus palabras y sus gestos se sitúan a un nivel diferente del que era habitual.
En esta última entrega de la serie sobre María en el misterio cristiano avanzamos más allá de su identidad y destino personal (Inmaculada, madre virginal del Señor, asunta a la gloria) y nos detenernos en su relación y misión para con nosotros.
La escena recordada en el número anterior de Iris nos situaba fuera de Jerusalén, en el Gólgota, donde la mirada de María se cruza con la de su Hijo, taladrado de clavos. Ahora nos acercamos al Cenáculo ya las fechas en que «los discípulos se dedicaban a la oración en común, junto con María, la madre de Jesús» (Antífona de entrada).
El 18 de febrero de este año 2015 comenzaba el itinerario cuaresmal. Avanzamos en él como Jesús avanzaba camino de Jerusalén. Deseamos que, en las jornadas de esta vía, nos acompañe la maestra de dolores, la mujer fuerte, la compañera del Redentor, la que cooperó a nuestra vida.
Hoy nos detenemos en el aspecto de la virginidad. Quedó apuntado en el otro número que el apelativo “la Virgen” está muy difundido. Y lo ha estado siempre.
De distintos santos se ha dicho que eran dignos de admirar por sus asombrosas proezas ascéticas, pero imposibles de imitar. El Concilio enseña que la santidad de María fue, ya desde el primer instante, enteramente singular (LG 56), y añaden que fue una santidad arcana, profunda (nº 64); pero los Padres sinodales se cuidaron mucho de declarar que María es inimitable.
El Resucitado no es hombre de largos discursos. Cuando se vuelve a encontrar con los suyos, sus palabras y sus gestos se sitúan a un nivel diferente del que era habitual.
En esta última entrega de la serie sobre María en el misterio cristiano avanzamos más allá de su identidad y destino personal (Inmaculada, madre virginal del Señor, asunta a la gloria) y nos detenernos en su relación y misión para con nosotros.
La escena recordada en el número anterior de Iris nos situaba fuera de Jerusalén, en el Gólgota, donde la mirada de María se cruza con la de su Hijo, taladrado de clavos. Ahora nos acercamos al Cenáculo ya las fechas en que «los discípulos se dedicaban a la oración en común, junto con María, la madre de Jesús» (Antífona de entrada).
El 18 de febrero de este año 2015 comenzaba el itinerario cuaresmal. Avanzamos en él como Jesús avanzaba camino de Jerusalén. Deseamos que, en las jornadas de esta vía, nos acompañe la maestra de dolores, la mujer fuerte, la compañera del Redentor, la que cooperó a nuestra vida.
Hoy nos detenemos en el aspecto de la virginidad. Quedó apuntado en el otro número que el apelativo “la Virgen” está muy difundido. Y lo ha estado siempre.