La vida consagrada debe estar alerta para descubrir y acoger las innovaciones, los frutos de la creatividad humana. Sobre todo, le interesa, la socialización de los avances para que no queden únicamente en manos de los poderosos.
La vida consagrada debe estar alerta para descubrir y acoger las innovaciones, los frutos de la creatividad humana. Sobre todo, le interesa, la socialización de los avances para que no queden únicamente en manos de los poderosos.
Lo que cambia no es lo que hacemos, sino el modo de hacerlo: seguimos enviando cartas, pero ahora lo llamamos “emails”. Seguimos escribiendo, pero ahora lo hacemos no con la pluma, o la máquina de escribir, sino con el ordenador.
En los últimos veinte años, es decir, desde el 1989 hasta hoy, nuestras sociedades se han visto sorprendidas por innovaciones espectaculares en el ámbito de la información, del conocimiento y de la comunicación.
En su misión pastoral la Iglesia ha ido emanando documentos que nos han ido acompañando en el gran proceso de mundialización en que nos hemos visto envueltos en estos últimos años: nos han planteado valores y también reservas morales.
El arte de morir se aprende durante la vida. Quien sabe aceptar las muertes que advienen, y muere una y otra vez, con belleza, con estilo, con amor, hará de su muerte un recuerdo imborrable, una obra de arte, patrimonio de la humanidad.
Soy testigo del quebrantamiento de muchas uniones que se prometían eternas y de la disolución de muchos compromisos que se juraron para siempre.
La Iglesia es un organismo, no solo una organización, es un cuerpo, no solo una corporación. Es una organismo que constantemente se re-organiza, un cuerpo que lucha constantemente por crecer y reestructurarse.
Hoy, 1 de mayo, celebramos la festividad de “José obrero”. Tiene su sentido esta fiesta; no lo vamos a negar. Sin embargo, la celebración de los cincuenta días de la Pascua –en la cual se inserta esta fiesta- nos ofrece una clave muy interesante para captar de una forma mucho más interesante la figura de José.
"No sabemos orar como conviene", decía san Pablo en la carta a los Romanos. Nadie podría enseñarnos a orar como Jesús y, por eso, le suplicamos como sus discípulos: "Señor, enséñanos a orar".
Hubo un tiempo en que la gente cantaba mientras trabajaba, tocaba música con sus amigos, cantaban a quien amaban. Las canciones se transmitían de generación en generación
¿Qué futuro tienen los Sacramentos aquí en Europa, cuando se dice que estamos entrando en un mundo que ha dejado de ser cristiano, religioso y, en consecuencia, ha dejado de ser sacramental y ritual?