Comentario al Evangelio del 9 de septiembre de 2026

Fecha

09 Sep 2026

Dichas y ayes (y sus consecuencias)

El celibato sacerdotal (y el celibato en general) no es popular en nuestros días. Recuerdo que hace ya algunos años discutía yo con un grupo de buenos amigos (católicos) de un país centroeuropeo sobre el tema, e insistían ellos en que el celibato debía ser voluntario. Yo les repuse que ya era voluntario, que no se podía imponer a nadie una vida célibe. Ellos, claro, se referían al celibato sacerdotal, que a ellos y a muchos les parece una imposición. Pero lo cierto es que la Iglesia (con la excepción del rito bizantino) elige para el sacerdocio sólo a los que libremente optan por el celibato. Estos amigos se sorprendieron mucho cuando les dije que era partidario del celibato. Debían pensar que yo vivía oprimido por una imposición eclesiástica… Finalmente, después de varios argumentos (como el celibato del mismo Jesús), les acabe diciendo que en un mundo que empuja tanto hacia la sexualidad casi sin límites, tal vez no esté del todo mal que haya quienes den testimonio de otra forma de vida. Hoy, Pablo viene a recodarnos que el celibato tiene que ser una opción libre, y él lo recomienda vivamente, pero, evidentemente, no lo impone como un mandato (lo que sería absurdo). En aquella discusión que acabo de recordar, vine a decir a estos buenos amigos, que, en mi opinión, el problema no era de disciplina eclesiástica, sino de falta de fe. Y creo que sólo tomándonos en serio las bienaventuranzas, que presentan un estilo de vida por completo alternativo a las vigencias del mundo, es posible entender una opción de vida consagrada a Dios y al servicio de los hermanos que renuncia a algo bueno, y muy bueno, para poner de relieve y testimoniar la fuente de ese y de todos los bienes, que se ha revelado en Jesucristo, y que no rechaza ni condena aquello a lo que se renuncia, sino que, por el contrario, lo sitúa en su justo valor. Sólo así, en una vida en verdad bienaventurada y dichosa, basada en Cristo y en los valores evangélicos, podremos evitar los ayes y los lamentos que proceden de idolatrar los bienes que vienen de Dios, pero que no deben ocupar su lugar.

Fraternalmente,

José M. Vegas CMF

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