Comentario al Evangelio del 9 de agosto de 2026
«Señor, sálvame»
Queridos hermanos, paz y bien.
Durante este verano, hemos ido viendo cómo Jesús está predicando por toda Galilea, hablando del Reino de Dios y realizando signos que demuestran su poder. Como la multiplicación de los panes y los peces de la semana pasada. Para los que disfrutaron del milagro, una señal de que el Reino de Dios es algo concreto, no un mero espejismo.
A veces el encuentro con el Señor, la experiencia de Dios, se produce tras larga espera y tras intentos aparentemente fallidos, como cuando en una búsqueda se siguen pistas falsas hasta que se da con la verdadera; a veces el encuentro con el Señor, la experiencia de Dios, se produce cuando menos se espera. Siempre, tanto en unas ocasiones como en otras, se produce por iniciativa suya.
Elías es para nosotros hoy un maestro en el saber aguardar hasta el final, aunque la espera se nos haga larga. Si somos sinceros, debemos reconocer que en nuestra vida de fe queremos «llegar y besar el santo» (el Santo con mayúscula). En la oración nos puede fácilmente la impaciencia, el hastío, la aparente infecundidad de esa espera. La cultura de nuestro tiempo no nos invita mucho a estar una hora con nosotros mismos, a estar una hora con Dios. Es una cultura de la gratificación inmediata, de la instantaneidad, aunque, claro está, tampoco faltan exponentes de lo que es una búsqueda paciente (pensemos, por ejemplo, en los investigadores). Pero Elías nos dice: hay que estar al acecho del paso de Dios por nuestra vida; hay que saber esperar el momento de su manifestación.
Nos puede suceder como al salmista, que decía: «se me nublan los ojos de tanto aguardar a mi Dios». Pero Elías, el profeta, que también ha conocido cansancios, nos enseña a ser pacientes en nuestra espera. El que espera, se verá agraciado con esa misteriosa visita de Dios. En esa visita nos confortará para seguir caminando, o nos iluminará sobre las opciones que hemos de tomar, o sencillamente nos dirá: «estoy a tu lado», o «no tengáis miedo», o «soy Yo». Aunque la señal de su presencia se produzca en el último instante, habrá valido la pena esperar. Y eso es lo que importa: que no nos arrepintamos al final, que podamos decir que todos los trabajos, todos los hastíos, todas las horas de espera se han visto más que recompensados por la gracia de un encuentro.
En el camino del seguimiento, el discípulo de Jesús debe ser consciente de las dificultades que deberá enfrentar a lo largo de todo su recorrido. Ellas se presentan a cada paso como obstáculos insalvables que pueden inducir al desaliento y al miedo. Sin embargo, el discípulo es acompañado constantemente por la presencia cercana del Dios con nosotros que le alienta y, a la vez, le recrimina por su falta de confianza.
Este motivo de la duda insistentemente acompaña a los discípulos delante de los peligros que experimentan. Este porqué adquiere especial relevancia en el presente texto ya que el verbo empleado aquí aparece también al final del Evangelio en el envío a la misión universal: “los mismos que habían dudado”. Pedro tiene miedo, y pide que el Señor lo salve, porque sin Él perecería. Por otra parte, se tiene cuidado en señalar la presencia del Señor en medio del mar y de las olas.
El discípulo debería ser consciente que Jesús está siempre preocupado por la barca. Su acercamiento en medio de las dificultades se hace manifiesto en las palabras de aliento dirigida a los discípulos y en la invitación a los que quieren seguirlo como Pedro.
La capacidad de caminar sobre el mar es atribuida en el Antiguo Testamento a Dios (Jb 9,8; 38,16) o a la Sabiduría (Eclo 24,5). Idéntico poder ha sido transmitido a los discípulos, pero éstos, ante las magnitud de los peligros, la ponen en cuestión. La “poca fe” y el “dudar” se instalan en el corazón mismo del seguimiento de Jesús.
De allí el reproche que Jesús dirige a Pedro que, dudando, ha revelado la pequeñez de su fe. El episodio entonces debe servir a todos los integrantes de la comunidad eclesial para el fortalecimiento de su fe. Las mismas dificultades se integran en el designio salvífico de Dios que desea de su comunidad un coraje y una confianza inquebrantable. Todavía después de siglos, el cristiano es llamado a hacer experiencia de Dios en medio de los peligros y dificultades y de seguir en ellos dirigiéndose a Jesús de Nazaret, el Señor, con una confianza plena.
En el episodio de los discípulos y Jesús en el lago hay también otra lección: los discípulos no reconocieron a Jesús. Pensaban que se trataba de un fantasma. Es verdad: a veces las condiciones para descubrir a Dios presente no son las mejores. Hay mucho oleaje; es noche cerrada. La oscuridad y la tragedia del mundo no nos dejan pensar que vivimos en un mundo amigo. Hay mucho mal y mucho sufrimiento en nuestra tierra. Y luego están nuestros miedos, que, como en el caso de los discípulos, nos impiden ver la realidad. Pidamos que se nos conceda la gracia de saber reconocer a Dios en los signos de su manifestación.
Saber esperar a Dios; saber reconocer a Dios en los signos de su manifestación: son dos de las lecciones que hoy nos ofrece la Palabra que hemos escuchado. No las echemos en saco roto.
Vuestro hermano en la fe, Alejandro, C.M.F.