Comentario al Evangelio del domingo 22 de febrero de 2026

Fecha

22 Feb 2026

Queridos amigos, paz y bien.

Comienza el tiempo litúrgico de Cuaresma y, como todos los años, lo hace con el relato de las tentaciones de Jesús en el desierto. Para que no se nos olvide que somos tentados a menudo, por un lado, y para que recordemos que las tentaciones pueden ser vencidas, por otro.

El miércoles pasado dimos comienzo a un tiempo nuevo en la liturgia: el tiempo de Cuaresma. Son cuarenta días de preparativos. La Pascua, que es la celebración central del año litúrgico, viene precedida de este tiempo de preparación de cuarenta días que es la Cuaresma y se prolonga en la cincuentena pascual, que se cierra con la solemnidad de Pentecostés.

Cada domingo de este tiempo preparatorio representa un mojón en nuestro camino cuaresmal. Procuremos avanzar a lo largo de la semana impulsados por la celebración dominical.

Cuántas veces hemos exclamado: ¡En qué mundo vivimos! Algo que nos confirma diariamente la experiencia es que vivimos en un mundo roto. Vivimos en estado de separación. Estamos separados de Dios: somos bien conscientes de que Dios es el Santo y nosotros somos los pecadores. Estamos separados de los demás: advertimos cuánta falta de armonía, de entendimiento, de aceptación mutua hay entre nosotros. El equilibrio es demasiado inestable: conflictos internacionales, guerras civiles, dominio de unos pueblos sobre otros, insuficiente solidaridad con los más débiles, tendencias disgregadoras, labilidad de las uniones entre las personas… Y en nuestro mundo personal nos percatamos de que no estamos reconciliados cada uno consigo mismo: nos damos cuenta de las rupturas interiores que nos habitan.

Además del pecado, la muerte: somos demasiado conscientes de la fragilidad, caducidad y precariedad de nuestra vida. Es un soplo, aparece como una momentánea e insegura vibración de luz entre dos tinieblas que la envuelven.

Todo eso es verdad. Y, sin embargo, el mensaje de Pablo suena con tonos de un profundo optimismo: vivimos en un mundo últimamente amigo. Podemos cantar la victoria de la gracia sobre el pecado, la victoria de la vida sobre la muerte. No importa la fuerza con que suenen las disarmonías. Es más fuerte el acorde de fondo. Donde abundó el pecado sobreabundó la gracia.

En el Evangelio lo seguidores de Jesús recibimos tres invitaciones en las respuestas de Jesús al tentador.

Una primera invitación (no sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios) nos propone vivir más abiertos a la Palabra de Dios en este tiempo de Cuaresma. Si disponemos de un misal en casa, podemos leer y meditar cada día las dos lecturas que nos propone la liturgia de la misa. ¡Cuántas veces hemos cantado!: Tu palabra me da vida, confío en ti, Señor, tu Palabra es eterna, en ella esperaré. Si somos asiduos a esta lectura y a esta meditación, experimentaremos cómo su palabra, su verdad, vertebrará reciamente nuestra personalidad.

Vale para la Iglesia y cada uno. Tenemos que empatizar con todo el que sufre hambre y con todas las necesidades. Pero la solución no es el milagro fá­cil. No dar pan, sino exigir que no haya hambrientos, con nuestro compromiso social.

Jesús niega ser un superhombre que pueda volar por los aires. Rehúye el mesianismo de la ostentación y del triunfo. Su mesianismo es el del servicio. Nos invita a ser testigos del evangelio en la vida diaria, aunque seamos testigos más bien grises, sin brillo especial. Hemos de mostrar la fecundidad de nuestra filiación divina en que seguimos al Mesías en su condición de servidor. Seremos testigos fecundos a través de nuestro servicio.

Vale para la Iglesia y para nosotros. Tenemos a veces la tentación de presentarnos como bajados del cie­lo, hablando con elocuencia admirable. De hablar desde el pulpito, desde arri­ba, desde nuestro saber teológico. De no ponernos al nivel del pueblo, de la gente llana. Pero la evangelización, ya sabemos, no se ejerce con humana sabiduría, ni desde la altura o la lejanía, sino desde la encarnación.

Al Señor tu Dios adorarás y sólo a Él le darás culto. Reservemos momentos para el encuentro y para la adoración de Dios. Si dejamos que Él ocupe su sitio, habrá más orden, más armonía, más reconciliación en nuestra vida.

Vale para la Iglesia y para nosotros. Cuando la Iglesia se alió con el poder, a partir de Constantino, Pipino, los emperadores sacros… la Iglesia tuvo un éxito extraordinario, controlando la cultura, la acción social y gran parte de la polí­tica. Era la Cristiandad imperante. El triunfalismo. Dicen algunos: “¿A qué se reduce hoy la Iglesia? Su declive va en picado, caída libre en todos los aspectos; cada vez menos respetada y valorada. Que siga con su opción por los pobres, a ver cuánto dura.” Pero la Iglesia no es poder, sino fermento, levadura en el mundo. La salvación nos vino desde la luz y desde la cruz.

Porque Cristo es Buena Nueva para el hombre. Cristo es el ideal humano conse­guido, la meta anticipada. Cristo es, por lo tanto, el fundamento de nuestra es­peranza y el estímulo para nuestro compromiso. Pero es también nuestra ayuda. Sin ella, el hombre derrotado y herido no podría ponerse en pie; o, al menos, poco podría andar sin volver a caer.

Lo que distingue al nuevo Adán con relación al primero es que está lleno del Espíritu Santo y se deja guiar por Él; que escucha antes la palabra del Pa­dre que la palabra del diablo. Adán duda y desobedece, Cristo escucha y obe­dece. Y así Cristo nos enseñará a escuchar, a obedecer y a vencer. Es el gran Restaurador, que diría Ireneo. Éste será siempre el camino a seguir en nuestra sanación y liberación. Si queremos dejar de ser hijos de Adán y Eva y llegar a ser verdaderos hijos de Dios, miremos a Cristo y compenetrémonos con Él; sigamos los pasos de Cris­to y asumamos sus sentimientos. Llegaremos a ser hombres nuevos.

Ojalá estas invitaciones no caigan en saco roto. Si las secundamos, maduraremos como hijos de Dios.

Vuestro hermano en la fe,
Alejandro Carbajo, C.M.F.

 

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