Laiconet – Evangelio Seglar
Distintos laicos hacen una breve sugerencia para la vida seglar. Cada uno contempla el Evangelio desde una dimensión de la vida laical.
Laiconet – Evangelio Seglar
Distintos laicos hacen una breve sugerencia para la vida seglar. Cada uno contempla el Evangelio desde una dimensión de la vida laical.
Ronald Rolheiser | En el Exilio
Crecí inmigrante de segunda generación en las más lejanas praderas del Oeste canadiense. Nuestra familia era pobre económicamente, campesinos de subsistencia, con las necesidades cubiertas y apenas mucho más.
Juan Lozano – El rincón de Juan
“Lo siguieron.” Así termina el Evangelio del domingo de hoy. Es una de las expresiones más importantes de los cuatro evangelios. De hecho, aparece 79 veces con el verbo griego acolin, acólito, que significa “el que sigue”.
Laiconet – Evangelio Seglar
Distintos laicos hacen una breve sugerencia para la vida seglar. Cada uno contempla el Evangelio desde una dimensión de la vida laical.
Juan Lozano – El rincón de Juan
Nuestros sentidos físicos no siempre son capaces de captar toda la realidad. La capacidad olfativa que tiene un perro, la visión de algunas aves o el umbral de audición de ciertos animales son sentidos muy desarrollados en la naturaleza. Con el tiempo, estos sentidos se deterioran. Pero hay otros sentidos, no físicos sino espirituales, que nos permiten percibir la presencia del Espíritu Santo, es decir, la gracia de Dios.
Ronald Rolheiser | En el Exilio
Durante más de mil años, los cristianos no han experimentado el gozo de formar una única familia en Cristo. Aunque ya existieron tensiones en las primeras comunidades cristianas, hasta el año 1054 no se dio un cisma formal, el cual implantó, en consecuencia, dos comunidades cristianas formales: la Iglesia Ortodoxa en Oriente y la Iglesia Católica en Occidente.
Cuando Jesús instituyó la Eucaristía en la Última Cena, alzó el pan y el vino como dos elementos en los que hacerse especialmente presente entre nosotros. Desde entonces, hace ya más de 2000 años, los cristianos que celebramos la Eucaristía utilizamos las mismas dos cosas, el pan y el vino, para pedir a Cristo que bendiga este mundo y traiga a nuestro mundo la presencia especial de Dios. ¿Por qué dos elementos? ¿Por qué pan y vino? ¿Qué realidad representa cada uno?
La Escritura nos dice que en esta vida no tenemos ciudad duradera. Es cierto. Pero, al parecer, tampoco tenemos una casa, una escuela, un vecindario, un pueblo, una dirección con código postal, ni casi nada que sea duradero. Al final, nada dura.
Hace más de cincuenta años, Philip Rieff escribió un libro titulado The Triumph of the Therapeutic (“El triunfo de lo terapéutico”). En él debatió que la amplia confianza en la terapia privada ascendió entonces en gran medida en el mundo secularizado porque la comunidad se había descompuesto.
Existe un dicho atribuido a Atila el Huno, caudillo del siglo V, infame por su crueldad, que reza de este modo: Para que yo sea feliz, no sólo importa tener éxito; importa también que todos los demás fallen. Sospecho que Atila el Huno no fue el autor de ese dicho; pero no importa, eso nos da una lección.
En la fiesta de las bodas de Caná, María dice a Jesús: No tienen vino, pidiéndole algún remedio. ¿Qué tienen en común el vino y la broma? Ambos proporcionan un extra necesario en nuestras vidas.