
A todos ellos les invade una tormenta de sentimientos contradictorios y confusos: vergüenza («¡Qué forma tan vergonzosa de morir!»); culpa («Debería haber hecho algo más»); dudas interminables («¿Por qué no estuve más atento?»); enfado («Ha sido un acto de egoísmo»); y angustia («¿Cómo va a ir esta persona al cielo?»). Es más, en la práctica, esto termina arruinando el recuerdo de quien se ha ido.
Tanto en mis artículos como en mi libro (Heridos y fracturados: Reflexiones para comprender el suicidio), he intentado remarcar que, en la gran mayoría de los casos:
- Nos encontramos ante una persona extremadamente sensible y herida; alguien que, en cierto modo, está demasiado llagado como para que se le pueda tocar.
- En el suicidio, la persona muere contra su propia voluntad. Es algo muy parecido a saltar por la ventana de un rascacielos porque la ropa se te ha prendido fuego.
- La muerte por suicidio es el equivalente emocional y psicológico a un cáncer, un derrame cerebral o un infarto. Por esta razón, ya no utilizamos la expresión «cometer suicidio», igual que jamás diríamos que alguien «cometió un cáncer» o un infarto. En la mayoría de los casos, no es un acto voluntario.
- Asimismo, en muchas ocasiones, la depresión suicida tiene una raíz bioquímica.
- No debemos preocuparnos por la salvación eterna de esa persona. Tenía un buen corazón, y Dios ve el corazón. A veces uno puede caer en un pozo donde ni el mejor amor humano, ni la medicina, ni la psiquiatría logran llegar; pero la fe nos asegura que no hay infierno depresivo al que Dios no pueda bajar para infundir su paz.
- Necesitamos darnos permiso para sentir todas las emociones encontradas que nos asaltarán respecto a nuestro ser querido y a su forma de morir. Forma parte de un proceso de duelo sano que no debemos acortar a la fuerza. Con el tiempo, su recuerdo y su espíritu vendrán a nosotros entre la paz y la comprensión.
- Nuestra tarea, tras pasar el duelo, es rescatar la memoria de quien perdimos, para que su vida no quede juzgada ni vista únicamente a través del prisma de su muerte. Volvamos a colgar sus fotos en las paredes, dejemos de hablar de ellos con voz apagada, celebremos su vida y hablemos con naturalidad del espíritu tan especial que trajeron al mundo.
Margaret Atwood dijo una vez que hay cosas que necesitan decirse una, y otra, y otra vez, hasta que ya no haga falta repetirlas más. Y todas estas ideas sobre el suicidio aún necesitan seguir diciéndose.
Más allá de estas afirmaciones, me gustaría añadir dos perspectivas sobre el suicidio que a mí me han ayudado mucho.
La primera es una lección de la naturaleza. El botánico Elif Shafak, recordando el suicidio de la madre de un amigo, lo explicaba así: «Cuando era un joven botánico, me pidieron que examinara un árbol que no iba bien; parecía estar muriéndose. Tras muchas pruebas sin llegar a nada claro, cogí una pala y me puse a cavar. Allí aprendí una lección que nunca he olvidado: por debajo de la superficie se estaba produciendo un estrangulamiento. Las propias raíces del árbol lo estaban ahogando. Si esas raíces que se enrollan no se detectan a tiempo, empiezan a presionar tanto al árbol que la carga se vuelve insoportable… La muerte de tu madre no tiene nada que ver con la falta de amor. Ella florecía y salía adelante gracias a tu amor, y me gusta pensar que también gracias al mío; pero por dentro había algo que la estrangulaba: el pasado, los recuerdos, sus propias raíces».
A veces nuestras propias raíces (la complejidad, los traumas, la confusión, la frustración o la propia biología) pueden ser tan abrumadoras que terminan por matar al cuerpo. Como escribe James Hillman en su libro El suicidio y el alma, a veces albergamos realidades tan profundas en nuestro interior que no logran hacerse oír, y su frustración acaba ahogando al cuerpo. Nuestras raíces son, en ocasiones, una mezcla tan compleja de alma y biología que nos empezamos a asfixiar.
La segunda idea proviene de Jeffrey Monroe en su libro Reading Buechner. Frederick Buechner, un pastor cristiano, tuvo que afrontar el suicidio de su padre. Como hijo, como hombre de fe y como pastor que intentaba ayudar a otros a comprender, buscó respuestas sin descanso. Pero las respuestas no llegaban con facilidad; de hecho, parecía que no llegaban en absoluto. Con el tiempo, Buechner llegó a esta conclusión sobre la muerte de su padre:
La mejor respuesta pastoral ante una tragedia inexplicable no es una respuesta; es una presencia. A este lado de la eternidad no obtendremos todas las respuestas, y menos aún sobre el suicidio. En nuestros momentos más oscuros, como cuando perdemos a un ser querido de esta manera, a veces no hay explicación que nos satisfaga. Lo que realmente importa en esa oscuridad es poder confiar en que Dios no abandonó a nuestro ser querido. Y es que, por encima de cualquier respuesta, a quien deseamos es a Dios.


