
Es una anécdota muy sencilla, sin embargo en ella se revela lo que yo llamo el conflicto de la memoria histórica. En una pareja, cada uno de los dos es heredero de una memoria distinta. Cada familia tiene un código propio de valores, de creencias, de costumbres, de tradiciones, de palabras, de historias familiares y hasta de cocina.
Cuando nos casamos hay que construir una memoria común, que ya no sea ni la de uno ni la de otro sino de los dos, en la que incorporamos por imitación o reacción valores, ideas, costumbres de lo que cada uno ha vivido, pero, sobre todo en la que creamos un estilo nuevo, el nuestro, después de muchas conversaciones, acuerdos, discusiones, equivocaciones, aciertos…
Y eso es sumamente importante porque cada pareja tiene que ir construyendo y revisando su propio proyecto de vida. Tantas cosas importantes de una vida en pareja y en familia no se pueden decidir a salto de mata, siguiendo el impulso del momento. Hay que sentarse, reflexionar, planificar y hablar. También hay que rezar a veces.
En cuanto a la historia de mi pepino, resulta que en casa de mi marido no lo tomaban nunca en la ensalada. Estaba en la nevera porque iban a hacer un gazpacho al día siguiente. Mi suegra, la pobre, se sirvió bastante pepino para que yo no me sintiera tan mal. Y es un gesto que nunca olvidé.
Por cierto, Alvaro y yo añadimos a veces un poquito de apio y cebollita. Es nuestra aportación a la memoria histórica de la ensalada.




