Comentario al Evangelio del 6 de mayo de 2026

Fecha

06 May 2026

En todo lo que conocemos de Jesus por los Evangelios apreciamos un ser humano (el más perfecto) bastante alejado de ese tipo de maestro espiritual que desprecia la materia. Por el contrario, está atento y le gusta lo accesible por los sentidos, lo que se puede tocar, oler, saborear  y ver. Seguramente, por esa atención a lo sensible, durante su vida pública (por supuesto en los milagros, comenzando en Caná,  pero, sobre todo en sus enseñanzas) podemos apreciar a un autor que ve, toca, saborea, conoce y comprende el mundo del trabajo, de los oficios, de las labores cotidianas, de las fiestas… y así sus parábolas y sus ejemplos están repletos de detalles “materiales”.

La lectura del Evangelio de hoy, dentro del larguísimo discurso de la Última Cena, según San Juan, es una exhortación a los discípulos de entonces y a nosotros, cristianos -discípulos de Cristo por definición- de hoy. Es la parábola de la vid y los sarmientos y la invitación: permaneced en Mí.

Sabemos que sin El no podemos hacer nada. Ocurre que a veces lo olvidamos y llegamos a creer que podemos enrolarnos en alguna causa o emprender alguna tarea con nuestra buena preparación, convencimiento, entusiasmo o incluso capacidad para recaudar fondos… sin contar con Cristo o dándolo por supuesto, pero sin que realmente cuente mucho. Incluso podemos llegar a creer que tenemos éxito sin entender que realmente nos aproximamos a ser sarmientos secos y que todo el fruto de ese esfuerzo no sirve para nada: es una selva de ramas con uvas pequeñas y ácidas.

Permanecer en Jesús, como el sarmiento en la viña, implica también someterse a la poda. Al ser una planta trepadora, la vid tiende a crecer indefinidamente y el resultado es un desastre. Hay que someterse a la poda que viene de Dios directamente y siempre será para nuestro bien aunque duela, pero también a aquella de la que somos conscientes y tenemos que hacer pero nos da miedo.

A modo de ejemplos: podar el  activismo de “hacer muchas cosas para Dios” pero no pasar tiempo con El; podar  formas y y maneras que han dado muy poco fruto pero siguen practicándose porque es duro reconocer el fracaso; podar el deseo de reconocimiento, de ser el centro de atención disfrazado de “celo espiritual”; podar el temor a dejar algo tal vez inofensivo pero que nos gratifica… y, en definitiva, nos distrae de lo verdaderamente importante.

Virginia Fernández Aguinaco