Comentario al Evangelio del 5 de septiembre de 2026
¿Por qué hacéis en sábado lo que no está permitido?
Queridos hermanos, paz y bien.
El Evangelio de hoy reúne dos escenas que tienen un mismo hilo conductor: Jesús pone a la persona en el centro. Primero, sus discípulos arrancan unas espigas en sábado para calmar el hambre. Después, en la sinagoga, cura a un hombre que tiene paralizada la mano derecha. En ambos casos, los fariseos observan atentamente, no para descubrir la acción de Dios, sino para encontrar un motivo con el que acusar a Jesús. Mientras ellos se aferran a una interpretación rígida de la ley, el Señor revela el verdadero rostro de Dios: un Padre que nunca deja de amar, cuidar y devolver la dignidad a sus hijos.
Jesús no desprecia el sábado. Al contrario, le devuelve su sentido más profundo. El descanso sagrado no fue pensado para convertirse en una carga, sino en un regalo. Se acabó la esclavitud de Egipto, somos libres. Y la ley del sábado nació para ayudar a vivir, no para impedir el bien. Por eso, cuando hay una persona necesitada, no hay norma que pueda justificar la indiferencia. El amor siempre encuentra el momento oportuno para actuar.
La curación del hombre de la mano paralizada tiene también un significado que va más allá del milagro. Aquella mano incapaz de trabajar, de abrazar o de compartir representa todas las capacidades que el miedo, el pecado, las heridas o el desánimo pueden ir bloqueando en nuestra vida. Jesús invita al hombre a ponerse en pie y a extender la mano delante de todos. Es un gesto de confianza. Lo que parecía perdido vuelve a la vida gracias a la fuerza de la palabra del Señor.
También nosotros podemos tener «paralizadas» muchas cosas: la ilusión por servir, la capacidad de perdonar, la esperanza ante las dificultades o el deseo de comprometernos con los demás. A veces nos acostumbramos a convivir con esas limitaciones y pensamos que ya no tienen remedio. Sin embargo, Cristo sigue pasando por nuestra vida para decirnos que siempre es posible empezar de nuevo. Él no se fija primero en lo que nos falta, sino en todo lo que su gracia puede hacer en nosotros.
El Evangelio concluye mostrando la dureza del corazón de quienes, en lugar de alegrarse por la curación de un hermano, se llenan de rabia porque Jesús ha roto sus esquemas. Es una advertencia para todos. La fe pierde su autenticidad cuando las normas pesan más que las personas, cuando defendemos nuestras ideas con tanto empeño que dejamos de reconocer la acción de Dios. El Señor nos invita a tener un corazón libre, capaz de alegrarse con el bien, venga de donde venga, y dispuesto a hacer el bien sin esperar el momento perfecto.
¿Hay alguna actitud, prejuicio o costumbre que me impide poner a la persona por delante de mis propias ideas? ¿Qué aspecto de mi vida necesita hoy que Jesús lo toque para devolverme la libertad de amar y servir con alegría?
Vuestro hermano en la fe,
Alejandro, C.M.F.