Comentario al Evangelio del domingo 1 de marzo de 2026

Fecha

01 Mar 2026

Éste es mi Hijo amado. Escuchadlo.

Queridos hermanos, paz y bien.

Tras el relato de las tentaciones, el primer domingo de Cuaresma, la Transfiguración, el segundo.

Cerezo Barredo - Domingo 2 cuaresma ALo pedíamos el domingo pasado en la oración colecta, es decir, la que recita el sacerdote al comienzo de la celebración, antes de las lecturas: «Al celebrar un año más la santa Cuaresma, concédenos, Dios todopoderoso, avanzar en la inteligencia del misterio de Cristo y vivirlo en su plenitud.» Y ese puede ser uno de los aspectos de nuestra conversión durante este tiempo. Me estoy refiriendo al conocimiento del misterio de Cristo. En ese conocimiento pretende que nos adentremos el evangelio que acabamos de escuchar. Lo más importante en este evangelio no es que Jesús se transfigure; lo más importante no es, tampoco, la experiencia de arrobamiento y gozo que sienten los discípulos. Lo decisivo es la voz que sale de la nube. Porque esa voz es la que nos revela la identidad de Jesús, nos hace saber quién es este hombre. No es una voz cualquiera.

Sobre Jesús se habían pronunciado muchas voces, muchas personas: había expertos en la Ley que afirmaban que Jesús tenía un demonio, o que lo descalificaban llamándolo comilón y borracho (el intento de desprestigiar al otro no se da sólo en la lucha política, sino en todos los campos de la vida; y no se da sólo hoy, sino que ha sido moneda corriente desde tiempos lejanos); por su parte, la gente decía de Jesús que era un profeta; los discípulos empezaron a sospechar y a declarar que era el Mesías. Pero son esas ocho palabras («Éste es mi Hijo, el amado, mi predilecto») las que nos revelan la verdad de Jesús, la dimensión más profunda de su ser, el sentido de todo lo que hace y dice.

Jesús es ese hijo que ejerce como tal, que vive la relación filial colmadamente. Una relación filial que significa apertura a esa plena confianza en Dios, porque de Él es imposible que nos venga algo malo, abandono en las manos de Dios, actitud de adoración, entrega y disponibilidad absoluta, obediencia a veces muy dura, pero radical, hasta el punto de llevarlo a la aceptación de la muerte que sufrió. Conozcámoslo, con un conocimiento real, no puramente nocional.

En esta tarea nos ayudan siempre las lecturas. La primera, por ejemplo, nos narra la llamada de Abrahán. Después de los primeros once capítulos del Génesis –que narran la historia de los orígenes del mundo y del hombre, del pecado, del diluvio y de la torre de Babel– la atención se centra en un individuo y en su familia, que ocupará el resto del libro. Sin previo aviso, el Señor se dirige a Abrahán con una orden perentoria: “Sal de tu tierra y de la casa de tu padre y ve a la tierra que te mostraré.”

Porque Dios habla. En las cosas que nos pasan, en los acontecimientos de la vida, en las personas que nos encontramos cada día. A nosotros también nos habla. Nos invita quizás a abandonar esa rutina que más que vivir nos hace sobrevivir; pide cortar con el pasado, con las costumbres que, aunque no nos honran mucho, al menos nos ofrecen alguna gratificación. Dios no acepta que el hombre se conforme; promete una vida nueva, diversa, auténtica, aunque muy comprometida y acompañada de imprevistos. No hay que extrañarse, por tanto, de que permanezca por largo tiempo el recuerdo y hasta la añoranza de la tierra dejada atrás.

En la segunda lectura de hoy, el autor quiere animar a aquellos discípulos que lo están pasando muy mal. Les recuerda que la fidelidad a Cristo lleva consigo grandes riesgos y muchos sufrimientos. Dios no suele conducir a los hombres por caminos cómodos. No fue fácil la vida de Abrahán, ni tampoco lo han sido las de Cristo, Pablo y Timoteo. Tampoco lo es hoy la vida de los cristianos en muchos países del mundo.

Se pone igualmente de relieve que la vocación cristiana es completamente gratuita: los hombres no podemos hacer nada para merecerla. Lo hemos visto también con la vocación de Abrahán. Esta verdad debería despertar sentimientos de agradecimiento a Dios y de adhesión a su llamada.

Y llegamos al evangelio de Mateo. Este evangelista, siempre que quiere poner en boca de Jesús algo importante, lo hace subir a un monte: la última tentación tiene lugar en un monte, como veíamos la semana pasada; las bienaventuranzas son proclamadas en un monte; es en un monte donde se realiza la multiplicación de los panes y, al final del Evangelio, cuando los discípulos se encuentran con el Resucitado y son enviados al mundo entero, están “en el monte que les había indicado Jesús”.

En las páginas del Antiguo Testamento a menudo se habla del monte. Porque en la Biblia, como también en la mayoría de los pueblos antiguos, era el lugar del encuentro con Dios: fue en el Sinaí donde Moisés tuvo la manifestación de Dios y recibió la revelación que después transmitió a su pueblo, y fue en la cima del Oreb donde Elías tuvo el encuentro con el Señor, por ejemplo. El rostro resplandeciente y la ropa blanca como la luz son también motivos recurrentes en la Biblia.

Todo el Antiguo Testamento (con Moisés y Elías) alcanza en Jesús la plenitud, la culminación, de su sentido. Pero Pedro no alcanza a comprenderlo. No entiende lo que sucede porque, aunque proclame que Jesús es “el Cristo”, sigue totalmente convencido de que su Maestro es solamente un gran personaje de la categoría de Moisés y Elías. Por eso sugiere construir tres tiendas iguales. Es Dios quien interviene para corregir esta falsa interpretación de Pedro: Jesús es el “Hijo predilecto” del Padre.

Los tres personajes no pueden ya continuar juntos: Jesús es absolutamente superior. Israel había escuchado la voz del Señor a través de Moisés y los profetas. Ahora, esta voz llega a los hombres a través de Cristo. Es a Él y solo a Él a quien los discípulos deben escuchar. Por eso el relato destaca que, cuando los tres discípulos abren los ojos, no ven a otro que Jesús. Moisés y Elías han desaparecido, han cumplido ya su misión, es decir, han presentado el Mesías, el nuevo legislador, el nuevo profeta, al mundo.

Los testigos de la Transfiguración tienen que guardar silencio. Los hombres deben obtener la salvación escuchando y obedeciendo, entendiendo las señales que Dios va poniendo en nuestro camino, y no por medio de acontecimientos sensacionales. Sólo cuando Dios haya hablado definitiva y públicamente, en la resurrección de entre los muertos, se podrá hablar de estos acontecimientos. Entonces la obra de Jesús quedará concluida, y el creyente podrá descubrir en Jesús los planes de Dios. Así lo han hecho constar para nuestra fe los evangelistas en sus libros.

Si escuchamos a Jesús, sentiremos que hemos de “ponernos en camino”, como lo sintió Abraham, y salir de nuestro conformismo y de nuestro estilo de vida cómodo, para empezar a vivir más atentos a los demás y, juntos, construir ese Pueblo de Dios, y que se vaya haciendo realidad cada día entre nosotros. La vida es un camino, no exento de dificultades, ni de cruces, pero en el que Dios nos invita a caminar con confianza, como pueblo, siempre juntos, como hermanos, escuchándole sólo a Él y fiándonos de su Palabra. El final del camino es la VIDA, con mayúsculas. No tengamos miedo. Estemos a la escucha, porque en cualquier momento Dios puede dejar oír su voz. El Hijo amado del Padre señala el camino, conoce el camino, porque Él es el Camino”. ¡Buena Cuaresma y buen camino!

Vuestro hermano en la fe,
Alejandro, C.M.F.

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