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El Ascetismo de la presión y del deber

Ron Rolheiser -

Las últimas semanas han sido unas de las más tensas de mi vida. He intentando equilibrar presiones varias: impartir un curso entre-semestres de tres horas diarias, cumplir mis obligaciones como administrador, atender a una serie de emergencias relacionadas con las muertes de unos amigos, junto con intentar mantener algo de vida de oración, y, en todo este tiempo, tratar de superar un resfriado viral de mucho cuidado. Ha sido un tiempo tenso.

 
Todos hemos tenido épocas semejantes en nuestra vida – de vez en cuando duran años, no sólo semanas. Algunas veces las presiones de la vida nos ponen simplemente en una rutina de la que, durante algún tiempo al menos, no vemos salida. Lo que ocurre en esos casos es que tendemos a reprocharnos por dejarnos atrapar por esa situación. Con frecuencia también nuestros amigos y directores espirituales se unen a nuestro propio reproche regañándonos por no cuidarnos más, por no saber decir no a otras cosas, y por no ser suficientemente disciplinados en programar la oración regular, el ejercicio físico y el tiempo libre en nuestra vida.

Su reto no deja de ser valioso. Necesitamos cuidarnos, y no siempre es virtud el responder a todas las necesidades que se nos presentan. Pero, dicho esto, hay que decir también que a veces, quizás casi siempre, las presiones de la vida, esas obligaciones y deberes que nos roban nuestro tiempo libre, nuestro descanso y nuestro tiempo para una oración formal, no son necesariamente perjudiciales. Existen también un ayuno y oración “obligados”.

Los evangelios nos dicen que Jesús fue una vez al desierto durante cuarenta días y cuarenta noches, sin llevar comida y alimentación. Ayunó. Fundamentalmente, esto quiere decir que se privó de las comodidades y de las ayudas económicas normales de la vida ordinaria humana. Se sometió voluntariamente a un ascetismo concebido como una ayuda que le impulsara a lograr un nivel más profundo de comprensión, amor y madurez (motivo de todo ascetismo voluntario). Jesús buscó activa y voluntariamente el desierto.
 
A veces, sin embargo, es el desierto el que nos encuentra a nosotros. Siempre que una etapa de nuestra vida esté tan cargada de presión de forma que nos niegue las comodidades y apoyos normales de la vida ordinaria, entonces también estamos nosotros en el desierto y se nos proporciona la oportunidad de utilizar esa privación como un ascetismo que nos puede ayudar a impulsarnos hacia un nivel más profundo de comprensión, amor y madurez; salvo que en este caso el ascetismo es “obligado”, y no elegido libremente.

Las espiritualidades antiguas trataban de enseñarnos esto por medio de un concepto llamado “vivir nuestras obligaciones de estado”. Simplificando excesivamente, se trataba de esto: Dios nos coloca en esta tierra no solamente para gozar y disfrutar de la vida, sino también para servir a los demás y para entregar nuestra vida movidos por un deber desinteresado y generoso. Nuestra felicidad personal, y desde luego nuestra santidad personal, no constituyen nuestra meta más elevada. Una vez aceptamos esto y comenzamos a entregar nuestra vida en servicio a los demás, las obligaciones innatas propias del matrimonio, de la familia, de la vocación, de la iglesia, de la sociedad y de los necesitados, a veces nos acapararán en formas que durante largos períodos de tiempo pueden quitarnos nuestra libertad, nuestro disfrute, nuestro descanso y hasta nuestro tiempo para orar como idealmente debiéramos. Pero esa respuesta al deber es también un sano y saludable ascetismo, aunque “obligado”, que puede producir en nosotros el mismo buen efecto que producen la oración personal y el ayuno voluntario, a saber, empujarnos más allá de una vida centrada en nosotros mismos.

Bíblicamente, se capta esto en la advertencia de Jesús a Pedro al final del evangelio de Juan: Después de que Pedro afirmó tres veces su amor y su compromiso, Jesús se volvió a él y le dijo: Hasta ahora tú mismo te ceñías tu vestido e ibas a donde querías, pero ahora, después de este compromiso, otro te ceñirá y te llevará a donde no quieras. Lo que Jesús quiere decirle a Pedro es que los deberes y obligaciones que surgirán ahora a causa de su compromiso de fe y amor le privarán no sólo de su tiempo libre, de su disfrute y de sus propios planes para su vida, sino también, le privarán, en definitiva, de su libertad y hasta de su vida misma. El deber puede hacer eso, y de hecho lo hace con frecuencia.

Conozco yo una mujer, cuyos hijos son ahora ya mayores, que me confesó una vez que, cuando sus hijos eran todavía chiquitines, a veces pasó largos períodos en los que no podía ni sacar tiempo suficiente para sí misma, como para ir al baño, y mucho menos encontrar tiempo libre para disfrute sano, o tiempo para orar o para sentarse en soledad. Hoy esta mujer es una de las personas más generosas, desinteresadas y dedicadas a la oración que conozco. Obviamente, el tiempo en el desierto de su propio hogar, sus pies atados al fuego por el deber, por necesidad ayunando del disfrute ordinario de la vida, hicieron en su favor lo que el desierto hizo en favor de Jesús y lo que la cuerda “obligada” hizo en favor de Pedro.
Si aceptamos sin resentimiento la presión molesta, el cansancio que no hemos tenido el lujo de abordar y las obligaciones que nos llevan más allá de nuestros propios planes, todos estos elementos pueden funcionar como anzuelo ascético y “obligatorio” de Dios, que nos lleva, como contra nuestra voluntad, a lugares de mucha más profundidad y madurez.
 
Traducido para Ciudad Redonda por :
Carmelo Astiz, cmf.
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