Comentario al Evangelio del 9 de febrero de 2026
El toque que salva
Durante el tiempo del COVID nos acostumbramos (o semi-acostumbramos) a las reuniones, conversaciones, e incluso liturgias “online”. Pero el cuerpo humano está hecho para la presencia, para los sentidos. Necesitamos ver y tocar, abrazar. Hoy las lecturas nos hablan de sentidos, incluso cuando se perciben levemente. Ver la gloria es ver luz, seguramente. A Dios nadie lo ha visto nunca. En la lectura de Reyes, la gloria de Dios llena todo el templo. En el evangelio, quienes tocan la orla de la túnica de Jesús quedan curados. Parece algo físico, pero muy breve y, sin embargo, va mucho más allá del tiempo que dura. Es como el misterio de la Encarnación: humano-divino. La gloria no es tangible y contemplarla podría deslumbrar. El tocar levemente siquiera el borde de la túnica tiene poder sanador. En griego, la palabra σώζω, sózo significa sanar, auxiliar, salvar.
Tanto la gloria de Dios en el templo como el leve toque de la túnica no solo sanan físicamente, sino que salvan. Con su luz, la gloria descubre la verdad y, por lo tanto, llama a vivir en la luz, a vivir según Dios. El estar en presencia de la gloria y no morir, es salvación. Al descubrir la verdad se ponen al descubierto los límites, el pecado, las propias oscuridades, la enfermedad; y podemos salir de todo eso porque, si con una simple llamita se rompe la oscuridad, cuánto más con la gloria entera de Dios. Del mismo modo, el simple toque no es solo poner los dedos en algo, sino toda el alma llena de una fe que parece ir contra toda evidencia. Es fe en la salvación que viene de Cristo, por encima de la simple curación de una dolencia física. Es una fe que, por pequeña que sea, rompe la oscuridad. Al curar el alma, se puede curar el cuerpo, pero lo que se sana la persona entera. Antes de la comunión decimos: no soy digno de que entres en mi casa (de que tu gloria llene mi templo), pero una palabra tuya (el borde de tu vestido) y mi alma quedará sana, es decir, salvada. Que el alma quede sana es igual a dejar entrar la luz de la gloria que descubre la oscuridad y llama a la conversión. Que el alma quede sana es decir que el Cuerpo de Cristo, su presencia física, rompe la oscuridad, salva y lleva a vivir en verdad. La Eucaristía es presencia real; es la gloria de Dios que llena el templo y es ese toque mínimo de un pedacito de pan que salva.
Cármen Fernández Aguinaco

