La espiritualidad no es rutina, es Éxodo: camino, proceso, desinstalación, fe en la Promesa que reconoce los signos de los tiempos y que alimenta cada día el compromiso de seguir más lejos, de descubrir otros caminos para el hombre nuevo.
Este dinamismo no fluye en su origen de nosotros; no es fruto de una programación o técnica de los laicos. Es gracia de Dios, regalo del Espíritu enviado a nuestros corazones por el Padre y el Hijo.

Es el Espíritu quien nos levanta la mirada hacia Dios y clama en nosotros: ; Padre!. Es el Espíritu quien nos empuja al seguimiento y unión con Jesús; es El quien nos lleva al compromiso y nos sostiene en la tarea de extender el reino de Dios. El es la fuerza que nos impulsa y la fuente viva que nos alimenta y-calma la sed. El fortalece, alegra y envía la Comunidad de discípulos reunidos en oración con María, la Madre (Act. 1,14.2,14-24). Y llena el corazón de los que escuchan y cumplen la Palabra. Es el alma de la liturgia, de la caridad, de la justicia, de la pobreza.
La persona que se abre al espíritu está urgida por la Caridad. Es creativa, emprendedora, fuerte. La ausencia del Espiritu produce efectos contrarios en el creyente.
S. Antonio Mª Claret, en la madurez de su vida espiritual, repite el símil del compás para expresar el doble fundamento de la Acción del Espíritu en el creyente: estar centrado en Dios, y desde Dios proyectarse hacia fuera. Nos dice:
(Escritos autobiográficos y Espirituales. BAC. Madrid 1959. pag. 572).