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Hay una buena razón por la que espontáneamente nos sentimos incómodos frente a gestos patentes de intimidad que pretenden realmente expresar emoción personal.
Pidamos, al menos, que el Espíritu nos conduzca hacia el encuentro con la mirada del Señor. Santa Teresa cifró en esto su experiencia: “Mirad, que no está esperando otro cosa, sino que le miremos.”
Estamos en manos seguras -en las de Dios-, manos mucho más amables que las propias nuestras. Podemos fiarnos de Dios, y en ningún otro lugar o en ningún otro momento es esto más conmovedor que en el hecho del suicidio.
¡Cuánto amor anónimo! ¡Cuánta entrega gratuita! ¡Cuánto gesto desinteresado, que por serlo, ni siquiera es noticia, y hasta cabe pensar que el mundo se destruye por el odio, la guerra, la infidelidad! Porque no nos acordamos de los que de manera oculta aman, de los que vigilan en la noche, de los que permanecen fieles.
Algunas veces la gente de iglesia intenta señalar una cuestión moral concretacomo la prueba definitiva para determinar si alguien es o no es verdadero seguidor de Jesús. Si hubiera de existir una verdadera prueba definitiva que muestre al genuino seguidor de Jesús, ojalá fuera ésta: ¿Puedes seguir amando a los que te malinterpretan, a los que se te oponen, te son hostiles y te amenazan – sin sentirte paralizado, endurecido o condescendiente?
No es una broma verbal; tampoco un aforismo teológico. Es sencillamente la formulación de un modelo nuevo de estar con las cosas. Tal vez el modelo único. Desde la poesía, es captar el instante ‘al vivirlo’ y dejarlo donde está. Todo momento es silencio. Y meditar es la expresión de nuestro misterio personal.
Hay un cansancio que no se puede curar sólo con un buen sueño, con unas buenas vacaciónes o con un tiempo en compañía de los amigos adecuados y con el vino adecuado. Se trata del cansancio más profundo dentro de nosotros.
Esta fiesta y verdad de fe, no sólo es el triunfo de la Madre de Jesús. En ella se ve la Iglesia, en ella nos vemos los creyentes. El cuerpo incorruptible de María, asunta a los cielos, como fruto de la resurrección de Jesucristo, es nuestra esperanza.
Mi padre murió cuando yo tenía veintitrés años; yo entonces era seminarista, inmaduro todavía, aprendiendo aún las malicias la vida. A cualquier edad es duro perder a tu padre, pero mi pena aumentó por el hecho de que justamente había yo comenzado a apreciarle.
Somos un pueblo obsesionado con la apariencia, con la imagen. Para nosotros, por lo general, es más importante parecer bueno que efectivamente serlo, parecer sano que estar sano, decir cosas correctas y apropiadas que hacerlas y practicarlas.
FERIA
Lc 6,27-38. Sed compasivos como vuestro Padre es compasivo.
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