Comentario al Evangelio del 9 de mayo de 2026
Puesto que Dios creo todo lo existente y vio que “era bueno” y que las criaturas con las que culminó su obra eran muy buenas, tal como leemos en el Génesis, la maldad del mundo que odia a Cristo resulta inexplicable sin acudir al pecado original. Y este sin la rebelión de Lucifer.
Pascal decía que el cristianismo es «sabio y necio» a la vez: parece necio porque cuenta estas historias de ángeles y caídas, pero es sabio porque es el único que encaja con la realidad del corazón humano. El decía que el hombre es un «caña que piensa», algo frágil y pequeño. El orgullo de Lucifer es precisamente no entender que la grandeza no está en la potencia espiritual propia, sino en la humildad de recibir el amor de Dios. El demonio prefirió ser un «dios» en el infierno que un servidor de un Dios hecho hombre.
Aunque el mundo está oscurecido sigue siendo un espejo de la sabiduría divina. La belleza de la naturaleza, el orden de las estrellas o la complejidad de una célula no son obra del mal. Son vestigios o huellas en los que el hombre, incluso en su miseria, puede reconocer que existe un Creador. La materia misma es noble porque salió de las manos de Dios.
No es esta belleza del mundo lo que odia a Jesucristo, es el mundo colonizado por el mal.
Jesucristo anuncia a sus seguidores lo que les aguarda porque “no es el siervo más que su amo”.
Y así fue desde el comienzo de la Iglesia hasta nuestros días. No hace mucho días escuchamos con la lectura del Libro de los Hechos el relato de la muerte de San Esteban, el primer mártir. Desde el s.I de la historia los mártires cristianos se cuentan por cientos de miles hasta nuestros días. Los que guardaron su palabra.
Que el Señor nos conceda vencer esa “colonización del mal” en nuestra vida en el mundo y nos llene de valor y alegría para de anunciarlo, fiados en su palabra: no temáis Yo he vencido al mundo. Al final, el odio del mundo es solo el ruido de fondo de un sistema que ya ha perdido., mirentras que la bondad primigenia aguarda a su plena restauración en aquellos que ha elegido seguir a Jesucristo.
Virginia Fernández Aguinaco

