Comentario al Evangelio del 9 de octubre de 2026

Fecha

09 Oct 2026

Pensábamos que habíamos llegado

Los mexicanos tienen una expresión muy aguda para el triunfo: “Ya la hice”. Es decir, yo, como se oía antes a menudo: “Ni robo, ni mato…” Ya la hice. Ya alcancé la salvación, como aquel que dice. O, yo creo en Dios y las cosas son entre Dios y yo. Y como ya no hay referente, puedo sentarme cómodamente a verlas venir.

Y entonces uno se vuelve tibio. Bíblicamente, la tibieza no es algo neutro e inofensivo… es causa de maldición. “Maldito quien no persevera”… dice la carta a los gálatas. El problema es que el que no come, acaba muriendo. Quien no se acerca a la Eucaristía acaba muriendo de hambre y ni siquiera se da cuenta de que tenía hambre. Abre la puerta a siete maneras de morir. No perseverar, según Cristo, es invitar al mal— a siete males. Sin darse uno cuenta, se puede uno poner al borde del abismo. Descuidarse, acomodarse, vivir sin la tensión del Padre nuestro que pide cada día que venga el Reino, dejar la Eucaristía, dejar de orar y dejar las buenas obras, es dejar que pasen los siete males, es decir, los pecados capitales: dejarse llevar por la envidia, la pereza, la gula, la ira, lujuria, la avaricia y la soberbia. Lo vemos todos los días y por todas partes y lo vemos en el pensamiento dominante de la relatividad: “lo que te haga feliz”.

En realidad, el primero que había entrado y que deja paso a los demás es la soberbia: “Ya la hice”. Y como ya la hice, lo que me place a mí, centro del mundo, es todo válido. Lo malo es que, a la larga, eso “válido” no satisface; siempre tengo que buscar algo más. La tibieza para con las cosas de Dios me lleva cada vez más lejos de la felicidad auténtica que es estar con Dios. Es la misma necedad a la que se refería ayer Pablo… habiendo comenzado por espíritu… habiendo comenzado por la verdad de Dios, agarrarse a la piedra y la serpiente, que son más fáciles de conseguir que el pan auténtico. Para conseguir el pan de cada día, todo padre y toda madre saben que tienen que trabajar cada día. Para que el Reino venga, todo cristiano sabe que tiene que luchar por lo justo y lo verdadero cada día. Para santificar el Nombre, todos sabemos que tenemos que vaciarnos del propio nombre.

Hay una maldición sobre el que no persevera, pero no es un castigo de un Dios severo e inmisericorde. Es la invitación que hacemos a los siete males. “Ya la hice…” ¿En serio?

Cármen Fernández Aguinaco

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