Comentario al Evangelio del 8 de mayo de 2026
Ya se ha comentado muchas veces esta especie de “subida del listón” desde la propuesta, ya enormemente exigente, del Antiguo Testamento de amar al prójimo como a uno mismo. Ahora se trata de que nos amemos según el modelo de Jesucristo, que nos amó hasta dar su vida.
Si uno se hace preguntas como estas: “¿quien está en el centro de mi corazón, me preocupa más, cuido más?, ¿para quien trabajo?, ¿qué me ofende?, ¿qué temo?, ¿qué vida creo que he de preservar por encima de todo?, etc, etc., seguramente se encuentra con un Yo mismo del tamaño de una catedral. Incluso si pone por delante a la mujer, al marido, a los hijos, a los padres… sigue estando en su círculo del yo. Son “mis”prójimos y amarlos establece una reciprocidad a veces muy costosa: haz con los otros lo que quisieras que hicieran contigo y no hagas con ellos lo que no quisieras para ti. Pero Jesús propone que el “yo” no sea la medida porque la medida es Él y no la simple reciprocidad humana. Y él nos ha amado hasta morir por nosotros.
Desde Adán y Eva los humanos somos muy propensos a la mentira. “Engañoso es el corazón más que todas las cosas, y perverso; ¿quien lo conocerá?”, dice el profeta Jeremías. Hay que desconfiar del propio corazón, experto en acoger como bueno lo que es falso y en tomar algo sano como el cuidado y amor por uno mismo, querido por el Creador, con eslóganes como “porque tu lo vales” o tomar en serio recetas de autoayuda para deshacernos de “relaciones tóxicas”.
Por las redes corren historias del “despertar” de madres que lamentan haber entregado su vida a la familia y que de alguna manera quieren una revancha o una liberación. Historias de “autoafirmación”, historias en las que el amor se vuelve mercantil: solo se invierte mientras el retorno de inversión emocional fortalece el ego.
Eslóganes perfectamente idiotas nos dicen porque tu lo vales y tu valor es el de un objeto de consumo. Nos dicen sigue a tu corazón, pero el sentimiento no es garantía de verdad. Nos dicen haz lo que te haga feliz y la felicidad individual se convierte en la ley suprema. Nos dicen que nada te cambie y nos cierran a la conversión. Nos dicen primero tu, después tu y luego tu y levantamos un muro que nos aparta de los demás.
Hay que rogar incesantemente al Espíritu Santo que nos de la luz, la fuerza y el valor de ir asemejándonos al Maestro de manera
Virginia Fernández Aguinaco

