
En nuestra comunidad había una familia con la que esto no pasaba. Tenían una situación económica cómoda, varios de sus miembros habían ido a la universidad y ahora eran profesionales en distintos campos. Eran una familia privilegiada.
Pero lo llevaban bien. No había esnobismo, ni ostentación, ni complejos de superioridad. Al contrario. Utilizaban sus cualidades para intentar ayudar al pueblo. Uno de sus hijos se hizo profesor y enseñó en uno de los colegios locales, y durante varios años la familia instaló una pista de curling cada invierno para la comunidad. Eran admirados y respetados a la vez.
Un día, uno de los hijos estaba sentado con un grupo de jóvenes tomando una cerveza, compartiendo anécdotas y disfrutando de un rato de bromas sanas, cuando el hijo de esta respetada familia hizo un comentario abiertamente racista. Se hizo un silencio incómodo. Entonces, uno de los hombres, con voz suave, le dijo: «¿Sabes?, me sorprende que digas algo así. Tu familia tiene mucha clase. Todos os admiramos. Esto no parece propio de ti».
La reacción del hombre fue inmediata y arrepentida: «Tienes razón. Lo siento. No sé por qué digo esas cosas. Ha sido una estupidez».
Me imagino una reacción muy diferente si se le hubiera recriminado con palabras duras como: «¡Eres un racista! ¡Cómo puedes decir algo así!».
Cuando nos reprochamos las cosas con dureza, el efecto suele ser que nos pongamos a la defensiva y nos cerremos en nuestra postura. Nos sentimos reñidos, censurados, avergonzados, y eso puede servir tanto para atrincherarnos más como para convencernos. También contribuye a endurecer la distancia entre nosotros, en lugar de invitarnos a sacar lo mejor y lo más noble que llevamos dentro.
Necesitamos invitarnos y animarnos mutuamente a buscar lo mejor y lo más elevado de nuestro interior.
¿Andar en busca de lo mejor y lo más elevado de nuestro interior?
Algunos de los primeros escritores cristianos (los Padres de la Iglesia) sugerían que cada uno de nosotros tiene una doble personalidad y un doble corazón. Sostienen que en cada uno de nosotros hay un corazón grande, generoso, noble y altruista. Pero, también dentro de cada uno, hay un corazón herido, mezquino y egoíste; y en cualquier momento dado, podemos estar actuando desde un corazón o desde el otro. Podemos ser generosos y podemos ser mezquinos, y esto puede cambiar de una hora a otra dependiendo de con qué nos topemos en la vida.
Aquí hay un ejemplo: imagina que te levantas una mañana sintiéndote altruista y noble de corazón. En ese momento, tienes la mente y el corazón de Jesús. Con esa actitud santa, vas al trabajo y allí alguien se muestra frío y sarcástico contigo. En un minuto, todo puede dar un giro; ya no tienes la mente y el corazón de Jesús, ni la mente y el corazón de lo mejor que hay en ti. El corazón herido y mezquino se impone al corazón grande, el cariño y la comprensión te abandonan, y ahora te sientes frío y amargado.
Ahora imagínalo al revés: te levantas una mañana sintiéndote paranoico, incomprendido y rumiando viejas heridas. En ese momento no tienes la mente y el corazón de Jesús, ni estás sintonizado con lo mejor y lo más elevado de tu propia mente y corazón. Vas al trabajo en ese estado tan poco santo y allí, inesperadamente, una compañera te saluda efusivamente y te dice cuánto valora tu trabajo y tu amistad. En un minuto, la mente noble se impone a la mente mezquina, todo lo mejor y más generoso que hay en ti sale a la superficie y deseas ser mejor persona. Pasas de la amargura a la amabilidad en un minuto.
Hoy vivimos en un mundo polarizado donde muchísimos temas nos dividen con amargura y nos empujan, no a lo que es noble y mejor en nosotros, sino a lo que está herido, paranoico y a la defensiva. Necesitamos un nuevo tono en nuestro diálogo: un tono de invitación y respeto, que reconozca lo que hay de noble y generoso en el otro y que luego le anime a asumir lo mejor de sí mismo.
En lugar de insultarnos y agredirnos con consignas, necesitamos decirnos unos a otros: «¿Sabes?, me sorprende que digas algo así. ¡Tienes tanta clase! Todos te admiramos. Esto no parece propio de ti». Ese tipo de invitación puede ayudar a derretir parte de la frialdad que, por todo tipo de razones, asedia perennemente el corazón humano.




