
Y durante el camino realizado por la tarde, un paisaje indeible. Garzas que acompañan. Un árbol alto y, en una de sus ramas secas, un buitre impaciente por bajar a tierra. Y el silencio de un bosque tropical, salmo de acción de gracias perfecta. Sin prisas de impaciencia, estaré presente entre estas gentes. Y meditaré, y rezaré, y desearé… en balsa, en canoa, en moto o a caballo, a pie… Inutilidad que piensan muchos. Para mí, en cambio, cuestión de amor… Es uno solo quien puede transformar este panorama. Y a Ese rezo, y de Ese me gustaría hablarles. Vivir desde este desconcierto que tanto está madurando mi persona. Viviré con paz, abierto a quienes me reclamen, sin angustias cuando nadie me llame ni quieran necesitar lo que yo puedo ofrecerles. Es lo único que sé: anunciar una Palabra. Y como es anuncio, recorrer muchos rincones. Fuera de eso ya no sé curar otras heridas ni ser útil en otros menesteres.
Jueves de la II Semana del Tiempo Ordinario. San Vicente, diácono y mártir
Mc 3, 7-12. Los espíritus inmundos gritaban: «Tú eres el Hijo de Dios», pero él les prohibía que lo diesen a conocer.




