Retiro: Mes de Octubre
Retiro: Mes de Octubre
Cuando Pablo preguntó a los discípulos de Efeso si habían recibido el Espíritu al hacerse cristianos, ellos respondieron: «No, nunca hemos oído decir que exista un Espíritu Santo» (Hech 19,1). Nosotros sí que lo hemos oído. Pero ¿qué nos imaginamos?
Se trata de escribir un diario positivo, que intenta ser testigo de las acciones de vida y amor con las cuales el Resucitado nos muestra su Presencia.
El plan divino de la salvación que nos ha sido revelado plenamente con la venida de Cristo es eterno. Esto también eternamente un ido a Cristo. Abarca a todos los hombres, pero reserva un lugar particular a la «mujer» que es la madre de aquel, al cual el Padre ha confiado la obra de la salvación (RM, 8).
Si después del anuncio del mensajero celestial, la Virgen de Nazaret es llamada también «bendita entre las mujeres» (Lc 1, 42), esto se explica por aquella bendición de la que Dios Padre nos ha colmado en los cielos, en Cristo (RM, 8).
En el alma de María, hija de Sión, se ha manifestado en cierto sentido toda la gloria de su gracia, aquella con la que el Padre nos agració en el Amado. El mensajero saludó a María como llena de gracia; la llama así como si éste fuera su verdadero nombre (RM, 8).
“Un cambio concreto de paradigma en la relación de la Iglesia con la Palabra en la actitud de escucha orante” (Verbum Domini, 28). ¿Qué implica un cambio concreto de paradigma en la actitud de escucha orante desde la perspectiva de la Palabra, del Libro sagrado?
En nuestro tiempo la idolatría reemplaza al ateísmo y a la misma fe, como fenómeno de masas y de personas. Consciente o inconscientemente nuestras sociedades se están volviendo idólatras.
Estamos en la época de los caminos, los métodos, los proyectos, los planes, las hojas de ruta, las programaciones, los mapas de recorrido…. Las comunicaciones vía email, o vía propaganda que recibimos no son pocas. Abrimos el mapa de recorridos que se nos proponen y nos abruma la propuesta de tanto itinerario.
Habría un nuevo sentido de “misión compartida”, en la cual lo que más resalta no es lo carismático y peculiar del instituto, sino la “misión eclesial” en cuanto tal, o incluso la “misión”.
Solo en éstos últimos años hemos comenzado a hablar de “misión compartida”. Esta nueva perspectiva no es una mera ocurrencia. Tiene su sentido. Nos preguntamos, entonces, ¿a qué se debe este nuevo adjetivo? ¿Qué hace necesaria esta forma de hablar?