Comentario al Evangelio del 8 de junio de 2026

Fecha

08 Jun 2026

Queridos hermanos:

Sería un error considerar a los evangelistas como reporteros; ningún seguidor de Jesús tomaba notas de lo que el Maestro iba haciendo o diciendo; y no echaban de menos una grabadora. Los evangelistas, que seguramente no son apóstoles o seguidores de primera hora, sino cristianos de segunda generación, deben ser considerados como grandes catequistas o pastores de las comunidades para las que escribieron. Para esos creyentes organizan, quizá repetidas veces y con variantes o adaptaciones, los dichos y hechos que, en definitiva, proceden de Jesús.

El evangelio de hoy tiene un marco muy conocido: Jesús en la cúspide del monte, los discípulos un poco más abajo, y la multitud de seguidores ya al nivel de la llanura. Todo hace recordar un pasaje del éxodo (cap. 24), donde Yahvé llama a Moisés a la cima del Sinaí, los ancianos de Israel se quedan a cierta distancia y el pueblo no debe subir. Hay paralelismo, pero no total: Moisés subía a la cima del monte a recibir la ley que Dios le entregaba, mientras que Jesús se sienta directamente como Maestro y promulga él, con autoridad propia, la nueva ley. La Iglesia le contempla como su Maestro y Señor.

Sentado en la cátedra imparte una “lección de catecismo” muy elaborada: en forma fácil de memorizar. Tiene forma de “rectángulo vertical” formado por dos cuerpos superpuestos, de cuatro “felicitaciones” cada uno, a los que sigue una pequeña aclaración sobre la octava felicitación. Las bienaventuranzas primera y octava se corresponden entre sí: prometen el Reino de los cielos; y la cuarta y octava también se corresponden, al felicitar a los que hambrean la justicia o son perseguidos por haberla procurado (“justicia”, en el lenguaje de Mateo, significa simplemente “santidad”, o fidelidad al plan de Dios, a la alianza).

La añadidura explicativa, en parte repetición de la última línea del rectángulo, tiene un matiz especial al “felicitar” a los perseguidos:  no los invita a esperar al futuro, a la venida del Reino, sino a “alegrarse y regocijarse” tan pronto como les llegue la injuria, persecución o calumnia, pues esta los asemeja a los antiguos profetas y hace que el Reino se anticipe en ellos.

Cuando se comparan estas bienaventuranzas con las que están presentes en evangelio de Lucas, además de la diferencia numérica (Lucas tiene solo cuatro), en Mateo se observa una mayor “espiritualización”: no habla simplemente de pobreza o de hambre, sino de “pobreza de espíritu” y de “hambre de santidad”, es decir, el evangelista no describe situaciones sobrevenidas, sino la actitudes con que se las afronta. El mero sufrimiento no es deseable, no haría feliz a nadie; pero la entereza humana y de fe ante el mismo hace que el seguidor de Jesús se eleve por encima de sus circunstancias, sea un pequeño “señor” en cuanto seguidor de su gran Señor. No importa lo que sufre sino “cómo” lo sufre. Ya San Agustín (s. v) decía que el mártir no lo es por lo que padece sino por el motivo por el que lo padece (“no hace mártir la pena, sino la causa”).

Y es de notar que la segunda parte de varias “felicitaciones” está en voz pasiva sin mención del agente; es el llamado técnicamente “pasivo divino”: el agente es Dios mismo, a quién se procura no nombrar en vano; Dios saciará a los hambrientos, consolará a los tristes, compadecerá a quienes han sido compasivos… Al creyente se le está diciendo: tú entrégate a lo que Dios quiere de ti, que lo demás, el futuro, corre de su cuenta; es una llamada a la confianza y el abandono sin límites en manos del Padre.

Vuestro hermano

Severiano Blanco cmf

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