La verdad por sí sola no es suficiente. Debe estar equilibrada con las otras propiedades trascendentales de Dios: la unidad, la bondad y la belleza.
La verdad por sí sola no es suficiente. Debe estar equilibrada con las otras propiedades trascendentales de Dios: la unidad, la bondad y la belleza.
Como Jesús, nosotros también nos proponemos entregar nuestras vidas en generosidad y en altruismo, sin embargo también tenemos como objetivo dejar este planeta, de tal manera que nuestra disminución y muerte es nuestro final, y quizás el regalo más grande, para el mundo. No hace falta decir que no es fácil.
Hace algunos años participe en unos encuentros eclesiales en los que se debatía sobre las rubricas litúrgicas. Hubo una acalorada discusión acerca de varios temas: ¿Debería la asamblea permanecer en pie o arrodillarse durante la plegaria eucarística?…
Hay un axioma muy conocido el cual repetiré más delicadamente que en su expresión habitual. Dice así: Cada vez que te dices a ti mismo que deberías hacer algo, haces una mala compra.
Cada día, en los periódicos, en las televisiones y en Internet nos informan de ganancias económicas que, tan sólo hace una generación, eran inimaginables:
El año pasado, se estrenó una película francesa titulada "De Dioses y Hombres", y fue calificada por el New York Times como "tal vez la mejor película de compromiso cristiano que jamás se ha hecho".
Dios nunca domina, nunca abruma, nunca tuerce el brazo de nadie, nunca empuja tu rostro contra algo como para quitarte tu libertad. Dios respeta nuestra libertad y nunca resulta para el hombre una fuerza coercitiva.
Todos nosotros tenemos nuestros propios Viernes Santos y no están desconectados de lo que sucedió en el Calvario hace dos mil años.
Cuando matamos no lo hacemos con arma de fuego. Perpetramos el asesinato con pensamientos, sentimientos y palabras.
Lo que los evangelios y Jesús subrayan es su soledad moral, el hecho de que él se sentía solo, traicionado, humillado.
Para creer realmente que Dios nos ama incondicionalmente, primero tenemos que matar unos cuantos ‘cananeos’.